La Senyora Aiuola al Poble Nou (versión en catalán)

La Historia Interminable es una de estas novelas que te acompañan toda la vida empezando desde pequeño, cuando la lees por primera vez y obtienes unas sensaciones que se irán transformando a medida que te das cuenta que siempre has tenido entre las manos un libro para adultos que hace honor a su título. Una de las interpretaciones del argumento es un canto al teatro en dos tiempos simétricos. En el primero una vida plena con penurias y sentimientos al límite es convertida en una obra de teatro hasta que el que Bastián Baltasar Bux, el protagonista, se da cuenta de que esta obra es real. En el segundo una vida vacía recibe toda una serie de sentimientos teatralizados, representados únicamente por (y para que) Bastián se dé cuenta que necesita querer y ser querido de verdad. Cuando el amor se torna sincero éste se salva y salva a todo su entorno con él.

Uno de los personajes más fascinantes de toda la novela es Doña Aiuola, la señora de la Casa del Cambio. Doña Aiuola, una especie de árbol frutal que se mueve y tiene consciencia y habla, tiene el gran deseo de ser madre. Pero para serlo debe morir, secarse y renacer como una nueva Doña Aiuola hija de la Doña Aiuola precedente: la madre no podrá conocer jamás a la hija.

En la calle Pere IV del Poble Nou estaba la Cooperativa Pau i Justícia, una mescolanza de funciones que proveía a buena parte del barrio de todo lo que necesitaba: suministros, trabajo, identidad, diversión, un punto de encuentro. El edificio que la alojaba era tan modesto como interesante: dos plantas nobles una sobre otra, altas de techo, dignas, comunicadas por una escalera en medio de todo, donde todo el mundo se encuentra. Abajo las funciones más prosaicas: tiendas, administraciones, lugares para el día a día. Arriba los lugares de reunión, de representación, de diversión, de convivencia. Los lugares donde empiezan las historias.

La Cooperativa Pau i Justícia murió, se secó y de ella nació la Sala Beckett.

Decirlo así parece fácil, pero darse cuenta y hacerlo real es una tarea realmente complicada. Los arquitectos padres de la criatura son Eva Prats y Ricardo Flores. Y digo padres porque su mérito principal es darse cuenta de que la Cooperativa Pau i Justícia era Doña Aiuola. Y, por tanto, la madre de la Sala Beckett que no conocería jamás a su hija. Vuelvo a insistir en el mérito de esta obviedad. Eva y Ricardo se dieron cuenta que había suficiente con volver a vestir de domingo estos restos para obtener un teatro de gran nivel, ya parte insustituible de la vida cultural barcelonesa. La arquitectura se ha incorporado a la representación. Como en La Historia Interminable todo puede ser teatro. El recibidor. Los camerinos. Las oficinas. El restaurante. Incluso las salas de teatro, tan neutras y poco connotadas como ha sido posible: la obra es la protagonista y crea un espacio diferente cada vez.

Esta nueva Doña Aiuola se expresa con los rastros de su madre. Y es que la obra ha requerido de una intervención más intensa de lo que pueda llegar a parecer. La estructura estaba fuera de normativa y no era lo suficientemente resistente como para poder llenar todo el edificio de público y trabajadores y escenografías, y se debía proteger contra el fuego: hacerlo pareciendo que no se ha hecho nada ha sido un reto considerable. La escalera se ha cambiado. Se ha tenido que hacer lugar a la sala grande, se ha debido conseguir que no se filtra agua en los patios de la planta superior, se han tenido que vaciar para que funcionen, se ha llevado la luz natural a la planta baja y mil cosas más. La intervención incorpora la arquitectura a todo lo que toca: la decisión de pintar o no las antiguas paredes, la estructura existente y la nueva, las señales, las luces, los muebles… todo. Fijaos en el rótulo que se dobla señalando que el edificio presenta fachada al pasaje lateral. Parece que haya estado allí toda la vida. Lo viejo y lo nuevo se confunden, lo que estaba y lo añadido, los materiales, los colores… La Sala Beckett queda lidiando con una calle Pere IV que ya es diferente de la que había cuando empezó la obra, con unos edificios circundantes que no entienden el lugar, con una manzana que ha quedado desestructurada. La Sala Beckett no se limita a funcionar: como la Casa del Cambio se ha creado su propio entorno y lo ha mejorado(1). Y, por una vez, todo esto se ha podido celebrar: Doña Aiuola es profeta en su tierra y ha recibido todos los premios habidos y por haber, y los que no ha recibido es porque no valía la pena recibirlos, y ahora mismo (y hasta noviembre) ha viajado a Venecia como representación de la representación. Ahora Doña Aiuola está feliz y ha abierto las puertas de su casa a todos, y como en La Historia Interminable, por fin podrá conocer a sus hijos.

 

Foto: Jaume Prat. En la derecha, Ricardo Flores, arquitecto.

(1) La memoria del barrio ha quedado reforzada con la colocación de una placa en el edificio de viviendas de delante que recuerda que allí nació el escultor Subirachs.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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