Que el mundo entra en un período convulso es evidente ya de forma nítida tras la victoria de Donald Trump en las elecciones de EEUU. Si ha conseguido llegar a la Casa Blanca el magnate inmobiliario con su muy poco disimulado machismo y sus declaraciones despreciativas hacia los mexicanos es porque lo otro, “lo oficial”, el discurso institucional de EEUU, está débil y averiado.

No deja de ser curioso: Trump gana las elecciones cuando nos deja Leonard Cohen. Este, maestro de todas las sensibilidades. Transversal a fuerza de profundo. El presidente electo, oportunista, superficial, una trampa en rubio platino.

La globalización se convertirá en un problema en la medida en la que no traiga justicia sino que uniforme arrasando identidades y derechos. Es entonces cuando las personas se agarran a un clavo ardiendo. Eso es Donald Trump.

Para que nos hagamos una idea: que Donald Trump haya ganado en EEUU una elecciones es como si Jesús Gil, que falleció ya hace algunos años, hubiera conseguido llegar a la Moncloa en nuestro país.

No van mucho mejor las cosas en Europa, con discursos populistas de distinto signo, que llegan con facilidad a las instituciones montando su circo y prometiendo pan y felicidad. El viraje hacia el populismo es más lento en nuestro continente, pero parece inexorable. Aquí todo va más despacio. Solamente un pueblo como EEUU es capaz de pasar de un Barak Obama a un Donald Trump sin estación intermedia.

Lo interesante es ver la marea intensa y de fondo que trae el populismo a nuestras costas, la europea y la de EEUU, y esa marea no es otra que el descrédito total de las instituciones, de un lado, y –de otro- la indiferencia hacia proyectos globales con los que las personas han dejado de identificarse, no los sienten como suyos. Esto último explica a Donald Trump y el Brexit británico. De hecho el presidente electo de EEUU ha invocado el “espíritu del Brexit” para animar su victoria.

Pero que nadie se lleve a engaño. Donald Trump ha sido un tramposo y un especulador en todos los aspectos de su vida. Con él, no volverá el paraíso perdido de la América profunda de los pioneros y los emprendedores; con él no volverán los valores de la familia, el trabajo duro y el Dios providente. Tampoco con él lo viejo será sustituido por lo nuevo, ni lo genuino de Norteamérica será actualizado.

Ni siquiera se llevarán a cabo -aventuro- sus propuestas más positivas referentes a las relaciones internacionales.

Con él tampoco tendremos novedades prometedoras y sí bastante moralina de naftalina (que corrompe el sentido más profundo de la religión y apesta de hipocresía), con más poda a los raquíticos derechos sociales de los ciudadanos de EEUU.

El populismo no es nuevo, es más viejo que la pana. Es un sucedáneo de todo, y no es nada auténtico. Es involución. Es más de lo mismo, pero bastante peor.

Pero EEUU, que ya de muestras de decadencia, lo aguantará y seguirá cuando Donald Trump sea un recuerdo, creo.

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