No hace mucho escuché a varios representantes políticos indicar y afirmar tajantemente que en este país la justicia es igual para todos, independientemente del nombre o la posición social y familiar a la que pertenezcan. El argumento sostenido me pareció que alimentaba más el patrocinio y promoción de un producto deficiente que intenta venderse de cualquier manera, que la realidad latente que golpea una y otra vez la democracia en la residimos.

El dictado de la sentencia puede en muchos de los casos tener una equidad consecuente, pero la ejecución de la misma atiende con una gran diferencia a unos y otros. Y los ejemplos están ahí. Hay cientos de ejemplos, imposibles de nombrar en varios párrafos de un artículo de opinión, y donde la afilada ejecución de la sentencia encarcela y acuchilla con mayor grado a simples ciudadanos que, a quienes, en una u otra manera, profesan una posición de poder o de familiaridad con el poder. Por eso, esa frase esgrimida donde se indica de manera fehaciente y seria que la justicia es igual para todos, independientemente del nombre o la posición social y familiar a la que pertenezcan, es solo una pancarta publicitaria que enarbola la intención de que creamos de que ello es así, es una apariencia que insulta.

En todo momento, desde el principio de todo, de todo el arquetipo estructurado por unas u otras naciones para regir el compendio de ciudadanos que habitaban dentro de su territorio, las influencias sustentadas siempre han favorecido a familiares, acólitos y otros ciudadanos afines al poder. Esto es una evidencia que todavía permanece, aunque el colorido y las sombras que desde los diferentes ámbitos del poder maquillen, o intenten maquillar el desgarro y el desorden en el dictado de las sentencias y en el cumplimiento de las mismas.

Cualquiera puede argumentar públicamente que la justicia es igual para todos, independientemente del nombre o la posición social y familiar a la que pertenezcan, y en símil tesitura, cualquiera puede pensar que una sonrisa al público desde el púlpito del poder para indicar que toda funciona correctamente es solo otra argucia hipócrita para no atender la falta de equidad entre unos y otros, pero en la mayoría de los casos, la justicia no es igual para todos.

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Escritor. En el 2003 publica el entrevero literario “El dilema de la vida insinúa una alarma infinita”, donde excomulga la muerte a través de relatos cortos y poemas, todas las muertes, la muerte del instante, la del cuerpo y la de la mente. Dos años más tarde, en 2005, sale a la luz su primera novela, “El albur de los átomos”. En ella arrastra al lector a un mundo irracional de casualidades y coincidencias a través de sus personajes, donde la duda increpa y aturde sobre si en verdad somos dueños de los instantes de nuestra vida, o los acontecimientos poco a poco van mudando nuestro lugar hasta procurarnos otro. En 2011 publica su segunda novela, “Historia de una fotografía”, donde viaja al interior del ser humano, se sumerge y explora los espacios físicos y morales a lo largo de un relato dividido en tres bloques. El hombre es el enemigo del propio hombre, y la vida la única posibilidad, todo se articula en base a esta idea. A partir de estas fechas comienza a colaborar con artículos de opinión en diferentes periódicos y revistas, en algunos casos de manera esporádica y en otros de forma periódica. “Vieja melodía del mundo”, es su tercera novela, publicada en 2013, y traza a través de la hecatombe de sucesos que van originándose en los miembros de una familia a lo largo de mediados y finales del siglo XX, la ruindad del ser humano. La envidia y los celos son una discapacidad intelectual de nuestra especie, indica el autor en una entrevista concedida a Onda Radio Madrid. “La ciudad de Aletheia” es su nuevo proyecto literario, en el cual ha trabajado en los últimos cuatro años. Una novela que reflexiona sobre la actualidad social, sobre la condición humana y sobre el actual asentamiento de la especie humana: la ciudad. Todo ello narrado a través de la realidad que atropella a los personajes.

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