Me gustaba cenar en ese restaurante porque ofrecían unos platos fabulosos y el servicio era impecable. Además, los viernes solían amenizar la cena con música en directo. Situado en una de las zonas menos populosas de la ciudad, el fulgor de sus ventanas iluminaba la calle como bengalas en el cielo nocturno, las lunas parecían evaporarse hacia la fría noche queriendo compartir el formidable ambiente que disfrutaban los comensales.

Era viernes. La casualidad nos condujo a «Casa Elena» justo cuando nuestros estómagos rugían. Pudimos elegir hueco para aparcar; casi en la puerta. Agradecimos el calor del local. Pero, a decir verdad, era una calidez fría, sin el ambiente que recordaba de la última vez que cené allí: había mesas vacías, en algunas se departía con cierta animación, y el hilo musical había sustituido a la música en vivo. Cenamos correctamente. Los camareros, también correctos. En resumen, todo correcto; es probable que tarde más de un año en volver. Si acaso vuelvo.

Días después me encontré con Jaime, uno de los camareros que recordaba del «Casa Elena» de antaño. Un tipo despierto y simpático. Me contó que estaba preparando las maletas para buscarse la vida en Australia, que, desde que ajustaron la plantilla en el restaurante, no había encontrado un empleo con un sueldo que le permitiera comer y pagar el alquiler. Me explicó que «Casa Elena» cambió de dueños hace seis o siete meses y que estos decidieron ajustar la plantilla «para afrontar mejor la época de vacas flacas».

O sea, no es que hubiera disminuido la clientela, sino que los dueños del restaurante habían provocado que disminuyera la clientela al bajar la calidad, por aquello de disminuir costes.

Y yo, que no sé nada de la vida, me pregunto si padres y madres sabrán que sus hijos cuentan con menos profesorado. Supongo que apenas lo notarán. Supongo que, como la mayoría tienen hijos “normales” en términos estadísticos, no les afectará tanto la merma de ayudas específicas para los alumnos que más lo necesitan, ese porcentaje menor de chavales que, con algo más de ayuda, podrían alcanzar los ahora llamados “estándares de aprendizaje”. Hay, por ejemplo, alumnos que necesitan más horas para aprender a leer (fíjense qué aprendizaje más elemental) y necesitan una atención más individualizada. ¿Saben quiénes refuerzan esa ayuda? Otros maestros distintos al tutor. Pero a veces los maestros también enferman. Y, cuando enferman, esta labor de refuerzo no la puede realizar otra persona. Sencillamente, porque no la hay. Entonces, el maestro tutor sigue con su clase y, en un vano intento de multiplicarse, saca unos minutos para leer con los alumnos más rezagados. En un alarde de imaginación y si tiene suerte, trata de organizar un grupo de lecturas con alumnos aventajados y rezagados, acudiendo al tan en boga aprendizaje cooperativo. A lo que, obviamente, habrá tenido que dedicar tiempo, no solo de preparación en casa, sino tiempo lectivo… En realidad, cuando esto se lleva a cabo, no es algo aislado, sino que el docente lo está llevando a cabo con regularidad. Porque, aunque cabe espacio para la improvisación, el currículo avanza, y cada vez más rápido para los alumnos con más dificultades.

Ustedes se dirán: «Bueno, al día siguiente se cubre la baja del profesor enfermo». Pero no. De hecho, hay una norma que impone que esa baja no se cubra hasta pasados diez días lectivos (dos semanas). Es una norma de ámbito estatal en vigor desde hace casi cinco años. Me refiero al Real Decreto-ley 14/2012, de 20 de abril, de medidas urgentes de racionalización del gasto público en el ámbito educativo:

«Artículo 4. Sustitución de profesores.

En los centros docentes públicos, el nombramiento de funcionarios interinos por sustitución transitoria de los profesores titulares se producirá únicamente cuando hayan transcurrido diez días lectivos desde la situación que da origen a dicho nombramiento. El período de diez días lectivos previo al nombramiento del funcionario interino deberá ser atendido con los recursos del propio centro docente.

Lo dispuesto en el párrafo anterior resultará asimismo de aplicación a las sustituciones de profesorado en los centros docentes privados sostenidos con fondos públicos».

Téngase en cuenta que estas contingencias no son del todo previsibles y que en ocasiones coinciden varias bajas. No es lo habitual, pero cuando ocurre, se solapan períodos de diez días lectivos con menos profesorado en el centro.

Si quienes frecuentan estos centros educativos pensaran como los clientes del «Casa Elena», no sería de extrañar que acabara disminuyendo la afluencia a la escuela. Pero esto no ocurrirá, porque, hasta donde sé, los padres son conscientes del valor que aporta la enseñanza obligatoria para la educación de sus hijos. Además, siempre se puede argüir que, en términos generales, los datos son correctos («mientras no me afecte a mí»).

Ya digo, en «Casa Elena» cenamos correctamente. Pero nada más.

 

 

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