Me duele aquí y ahora mismo. El dolor es una sensación, más o menos aguda o intensa, de carácter muy subjetivo, en el que además de lo físico se dan cita otros factores importantes de índole diversa: culturales, sociales, ambientales, históricos y genéticos. Por tanto, el fenómeno no es ni unidimensional ni simple.

Concluyen los estudios multidisciplinares más sesudos que hoy la tolerancia al dolor es menor que en otras épocas. Nuestra civilización quiere erradicarlo a toda costa y en el menor lapso posible. Cueste lo que cueste. Las estadísticas desvelan que en el mundo se consumen analgésicos derivados del opio por valor de 9.000 millones de euros. En EE.UU. los datos vienen a corroborar que unas 50 personas mueren al día al ingerir analgésicos adquiridos con receta médica.

Negocio y muerte van de la mano, a veces en monopolio. En España, el mercado de los medicamentos dispensados sin receta asciende a casi 1.500 millones de euros. Y hablando de monopolios, la empresa Alcaliber, cuyo accionista mayoritario es el as de las finanzas Juan Abelló, ex socio de Mario Conde, tiene la concesión estatal en exclusiva en nuestro país del cultivo y explotación del opio legal, que en el período que va de 2001 a 2016 ha registrado unos pingües beneficios de más de 75 millones de euros con unas ventas declaradas superiores a los 600 millones de euros.

Los fármacos contra el dolor más reclamados en España por los pacientes y dispensados por los facultativos son Nolotil, Efferalgan, Gelocatil y Paracetamol, la mayoría de ellos al alcance de cualquiera sin pasar por la consulta médica.

Puede resultar ilustrativo también conocer que los dolores de mayor incidencia son los trastornos del trigémino (nervio de la cabeza), que de tan insoportables pueden ser desencadenantes del suicidio, los partos, el cólico nefrítico, las migrañas (que padecen 3,5 millones de personas en España), los dolores de muelas y oídos y los golpes en los testículos. Aunque el dolor más extendido es el pánico de caer prisionero en la cárcel del propio dolor.

No obstante lo dicho, al parecer el dolor no se localiza como tal en una parte concreta del cuerpo, esto es, no duelen las muelas o el trigémino sino que es el cerebro el que analiza los impulsos eléctricos y químicos que le llegan y toma la decisión de que aquí y ahora algo nos duele porque nuestra vida está amenazada de alguna manera. ¿Se equivoca nuestro cerebro? Esta pregunta, por el momento, no tiene respuesta definitiva. Todo es más o menos especulación erudita. Más bien hablan los expertos del dolor como adaptación a unas condiciones psicológicas, físicas, culturales y sociales dadas: es el contexto, en última instancia, el que da forma al dolor íntimo. Así de escurridizo y esquivo es el dolor humano.

Buscar el sentido profundo del dolor podría ser un camino que nos llevara al absurdo. Como la vida misma. Lo que sí sabemos, más en nuestra era posmoderna, es que evitar el dolor a toda costa es el objetivo de todo el mundo.

Mucho se ha teorizado al respecto acerca del dolor y el sufrimiento, sin alcanzar verdades más allá de la duda razonable. Lo cierto es que ingerimos millones de píldoras, ingentes dosis de marihuana y nos aplicamos remedios y tratamientos, a veces esotéricos y sin ningún fundamento clínico, para restablecer nuestro estado anterior a la percepción dolorosa.

Las causas del inicio del dolor son variadas, amén de accidentes violentos o enfermedades crónicas o severas: tristeza, aislamiento, ira, la falta de expresión emocional, la baja autoestima… Freud hablaba, a grandes rasgos, de tres continentes originarios del dolor: la clásica enfermedad, la vulnerabilidad a los agentes externos y la injusticia que percibimos en las relaciones sociales cotidianas. Esta triple guía ya incluye lo político y social: el mundo de la realidad compuesto de trabajo, cultura, economía, costumbres, prejuicios y contexto histórico. Es decir, la complejidad aumenta: en el dolor más nimio coincide un abanico de preludios o motivos innumerables.

Siguiendo las tesis freudianas, sin entrar en prolijidades académicas, podemos señalar que el dolor percibido tiene mucho que ver con empatías, simpatías y antipatías personales y sociales. Su vertiente política se atisba hurgando un poco en ese contexto de factores o agentes múltiples.

Y es que no todos los seres humanos han vivido el dolor de idéntico modo. El primitivo lo entendía como una posesión diabólica; el budismo como derivado de una frustración de los deseos; el antiguo Egipto como un castigo decretado por orden divino, y el cristianismo como un sufrimiento obligado y sublime para ganar un escaño en el cielo. En este instante nos parecen soluciones míticas, pero tampoco pensemos que nuestra mente moldeada por la ciencia nos ofrece alternativas menos discutibles.

