“Nunca sobran las palabras ni las personas para soñar con un camino sin miedos.” Este poema de Algeet, me viene a la cabeza cuando observo la manifestación multitudinaria que ha tenido lugar en Barcelona por la convivencia. Sí, la convivencia. Ese vivir en compañía de otro u otros, que desapareció hace ya tiempo de Cataluña, secuestrado por un secesionismo que, como en las peores dictaduras, oprimía y reprimía todo lo que no estuviera a su favor.

Eso sí, oprimían en nombre de una supuesta libertad, de una supuesta democracia y de un supuesto derecho a decidir, que escondía el único propósito de defender y consolidar los privilegios de algunos de los dirigentes del gobierno catalán y sus satélites de la sociedad civil y empresarial.

La manifestación de Barcelona por la convivencia cobra más importancia si cabe porque se produce tras la vuelta del Estado de Derecho a Cataluña. Una Cataluña que hoy está bajo el amparo de la ley. Una ley, sobre la que nadie puede estar por encima de ella en democracia, por muy independentista que se crea.

Es importante destacar que esas calles llenas de esperanza, no son excluyentes. Todo lo contrario, no se pretende en ellas imponer ningún ideario frente a otro, porque son conscientes de la pluralidad de la sociedad catalana. Y además, supone algo tan grande, como que muchos catalanes han dicho basta a su silencio, han dicho basta a sus miedos, y han decidido caminar sin miedos hacia un presente de convivencia y tolerancia donde caben todos, incluso los que llevan años rompiendo la concordia sobre el paraguas de la ruptura democrática.

Hoy, también habrá mucha gente decepcionada por el engaño al que le sometieron los Artus Mas, Puigdemont y Junqueras de turno. Poniéndome en su lugar, debe ser frustrante darte cuenta que tras las bellas palabras de la República de Cataluña solo se ocultaba la negociación para salvarse ellos de sus responsabilidades penales.

Si tanto querían votar, porque no convocó Puigdemont elecciones. Hoy ya se sabe por qué. Porque estaba negociando lo suyo, sus privilegios y sus prebendas para que la ley no le afecta a él y a un grupillo de los suyos, mientras dejaban en la cuneta a muchos catalanes que se creyeron sus planes de buena fe.

La mayoría de los catalanes quería elecciones autonómicas en Cataluña para salir de esta situación de parálisis que está afectando gravemente no solo a la convivencia, sino al bienestar de las personas. Pues bien, Puigdemont y Junqueras, que siempre hablaban de la necesidad de que votaran los catalanes, no las quisieron. Pero las van a tener.

Porque una de las consecuencias que ha tenido la vuelta del Estado de Derecho a Cataluña ha sido escuchar a esa mayoría de catalanes, que ahora sí, van a poder votar legalmente y con garantías democráticas el día 21 de diciembre.

El camino no va a ser fácil, porque los secesionistas querrán seguir engañando a unos ciudadanos que cada vez se van a dejar utilizar menos al descubrir sus verdaderas intenciones. El 21 de diciembre, el pueblo de Cataluña va a ir a votar. Y lo harán como ciudadanos libres que saben que de su voto depende la historia de su país, depende su bienestar, depende, como señaló Borrell, que se acabe con este proceso que es la peor cosa que le ha pasado a Cataluña.

La convocatoria de las elecciones el día 21 de diciembre pretende devolver la normalidad institucional a Cataluña. Una normalidad, que no existe desde hace ya muchos años y se ha deteriorado aún más hasta llegar a la ruptura en las últimas semanas. Es hora ya de la normalidad.

Hay que elegir un gobierno para que gestione las necesidades de los ciudadanos catalanes. No un gobierno que lleve al miedo, la ruptura y el fracaso. No es normal que desde el año 2010 se hayan celebrado en Cataluña cuatro procesos electorales autonómicos: 2010, 2012, 2015 y ahora 2017.

El 21 de diciembre, hay que aprovechar la nueva esperanza.

 

 

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