Los premios Cultura Viva han cumplido en 2016 veinticinco años de andadura. Yo lo recibí hace un lustro y es el galardón al que más afecto tengo de los que me han sido concedidos hasta la fecha. Es un premio con solera, con profundidad. Y también, ese es uno de sus muchos encantos, sigiloso y discreto: ni siquiera lo han movido sus organizadores por las redes sociales: está más allá (aunque no es imposible, ahora que me cuento entre los jurados y soy amigo siempre de enredar, que para la próxima edición se le de mayor publicidad).

La primera edición del Cultura Viva de Narrativa la ganó Miguel Delibes. Y a ellos les siguieron, entre otros muchos, Fernando Sánchez-Dragó y Francisco Umbral. En las últimas ediciones se han añadido nombres tan sólidos en la literatura española -los que quedarán- como el de Lorenzo Silva o Martín Casariego.

En esta ocasión el elegido para el maravilloso galardón ha sido Domingo Villar, y yo he tenido el honor de entregárselo en una sala llena a rebosar de sabios, historiadores, médicos ilustres, músicos de gran renombre y aún más, todos ellos claramente representativos de la Cultura (con mayúscula).

Domingo Villar, autor de una saga de novela negra que pronto verá su tercera entrega, es un escritor de verdad; y lo del género, en mi opinión y en la de todo el jurado, se le queda muy pequeño. Ha agradecido que fuéramos a buscarlo a su cueva, pues está centrado en su próximo libro y apenas hace últimamente vida social. Y aunque es conocido por sus novelas, traducidas a casi una decena de idiomas: La playa de los ahogados, Ojos de agua, sus relatos -que escribe originalmente en gallego y luego también traduce- son perfecta prueba de su rigor y calidad.

Ha tenido la deferencia de ceder uno de ellos hoy, para celebrar su premio, a nuestro periódico, a Diario16.

Le dejo pues la palabra, la palabra escrita, a Domingo, y desde aquí vuelvo a felicitarlo una vez más por ser el XXV Cultura Viva de Narrativa. Larga vida y larga obra, señor Villar.

 

Don Andrés el Guapo

Domingo Villar

Hace cuatro o cinco años estaba yo en una cantina de México D.F. dándole al mezcal con unos amigos cuando se nos acercó una mujer de cabellos blancos. Entre otras historias, aquella anciana algo bebida nos contó la de Andrés Taboada, un jesuita gallego enviado a las montañas de Michoacán allá por los años cincuenta.

Aquel misionero acababa de salir del noviciado y tenía poco que ver con el resto de los padrecitos de la congregación. Era alto, con los ojos claros y la piel morena, tan apuesto que, ya en la primera misa que celebró, las feligresas, impresionadas, lo bautizaron para siempre como don Andrés el Guapo.

El eco de la belleza del cura comenzó a extenderse de ranchería en ranchería, y cada domingo eran más las mujeres que respondían a la llamada de las campanas. Por todas las laderas llegaban jóvenes emperiquitadas como para una fiesta, con los labios y los ojos pintados, atraídas por la hermosura de don Andrés.

Al cabo de un mes eran tantas las admiradoras que no cabían en la iglesia. Se decía que todas las mujeres de la sierra estaban allí. Incluso las que no eran creyentes ni entendían más que el náhuatl se sentaban sonrientes en el primer banco, a mirar al guapo.

Y el bueno de don Andrés Taboada no sabía qué hacer para que todo aquel mujerío, en vez de ir a ver al cantante, fuera a escuchar sus canciones. Decidió dejarse crecer la barba y fue peor: los suspiros eran tan profundos que lo descentraban y más de una vez perdió el hilo en la homilía.

Una mañana, al concluir la eucaristía, viendo la muchedumbre que lo esperaba fuera del templo, buscó cobijo en el confesionario. Tenía más intención de hacer un receso que de absolver a nadie, pero cuando quiso darse de cuenta la fila para la confesión salía por la puerta de la iglesia.

Aquel domingo estuvo hasta el anochecer administrando la penitencia a las mujeres. Y los domingos siguientes también. Como el asunto era estar con él, cuando las chicas se quedaron sin pecados comenzaron a inventarlos y, ya metidas en harina, trataban de enamorarlo relatándole los pormenores de sus hazañas pecadoras. Por más que el Guapo las instase a abreviar, ellas se lo largaban todo. Incluso en una ocasión se oyó a una muchacha implorar: “No me absuelva todavía, don Andrés, que lo mejor viene ahorita”.

El sacerdote resistía con dificultad aquellas confidencias, pero los que no las soportaban eran los hombres de la sierra. Una de aquellas tardes de domingo, cuatro maridos celosos fueron a buscar al Guapo y, en el mismo confesionario, lo pasaron por las navajas. Si no le desfiguraron el rostro fue porque una joven se lo impidió a costa de recibir ella misma un corte profundo en el cuello. La chica se salvó por poco. El Guapo murió allí.

Cuando dejaron de llorar, las mujeres llevaron el cadáver del cura a un taxidermista. Pretendían exponerlo disecado junto al altar, entre San Ignacio y la Virgen de Guadalupe, pero el obispo se negó a colocarlo allí con el pretexto de que las iglesias de su diócesis sólo acogían imágenes de santos, y al padre Taboada, por mucha insinuación que hubiese resistido, aún estaba por ver si Roma lo canonizaba.

Esta es la historia de don Andrés el Guapo tal como nos la contó la vieja aquella noche en la cantina. Yo no sé si es verdad. Ahora, la cicatriz en la garganta la tenía. La vimos todos. Eso pueden creerlo porque es así.

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