 

Mito y política

Escrivá de Balaguer, fundador de la prelatura del Opus Dei, dijo en una de sus encendidas alocuciones: “Bendito sea el dolor. Amado sea el dolor. Santificado sea el dolor… ¡Glorificado sea el dolor!”. Un auditorio entregado y posteriores prosélitos podrían llegar a la conclusión, muy cristiana y extremista, de que todo dolor debe ser bienvenido si el viaje finaliza a la diestra del dios padre. Más parece un mensaje político e ideológico que una desmesura mística. Que los pobres, explotados y marginados sufran aquí en silencio, que luego en el juicio final se les abonará el salario íntegro, las horas extras y la jubilación, todo de golpe, en el placer inmenso de la felicidad eterna. Ese dolor asumido tiene un objetivo: renunciar a la lucha social por una quimera futura. Las elites, mientras tanto, a vivir al día. Ya comprarán bulas eclesiásticas para condonar sus pecados terrenales y canjearlos por billetes de último minuto hacia el destino celestial. De ahí que el dolor moldeado por la fe cristiana (y otras de parecido cariz) posea un alto prestigio estético.

Esa meta en el porvenir también se vislumbra en el pensamiento del inspirador de la revolución cubana José Martí: “El dolor es la sal de la gloria.” Claro está que el futuro de un revolucionario comunista y republicano reside en una sociedad sin clases, sin explotadores ni explotados, pero continúa la pauta del dolor como medio para un fin ético, moral o político de superior enjundia: más bello, más justo, más solidario. Escrivá y Martí comparten un dolor constructivo de hermosas utopías: en el primer caso de pasividad absoluta y en el segundo de compromiso activo para transformar la realidad. Las apariencias, pues, nos engañan una vez más.

Más lírico e intimista es Marcial, el poeta latino, cuando asegura que “El verdadero dolor es el que se sufre sin testigos.” Concepción Arenal, escritora española, opinaba por el estilo: “El dolor es la dignidad de la desgracia.”

Ambos reducen el dolor a la soledad y el silencio, a la conciencia serena del equilibrio psicológico de cada cual. El dolor es vergonzoso cuando se hace público y notorio en exceso: todos llevamos nuestras cargas interiores y no hemos de dar pábulo a nuestro sufrimiento. La ética del dolor de Marcial y Arenal nos remite al individuo hecho a sí mismo como un todo irreductible y siempre por hacer. Transmitir el dolor propio como un evento de interés no es moral.

Esa soledad y silencio envueltos en un contexto de prejuicios y falso decoro puede dirigirnos a espacios cerrados donde soportar estoicamente sevicias y torturas infligidas por terceros al amparo de usos y costumbres ancestrales. Por ejemplo, callar ante la violencia de género. Negar numantinamente la esfera social de la cruda dimensión del dolor puede mantener el orden establecido sine die en un inmovilismo retrógado. Lo que jamás se expresa, nunca existirá a efectos de la realidad política.

Más próximos a nuestro estilo de vida contemporáneo se sitúan el que fuera presidente de EE.UU., Thomas Jefferson, y el afamado médico español Gregorio Marañón. Sus coincidencias son bastante notables. Jefferson dejó para la posteridad que “El arte de la vida es el arte de evitar el dolor”. Marañón, por su parte, escribió lo que tiene toda la pinta de axioma inatacable: “La felicidad es un sentimiento fundamentalmente negativo: la ausencia de dolor.” La vida como arte y la felicidad como meta, dos filosofías que anunciaban el hedonismo de nuestros días con aroma a liberalismo de leve tinte humanista.

Las dos citas rezuman un individualismo radical. Tanto la vida como la felicidad son cosa de uno mismo, de conocer las herramientas precisas, mediante aprendizaje autodidacta o vía mensurando las lecciones vitales de la experiencia, para sortear las dificultades inherentes al vivir. La vertiente política y social se constriñe a una cualidad personal no transmisible a través del contagio social. Todos debemos buscarnos la vida: la suma de todas las experiencias concretas podría dar como colofón una sociedad buena y saludable. Esa pizca de egoísmo (la caridad empieza por uno mismo) es el condimento básico para eludir el dolor propio porque el ajeno ni es propiedad nuestra ni nos compete atenderlo moralmente en sentido estricto.

