En el año 2017, más de 3.770 millones de personas utilizan internet, lo que supone más de la mitad de la población mundial. Y 4.917 millones de personas usan teléfono móvil, es decir, dos tercios de la población mundial. Estos datos, del informe de We Are Social 2017, nos permiten visualizar la rapidez con que estas tecnologías se han expandido por todo el mundo.

Somos un mundo globalizado, donde el desgobierno democrático de la economía, principalmente, está produciendo un incremento de las desigualdades, a la par que una acumulación de la riqueza, en pocas manos, como jamás se había conocido en la historia de la humanidad.

Esta situación, que la crisis de la última década ha agravado, con la pérdida de derechos que muchos ciudadanos de clase media creían ya consolidado, ha traído respuestas de diverso tipo. Unas, pretenden desde el populismo plantear soluciones fáciles a problemas complejos con el único fin de llegar al poder. En los casos donde lo han conseguido, han llevado a la ruina no solo a esos Estados sino a su población en porcentajes mayoritarios.

Otras, propagan el proteccionismo y el nacionalismo, frente a una globalización que lo que necesita es ser gobernada políticamente para que la codicia de unos pocos sea sustituía por el objetivo de conseguir el bienestar para todos los seres humanos en cualquier lugar del planeta.

Somos un mundo interdependiente, y no valen fronteras invisibles o visibles para intentar conservar supuestos paraísos terrenales que o serán para todos o no existirán.  Somos un todo como seres humanos, y juntos formamos una ciudadanía mundial que está entrando en una nueva era de la Humanidad.

Una Ciudadanía mundial, que como señala UNESCO, se refiere a un sentido de pertenencia a una comunidad más amplia y a una humanidad común. Interdependiente política, económica, social y culturalmente. E interconectada a nivel local, nacional y mundial.

Pero esa ciudadanía mundial, necesita estar preparada para esta nueva era en la que le ha tocado vivir. Muchos son los interrogantes en cuanto al trabajo, la riqueza, el medio ambiente, la igualdad, las guerras, el terrorismo, las migraciones, la robotización y automatización, los derechos, la democracia como sistema, la corrupción, la vida y la muerte, el miedo a lo desconocido o al otro…. Y ante ellos, es fundamental la educación.

La educación, porque como afirmaba Ban Ki-moon, anterior Secretario General de las Naciones Unidas, “la educación nos ayuda a ser profundamente conscientes de que nos une nuestra condición de ciudadanos la comunidad mundial, y de que nuestros retos están interrelacionados”

Por eso, la UNESCO viene promoviendo la Educación para la ciudadanía mundial desde la puesta en marcha en 2012 de la iniciativa mundial “La educación ante todo”, que designo al fomento de la ciudadanía mundial como uno de sus tres ámbitos de trabajo prioritarios en el terreno de la educación.

Una educación para la ciudadanía mundial que supone tres dimensiones conceptuales básicas, que son comunes a las diversas definiciones e interpretaciones de la misma. Esas dimensiones conceptuales básicas, como señala la guía realizada por la UNESCO, comprenden aspectos de los tres ámbitos del aprendizaje en las que están basadas: cognitivo, socioemocional y conductual.

Cognitivo, que hace referencia a la adquisición de conocimientos, comprensión y pensamiento crítico acerca de cuestiones mundiales, regionales, nacionales y locales, así como de las interrelaciones y la interdependencia de diferentes países y grupos de población.

Socioemocional, que se centra en el sentido de pertenencia a una humanidad común, compartiendo valores y responsabilidades, empatía, solidaridad y respeto de las diferencias y la diversidad.

Y conductual, que aborda la acción eficaz y responsable en el ámbito local, nacional y mundial con miras a un mundo más pacífico y sostenible.

La apuesta de Naciones Unidas es que la educación para la ciudadanía mundial sea un factor de transformación, inculcando los conocimientos, las habilidades, los valores y las actitudes que los ciudadanos necesitan para poder contribuir a un mundo más inclusivo, justo y pacífico. Una educación a lo largo de toda la vida, que aspira, según la UNESCO, a que los ciudadanos puedan:

comprender las estructuras de gobernanza mundial, los derechos y las responsabilidades internacionales, los problemas mundiales y las relaciones entre los sistemas y procesos mundiales, nacionales y locales;

reconocer y apreciar la diferencia y las identidades múltiples, por ejemplo en materia de cultura, lengua, religión, género y nuestra humanidad común, y adquirir aptitudes para vivir en un mundo cada vez más diverso;

adquirir y aplicar competencias críticas para el conocimiento cívico, por ejemplo, indagación crítica, tecnología de la información, competencias básicas en medios de comunicación, pensamiento crítico, adopción de decisiones, solución de problemas, negociación, consolidación de la paz y responsabilidad personal y social;

reconocer y examinar creencias y valores y la manera en que las percepciones acerca de la justicia social y el compromiso cívico influyen en la adopción de decisiones políticas y sociales;

desarrollar actitudes de interés y empatía respecto al prójimo y el medio ambiente, y de respeto por la diversidad;

adquirir valores de equidad y justicia social, y capacidades para analizar críticamente las desigualdades basadas en el género, la condición socioeconómica, la cultura, la religión, la edad y otros factores;

interesarse en las cuestiones mundiales contemporáneas en los planos local, nacional y mundial, y aportar contribuciones propias de ciudadanos informados, comprometidos, responsables y reactivos.

Y todo ello, priorizando la igualdad entre hombres y mujeres. 

Que idea más genial. Pero, un momento. ¿Cuántos países están desarrollando en sus sistemas educativos esta educación para la ciudadanía mundial? Desgraciadamente pocos. Por lo que es necesario, que los ciudadanos conozcamos esta iniciativa de Naciones Unidas y exijamos a nuestros gobiernos su puesta en práctica ya.

¿Y España? Hay que volver a recuperar la asignatura de educación para la ciudadanía que eliminó Rajoy y el PP, y completarla con esta educación para la ciudadanía mundial. ¿Por qué? Porque sería bueno para nuestros derechos y para nuestro bienestar presente y futuro tener ciudadanos comprometidos con los derechos humanos.

Es posible. Actuemos.

 

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