Había deshecho la maleta sin darse cuenta del orden milimétrico que destruía con cada manotazo. La cama del hotel rebosaba de calcetines revueltos, algún libro, camisas, zapatos, calzoncillos y el olor a after shave que humedecía la desconocida bolsa de aseo. Cruzó la habitación hasta la ventana. Afuera, el asfalto del desvío brillaba zarandeado por la intermitencia luminosa de la única farola, que posiblemente se apagaría de repente en uno de sus parpadeos; parecía acompañar a contrapunto el goteo constante del grifo del lavabo. Un lavabo absurdo, añadido a una pared blanca y vacía, enfrente de la cama. Durante unos segundos, se mantuvo absorto en ese morse de luz y agua que apenas enmascaraba el zumbido continuo de la carretera cercana y nocturna.

-¿Cómo diablos habrá logrado meter todo en esa maleta? -masculló- ¿Y dónde coño lo habrá puesto?

Alcanzó las zapatillas y se las puso. Una sombra de mueca se le cruzó en el rostro del espejo. Estaba realmente ridículo bajo la mortecina luz de la bombilla: la cazadora aún puesta, sin afeitar, los guantes asomando por los bolsillos y con esas desgastadas zapatillas de cuadros. Las lanzó debajo de la cama sacándoselas de golpe, sólo con el impulso de los pies. El suelo estaba helado.

– Ahí están tus cosas –le había dicho- Y la puerta ya sabes dónde. Y él había agarrado la maleta sin rechistar, sólo lo que tardó en anular el gesto de guardarse las llaves en el bolsillo y en dejarlas sobre la mesita. Era una maleta pesada, pero menos de lo que parecía. Ella debía de haberla hecho hacía horas, porque cuando la levantó vio las señales de las ruedas claramente marcadas en la alfombra. Al irse, aún había azul profundo entre los nubarrones, pero comenzaban a encenderse las luces de las ventanas, a impulsos, una por una, según cruzaba la ciudad. Las descubrió de pronto en el espejo retrovisor, ya todas encendidas.

Rebuscaba sin orden, desdoblando jerseys y pantalones, sin sorprenderse de encontrar las corbatas que desde hacía años no se ponía o pañuelos de tela que ya nunca usaba, o esa bolsa marrón que ella había tenido “el detalle” de comprar para guardarle sus cosas de aseo. Quizá fuera mejor acostarse, dormir. Pero intuía que alcanzar el sueño podía ser imposible si antes no encontraba el llavero.

Había comenzado a pensar en el dichoso llavero al poco de coger la carretera, en el coche. Algo parecido al desasosiego le empezó a crecer en un punto del muslo, cerca de la ingle. Y pensó en el llavero sobre la mesita. Y luego en el otro, el que nunca cogía. Le fue obsesionando kilómetro a kilómetro, hasta que cambió su primera intención –no podía llamar plan a nada de lo que estaba haciendo- de llegar lo más lejos posible aquella misma noche. Por eso paró antes de tiempo en este lugar estúpido. Casi se convenció de que era lo mejor. Tal vez. Descansar unas horas y luego seguir. No necesitó confesarse que había parado para buscarlo, para cerciorarse de que ella lo había metido en la maleta con sus cosas. Sin embargo, el llavero no aparecía.

Por un momento estuvo tentado de dejarse caer en la cama. Al fin y al cabo, para qué lo quería. El llavero estaba vacío. Si ella lo hubiese puesto, antes se habría asegurado de quitar las llaves. Nadie echa a nadie de casa dejándole las llaves puestas en un llavero.

Sintió que el penetrante olor a after shave le estaba empezando a marear. Apartó la bolsa en el alféizar de la ventana y abrió un poco la hoja de cristal. Llovía, la farola seguía parpadeando. Aún. Le mostraba la sombra intermitente de la maleta vacía. Quizá llevase así días, meses. Quizá ocurría lo mismo con el goteo del grifo. Al fondo, la carretera susurraba como un animal moribundo. Sintió en los pies el frío oblicuo de unas gotas de lluvia que se colaban por la ventana, las vio brillar sobre sus dedos desnudos cuando volvió a cerrar el cristal.

– No quiero verte aquí ni una noche más, – le había dicho- No tiene sentido. Lo sabes. No me importa si tienes o no a dónde ir. Y no lo siento. No lograrás que me sienta culpable.

Eso le había dicho. Nada más abrir la puerta, antes de que él la cruzara, antes de que acabase de limpiarse las suelas en el felpudo.

Rebuscaba entre la ropa interior. Le brotó un íntimo bochorno al ver aquellos calzoncillos de minúsculos Papá Noel, y se entretuvo acariciando el azul desgastado de una camiseta que algo le recordaba. Pero qué, quizá un San Valentín.  Tampoco allí estaba el llavero. Ni dentro de un zapato, ni en los bolsillos del albornoz, ni perdido en un forro de alguna americana.

Sintió que poco a poco se rendía. Y el sueño le rendía también. Y la noche, y esa farola absurda que alumbraba más que la bombilla mortecina, y ese ronroneo de la carretera, y ese goteo del lavabo que quizá le ayudaría a encontrar el camino del sueño o quizá se lo impediría. Abrió el grifo monótono con la esperanza de liberarse por unos momentos de su martilleo. El agua comenzó a caer a chorro, segura. Abrió la bolsa de aseo en un movimiento mecánico “lavabo – aseo” que le desorientó. Allí estaba, pegado a la humedad del after shave, el dichoso llavero. Vacío. Ya podía dormir. Entonces vio el agua: con la nitidez que sólo da el sueño, vio cómo el agua se perdía por el desagüe de derecha a izquierda, en dirección contraria, como si hubiese cruzado el ecuador.

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