Un paso adelante y alcanzamos a Woody Allen. Su sentencia es la siguiente: “La televisión es maravillosa. No solo nos produce dolor de cabeza, sino que además en su publicidad encontramos las pastillas que nos aliviarán.” Parece de Allen, pero la irónica frase se atribuye a la actriz estadounidense Bette Davis y sintetiza la sociedad de consumo a la perfección.

Todo está en venta en la actualidad, nada escapa a las garras del mercado. En nuestras sociedades globalizadas se confunden los síntomas y las causas, lo bueno y lo malo, la izquierda y la derecha, el morbo y el tabú, lo público y lo privado. Dentro de esa ceremonia de la confusión lo que nos provoca dolor (televisión) es a la vez analgésico social y las pastillas que nos mitigan el dolor como salvadoras mágicas de nuestra integridad física y psíquica que posteriormente pueden, después de tomarlas con fruición, provocarnos adicción u otros efectos secundarios adversos. Ambos factores son remedio y enfermedad que se anulan en su choque frontal. Esa doble condición contamina o nubla nuestra capacidad humana de percepción.

El proceso podría seguir estas fases: estamos aburridos y cansados después de una larga jornada de trabajo, vemos la televisión para olvidar los pesares y distraernos, lo que miramos no nos satisface plenamente y nos causa dolor (cuya causa originaria no es el programa televisivo en sí), nos llevamos al coleto una píldora y desparece el dolor. Pura magia o mito encarnado. Entramos en bucle y volvemos al trabajo: los motivos sociales y políticos de nuestro estado y contexto se han evaporado de la mente. El ciclo puede repetirse indefinidamente, a no ser que una pregunta crítica al borde del precipicio nos ofrezca una ruptura que rompa el bucle autorreferente y consumista en el que estamos sumidos.

La intolerancia al dolor y su desaparición casi súbita tomando un medicamento de fácil acceso e ingestión debilita las defensas mentales de cualquiera. El cuerpo sanado en un santiamén no exige más recursos al cerebro. Evitando el dolor, eludimos entrar en conflictos de mayor complejidad analítica o racional. Es el pan de todos los días.

El peldaño final que proponemos nos permite abordar un pensamiento suavemente sofisticado del escritor austriaco Stefan Zweig. Reza de esta manera: “El dolor lleva a buscar las causas de las cosas, mientras que el bienestar induce a la pasividad y a no volver la mirada atrás.”

Zweig, como otros autores ya mencionados, otorga un valor instrumental al dolor, que existe por algo, remitiéndonos a la indómita pregunta de la curiosidad infantil ¿por qué? Este interrogante se convierte en camino infinito hacia la verdad, aunque jamás la toquemos o avistemos siquiera. El dolor del Zweig es una utopía de búsqueda permanente, un dolor benéfico como motor histórico (comprender el pasado para impulsarnos con sabiduría al porvenir) del devenir humano. Esa pregunta que todos llevamos desde el nacimiento incluye todo desde un presupuesto racional y consciente de la vida.

Ese dolor es, al mismo tiempo, conocimiento de la propia ignorancia y afán por descubrir. Tal vez en eso radique la belleza luminosa y absurda de ese barco que denominamos vida. ¿Por qué? Y otra vez, ¿por qué? Recuerda al rayo que nunca cesa de Miguel Hernández.

Evitar el dolor cueste lo que cueste podría cegar la creatividad inherente a la vida misma. Sin dolor no cabrían preguntas radicales y el impulso vital quedaría varado en el quietismo absorto de la mirada atrapada en el binomio recurrente televisión-pastilla y vuelta a empezar. Un círculo vicioso de difícil salida.

Una pregunta ingenua para la despedida. ¿Tendrán algo que ver con el dolor humano la pobreza, el paro, los salarios mileuristas, la contaminación ambiental, la precariedad existencial, el egoísmo, la insolidaridad y el consumismo feroz? Ya conocemos que el misterioso cerebro humano puede sentir como amenaza a la propia integridad vital situaciones muy dispares. Lo que está meridianamente claro es que doler duele por algo. Y no siempre la causa resulta evidente.

 

Muy recomendable leer la obra de Iván Illich, Némesis médica.

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Guionista, Copy, Analista Político, Escritor. Autor de los siguientes libros: ¿Dónde vive la verdad? (2016, Editorial Seleer), De la sociedad penis a la cultura anus: reflexiones anticapitalistas de un obrero de la comunicación (2014, Editorial Luhu)), Pregunta por Magdaleno: apuntes de viaje de un líder del pueblo llano (2009, Ediciones GPS) y Primera crónica del movimiento obrero de Aranjuez y surgimiento de las comisiones obreras (2007, Editorial Marañón). Más de 25 años de experiencia en el sector de la comunicación.

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