Hoy quiero hablar de la verdad, algo, por cierto, muy pisoteado hoy día, especialmente por algunos estamentos de nuestra sociedad. La verdad es bella de por si, así como su contrario, la mentira, es algo abominable y puede llegar a destruir cualquier tipo de relación humana. Si no hay verdad no hay confianza posible, y si no hay confianza, la relación entre dos personas, o entre grupos de personas, es poco menos que imposible.

Hace años, siendo yo universitario, fui aficionado a coleccionar artículos de Julián Marías. Hoy aún guardo algunos, y al repasarlos, recuerdo la importancia que el filósofo daba a la verdad.

Está muy difundido, especialmente en la vida pública, el uso de la mentira. Se utiliza para alcanzar poder, fama, dinero, éxito. Y, como decía el citado filósofo español, la mentira a veces da buenos dividendos. La utilizan los políticos, y lo hacen sin vergüenza ninguna, para acaparar el mayor número de votos posible, o para alcanzar cualquier otro objetivo que se hayan propuesto. Y, lo que es aún peor, normalmente no pasa nada. Lo verdaderamente preocupante, decía Julián Marías, es el desinterés por la verdad, que se ha deslizado insidiosamente hasta en el mundo del pensamiento teórico. El uso de la mentira está aceptado por amplios sectores de nuestra sociedad, y eso dificulta claramente la convivencia. Se ha perdido la sensibilidad para la mentira, que se acepta pasivamente y casi sin darse cuenta. Y esto representa un grave problema. Si existiera sensibilidad para la verdad, y vuelvo a citar a Marías, la falsedad sistemática bastaría para descalificar a quien la usase y asegurar la derrota. Pero por desgracia, esto no es así. Los políticos obtienen gran rédito electoral a base de engañar a sus electores (y estos, muchas veces, se dejan engañar); muchos medios de comunicación basan su éxito en la difusión de noticias no contrastadas, engañosas o tendenciosas, cuando no claramente falsas; últimamente incluso los clubs de fútbol, deporte que se ha convertido en un auténtico negocio, utilizan la mentira y el engaño para lograr sus objetivos; se falsea, y esto es especialmente grave, la historia de un país con tal de alcanzar oscuros y siniestros objetivos. Se usa la mentira con total impunidad, incluso algunas veces es ensalzada, se llega a admirar la habilidad de pasar por encima de la verdad y pisotearla.

Pero también en el trato entre iguales, en el tú a tú de las relaciones cotidianas, se usa la mentira como recurso para lograr lo deseado, o para tapar lo que no se quiere que se sepa. Y cuando esto ocurre, cuando la falsedad se cuela en la relación entre dos personas, o entre un grupo de personas, esa relación está ya dañada mortalmente. Si no se pone remedio, si la práctica de la mentira se convierte en algo habitual, la relación acabará por desintegrarse.

Julián Marías dice que la verdadera raíz del desprecio a la verdad está en el desprecio a uno mismoLa verdad está unida de tal modo a la condición humana, que el que miente a sabiendas está atentando contra sí mismo, se está hiriendo, mancillando, profanando. Pero esto, antes o después, tiene consecuencias. Y las tiene para uno mismo. El que adopta la mentira como forma de vida acaba acumulando un grave poso de amargura, un inmenso descontento consigo mismo.

La mentira, por tanto, destruye relaciones, y acaba destruyendo a uno mismo. Es, en palabras nuevamente del filósofo, lo más parecido a un suicidio. Es lo más alejado posible de la belleza. Sin embargo, la verdad es bella en sí misma, como decíamos al principio del presente artículo. La verdad, a diferencia de la mentira, que siempre está en conflicto consigo misma, es coherente. El que busca la verdad, dice Marías, siente veneración por la realidad, está sobrecogido por su riqueza y su misterio, no se atreve a desfigurarla. La verdad, a veces, cuesta. Pero, como todo lo que requiere un esfuerzo, merece la pena. Todo lo bueno y bello que puede llegar a construir o alcanzar el ser humano está basado en la verdad. La verdad, antes o después, se abre paso, posee una fuerza inquebrantable. Requiere, eso sí, la firme adhesión personal, la decisión de sostenerla y afirmarla. Y, por ende, una radical oposición a la mentira. Que por otro lado, tiene patas cortas. Al mentiroso siempre se le pilla, más bien pronto que tarde.

La verdad es, pues, el fundamento de la convivencia, lo que la hace posible. Propongo, para terminar este artículo, que hagamos un gran ejercicio en pos de la verdad. Que rechacemos, y denunciemos en la medida de lo posible, todo aquello que sea falso, cualquier mentira, venga de donde venga: políticos, medios de comunicación, escritores, deportistas, empresas… Y que hagamos de la verdad nuestra bandera. Empezando por nuestras relaciones más cercanas: nuestra pareja, nuestros padres, nuestros hijos, hermanos, amigos, profesores, compañeros de trabajo… Que amemos la verdad, que la hagamos brillar, que la convirtamos en norma de convivencia. Pienso que es la única manera de desterrar la mentira y la falsedad de esta sociedad tan hipócrita hoy día.

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