Se acumulan los jarrones chinos en la democracia española. Y como con toda acumulación, este trastorno obsesivo compulsivo acarrea problemas de espacio y de sostenibilidad saludable. Se hace necesario hacer limpieza en casa, una tarea ineludible antes de que la indiferencia más absoluta se imponga como respuesta al desencanto. No romperlos tal cual y deshacernos de ellos, de los jarrones chinos, más por el valor sentimental que por el real. Pero sí ponerlos a buen recaudo para que no sigan estorbando y cogiendo polvo en cantidades industriales y para que las moscas no tengan en ellos su criadero predilecto de huevos. En un rincón profundo y lejos de la vista.

Son la viva imagen de la complacencia mutua y también de la derrota, del ombliguismo más excluyente y de la sabiduría sobreentendida como experiencia por acumulación

Son la viva imagen de la complacencia mutua y también de la derrota, del ombliguismo más excluyente y de la sabiduría sobreentendida como experiencia por acumulación. Si es verdad que el zorro sigue sabiendo más por zorro que por viejo, estos dos individuos son simplemente viejos, la zorrería la dejaron en el cajón de los chascarrillos. Pero viejos no en el sentido positivo de la acepción como “ser vivo de edad avanzada”. Más bien en su quinta acepción de la RAE: “Deslucido, estropeado por el uso”. Así están ellos, los dos, pese a los abdominales y los paseos en yate para proveerse de vitamina D sobre la cubierta con un buen habano.

Se trataba en este encuentro “histórico” de oír y recibir sapiencia a raudales para posteriormente su audiencia expectante agradecerles a fondo perdido y moco tendido la entrega por tanto y durante tanto. Pero estos dos parecen ya de otro planeta, de otro mundo, de otro país que no es ya esta España de 2018. Ni gracias ni perdón. Era su obligación, ni más ni menos, durante los 22 largos años en que se mantuvieron al frente del timón. Un trabajo con tantas luces como zonas neblinosas y también muy oscuras. Fiel reflejo de una ciudadanía que los refrendaba sin dudarlo un instante, tan ilusionada por los tiempos que corrían tras el largo adiós entre cables del anciano como desencantada doblemente por los acontecimientos de toda índole que se sucedieron después. Montaña rusa de la que ellos dos fueron los maquinistas del tren de la bruja. Y así hasta esta España de 2018, en la que seguimos sin vender una escoba, con mucho recorrido, eso sí, pero no por el empeño puesto por ellos como estadistas sino por el empuje irrefrenable de un pueblo entero. Que no se apropien de lo que nunca ha sido suyo.

Encuentro organizado por el diario El País con motivo del 40 aniversario de la Constitución Española.

Da la impresión, oyendo sus agudísimas reflexiones entre guiños cómplices de dos adversarios que son infinitamente más enemigos personales que lo primero, de que con ellos cualquier tiempo pasado fue mejor y que participaron activamente en lo que consideran su gran obra maestra inamovible cual montaña de granito: la Constitución del 78. ¡Quia!

El que primero tocó peló en el poder fue tirando lastres de todo tipo y siglas por la escotilla de un partido centenario nada más aprobarse la Carta Magna. ¡Los tiempos están cambiando que son una barbaridad!, se autoconvencían complacientes los suyos al colocarse la chaqueta de pana para que no se apercibiera la muda de piel.

Seguimos sin vender una escoba, con mucho recorrido, eso sí, pero no por el empeño puesto por ellos como estadistas sino por el empuje irrefrenable de un pueblo entero

El segundo en llegar tuvo que echar raudo a la hoguera sus agudas reflexiones de los años previos a su aprobación, cuando el bigote le espeseaba mucho más y no dejaba entender todo lo que vendría a decir después, ya apoltronado en el sillón presidencial, aquellos años supuestamente milagrosos. Milagro de crecepelo, se supo después. (Pero esta es otra historia).

Nada más cierto como que el tiempo lo dulcifica todo, se le coloca a la realidad una pátina de un color inexistente pero que todos creemos haberlo visto y vivido en algún momento de aquel esplendoroso pasado. Como estadistas que creen haber sido, alardean de Estado antes que de ciudadanía. Primer error, gravísimo. Aquél no es nada sin ésta, y por tanto ellos no existirían sin el deseo de ella, de la ciudadanía, el pueblo, que sí es cierto que confió en sus promesas propaladas sobre el atril en tiempos de carencias mutuas tras 40 años de travesía del desierto, para encaminarse hacia un proyecto jamás cumplido pese a haber sido mil veces prometido. Un Parnaso que se alejaba más y más cuanto más cerca creía estar la masa ciudadana de él, cual oasis atisbado en nuestra mente por la acción de un espejismo.

Y así hasta este encuentro “histórico”. Una equis en la quiniela. Del señor de la guerra mejor ni hablar.

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