Sucede al principio de cada mes. Entre marzo y octubre. Dorita sale a la calle. Pero eso no es novedad: Dorita sale a la calle todos los días. Lo original, lo diferente, lo que sucede una única tarde a principio de cada mes entre marzo y octubre, es que Dorita se viste de rojo puro: un maravilloso modelo del modisto Quevedo Martínez que le llega hasta los pies y dibuja una elegantísima curva en su escote de natural generoso. Desde luego, y para la ocasión, Dorita se maquilla con todo esmero y cuelga de los lóbulos de sus orejas pendientes buenos: de oro y brillantes, y también se permite una cadena alrededor del cuello, así como alguna pulsera y dos o tres anillos. Pero lo que llama la atención mientras Dorita camina por la calle Mayor es el vestido rojo, sangrando al sol. Y que ese vestido descarado y vital lo lleve una mujer enana que quizá ya no cumplirá los sesenta años. Es imposible no mirarla, no sorprenderse ante el trotecillo feliz de la dueña en pos de su perro salchicha y algo tímido. Sucede una vez cada mes mientras dura el buen tiempo. Dorita se convierte en la reina de su calle. Una calle llena de comercios y visitada por toda suerte de turistas y extranjeros. Eclipsando a mujeres jóvenes y bellas. Mujeres de estatura normal, y hasta altas. Mujeres jóvenes desnudas con minifaldas y pantalones de velo. Dorita las vuelve invisibles a todas. Una vez cada mes. Entre marzo y octubre. Con su vestido rojo. Rojo como el dolor de haber nacido enana. Rojo como el fuego que la ilumina por dentro y la hace brillar. Como a una estrella.

 

(Relato 251 de El Año del Cazador. Mecanografía Ángel Arteaga Balaguer)

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