«En el campo de la medicina, el acontecimiento más digno de mención, relevante de cara al tema que nos ocupa, es el descubrimiento de la Food and Drug Administration de que el krebiozeno, que ha sido objeto de tanta publicidad como droga anticancerosa, no es más que pura creatina. La creatina es un producto químico bastante barato que cuesta 30 centavos el gramo. La mayor parte de los 5.000 pacientes que han ingerido K, como se le llama, durante los últimos 13 años han hecho una “donación” de 9,50 $ por dosis, y cada dosis contiene unas 100 milésimas de gramo. Algunos años atrás, los partidarios del K citaron al gobierno un precio de 170.000 $ por gramo. Un hombre normal posee unos 120 gramos en su cuerpo, y en la investigación previa realizada ha demostrado que esta sustancia química no ejerce efecto alguno sobre células cancerosas. Los partidarios del K continúan insistiendo en el que el K no es creatina».

Gardner, M. (1981, 1988): La ciencia. Lo bueno, lo malo y lo falso. Alianza: Madrid, pp. 98-99

Quien más quien menos tiende a desencadenar su propia secuencia de acciones ceremoniales al despertarse. Yo, por ejemplo, me giro hacia mi compañera, le retiro el pelo sobre la cara y la beso, me incorporo, pestañeo con fuerza, boto con el culo en el colchón para impulsarme el ánimo y acudo parsimonioso a abrir el grifo de la ducha (podría cambiar el orden o añadir alguna acción más, pero depende del sueño de mi pareja). No solo es al despertarse, sino para comer, para leer, al prepararnos para una reunión. Para cualesquiera acciones que tenemos automatizadas en nuestro quehacer cotidiano. Todas fueron aprendidas de una forma o de otra; todas pasaron por una vez para la que no estuvimos preparados. De aquellas primeras veces apenas nos acordamos.

Entre los alicientes que se le van descubriendo a nuestro paso por este mundo, está la incertidumbre. En pequeñas dosis, claro. Y siempre y cuando no conlleve el riesgo de una muerte inmediata o un sufrimiento extremo. Naturalmente, tratamos de conciliar esos descubrimientos dentro de una tendencia a la estabilidad. “Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy”, en líneas generales. Hay casos claros en que la cotidianidad no anda bien y surge una necesidad de reorientar nuestras conductas hacia algo novedoso: cuando nos enfrentamos a una relación que no funciona, cuando nuestros recursos económicos son insuficientes o cuando caemos gravemente enfermos, entre otros clásicos de amor, dinero y salud. En otros casos no es tan clara la insatisfacción por lo cotidiano: puede ser por curiosidad o por ambición, entre otras motivaciones humanas.

Sea como fuere, volvemos a iniciarnos en aprendizajes que pueden determinar no solo nuestra forma de pensar, sino nuestra forma de proceder. Cuando estos los abordamos de adultos, tenemos la dificultad añadida de confrontarlos con más aprendizajes que consideramos como asentados. Desde perspectivas de la psicología del conocimiento, estas dificultades no solo pueden ser problemáticas, sino que dan pie a nuevas oportunidades de pensamiento, lo que Ausubel denominó aprendizaje significativo. En nuestra infancia no nos cuesta tanto amoldar nuestros esquemas. Crecen nuestros prejuicios según aumenta nuestra experiencia. Alcanzamos la adultez en la medida en que ganamos autonomía y vamos dejando atrás la dependencia de nuestros padres. Nadie vela por nosotros y tenemos que tomar decisiones que sostengan cierta estabilidad en el día a día. Para lo cual bebemos de lo que se ha ido fijando, modelando o como fuera durante nuestros primeros años.

Ahora bien, puede ocurrir (y ocurre) que actuemos de acuerdo a patrones erróneos. “Pues que yo siempre lo he hecho así”. O puede que nos vaya bien y, como apuntamos antes, es posible que las cosas se tuerzan por motivos ajenos a nuestra voluntad o que aspiremos a mejorar (ambición) o a, simplemente, probar (curiosidad) nuevas formas de hacer las cosas. En cualquier caso y a pesar del pujante avance científico, solemos hacer las cosas sin someterlas a la epoje, sino de acuerdo a las convicciones personales que cada cual tiene. ¿Alguien de ustedes se plantea cada noche cómo va actuar al despertar a la mañana siguiente? No me refiero a cada uno de enero.

Quien esté libre de sesgos cognitivos que tire la primera piedra.

Por eso soy de la opinión de que no hay que cargar las tintas contra quienes se equivocan siguiendo ideas erróneas; todos las cometemos. Sin embargo, soy partidario de denunciar a quienes se valen de las necesidades de otros vendiéndoles malos consejos, por nombrarlo de una manera suave. Porque hay que ser hijoputa para cobrar por una consulta en la que a un enfermo de cáncer le das unos masajes y unas rodajas de pepino, le doras la oreja y le cuestionas su tratamiento médico, a veces invitándole a dejarlo. La medicina se sustenta en la ciencia. Incluso el efecto placebo tiene su explicación científica. Pero el efecto placebo no cura el cáncer.

Evidentemente, no todo es ciencia. Y, para bien o para mal, la ciencia no abarca más que una gota del océano que es la realidad, parafraseando a Newton, quien, por cierto, se pasó media vida persiguiendo el sueño acientífico de la piedra filosofal (nadie está libre, ya saben). De la misma manera en que uno lee El centinela de Arthur C. Clarke, asiste a un partido de baloncesto o departe alegremente con los amigos, tampoco se pretende que todo lo que nos llega de fuera pase por una sesuda crítica racional. Pero es que no solemos pasarnos la vida expuestos a decisiones de vida o muerte. Así, podemos seguir disfrutando de cualesquiera formas de cultura si eso nos agrada o nos apetece. Otra cosa es que lo que aprendamos nos lleve a dar un golpe de timón por creernos a pies juntillas que una panda de reptilianos nos han envenenado con vacunas que producen autismo. La mayoría no somos científicos y desconocemos hasta dónde llega o no llega la ciencia, y nos ponemos en sus manos para progresar. Es más, la mayoría de los científicos también se ponen en manos de los científicos que no son de su campo. Y, evidentemente, la ciencia no es la verdad, pero es lo que más se aproxima desde la evidencia que vamos recabando. Por eso tampoco es infalible, además de estar expuesta también a las perfidias humanas.

Siempre ha habido desaprensivos. Pero rara vez han rectificado. Yo, por mi parte, seguiré soñando, pero, eso sí, sin dejar de abrazar la ciencia cuando me enfrente a una decisión vital, porque quiero vivir más y mejor.

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