Cuando, un día más, el sol declina, basta con hacer acopio de fuerzas a partir del eterno retorno al que lo alargado de las sombras conducen las que hasta ahora han sido meras si no a la postre confusas percepciones, para permitirnos en ese único instante de verdad si quiera llegar a otear el horizonte al que todo español ha de enfrentarse a diario, no tanto para comprenderse a sí mismo, como sí más bien para tratar de comprender el cúmulo de sinsabores sobre el que se asienta rauda, e incluso a veces temida, la propia y a la sazón por ello indefectible, Idea de España.

Es la de España una idea compleja donde las haya. Conducida por las emociones cuando el resto de Europa se esforzaban por consolidar La Razón, se desangró en la soledad propia de concebir el compromiso con la Pasión, precisamente cuando en el resto de Europa, hace justo hoy 102 años, decidieron tergiversar todo lo que lo razonable indicaba lanzándose a una guerra fraticida en la que la única posición errónea había de ser, precisamente, la de no tener posición.

Y así lo hicimos, una vez más.

Pero es más que probable que seamos capaces de encontrar instantes cuando no momentos menos drásticos, más sutiles si se prefiere, a partir de los cuales emancipar si es que tal cosa es posible a los españoles no tanto de España, sino a lo sumo de esa suerte de percepciones que desde la controversia han mitificado en unos casos, devastado en otros, pero siempre han conducido a error, sobre lo que es o significa pertenecer a España.

Encontramos precisamente en el fino espacio que con la sutileza se identifica, el instante perfecto para erigir a sus gobernantes o siquiera a los que una vez fueron u obraron como tales, la causa justa para decidir si tal y como algunos defendemos, una vez más la Historia, actuando como algo más que una mera acción de crónica, puede servirnos de guía o faro a la hora de arrojar un poco de luz no tanto sobre lo que actualmente siembra de brumas nuestro presente, más bien sobre las dificultades a las que nuestra peculiar condición de españoles nos abocan a la hora precisamente de llevar a cabo las interpretaciones que en principio parecen destinadas a alumbrarnos en las que sobradas muestras han dado de ser tenebrosas aguas.

Acudimos entonces a un hecho que, casi de soslayo, bien podría aventurarnos una suerte de distinción a partir de la cual, como si de una Piedra de Rosetta se tratara, terminara por alumbrarnos poniendo fin al tenebrismo que hasta ahora nos redunda la que supone nuestra visión del tiempo.

Así, de forma casi anecdótica, la particular visión que por ejemplo de París tenemos si bien como todo ha evolucionado, no es menos cierto que lo ha hecho partiendo de una posición como en tantas ocasiones errónea o en el peor de los casos, manipulada.

Que, efectivamente somos diferentes supone a todas luces, enunciar un hecho que supera con mucho el ejercicio de lo que podría suponer un mero enunciado. Sin embargo, la Historia se muestra una vez más empecinada al poner de manifiesto a través del enunciado de momentos que por su intensidad o constancia superan con mucho la tentación de resumirlo al grado de anecdótico; a la hora de conciliar nuestra conducta con la que, supuestamente, habría de ser propia.

Recuperemos pues el argumento de lo concerniente a las obligaciones que como legítimos representantes recae sobre nuestros gobernantes, y ubiquémoslo dentro del protocolo de relaciones que usando como parangón su forma de conducirse para con París, pueden y deben servirnos de ejemplo.

Así, salvedad hecha del comportamiento mostrado allá por 1584 por el que hasta el momento era Enrique de Navarra, y que acabaría convertido en Enrique IV de Francia precisamente tras pronunciar la famosa “París bien vale una Misa”; lo cierto es que la relación que desde ese momento une a nuestros gobernantes con la capital francesa es, del todo, peculiar, y generalmente de infausto recuerdo.

El drama, ya sea personal, o en cualquier caso político, (cuando no en una ingrata coordinación entre ambos), parece presidir todas y cada una de las directrices otrora aparentemente designadas a presidir el extraño vínculo que une a París como recaudador de las miserias de España, traducidas éstas en las miserias de sus gobernantes.

Cifrado el esperpento en el fin del reinado de Amadeo I de Saboya, quien de forma bastante literal y poco correcta para servir de expresión a un monarca justo antes de subir al tren que habría de conducirle a París, puso de manifiesto lo que opinaba e incluso a dónde podía irse a partir de su marcha el Pueblo Español; siguiendo por la paradoja que supone reconocer en parecida situación al que parecía estar destinado a ser Primer Presidente de la Iª República Española; el cual no llegó a tomar posesión del cargo por ver seriamente en peligro su propia vida; no habrá de concluir hasta el fin del reinado de Alfonso III el periplo por el que nuestros gobernantes, o más concretamente su forma de gobernar, les lleva una y otra vez a coger el tren para París.

Con todo y con eso, ubicado en la demostrada falacia en la que parece haberse instalado el denodado esfuerzo de aportar a España y a los españoles un mínimo de esperanza; lo cierto es que dedicando unos instantes a los que como sufridores, en este caso como súbditos, están llamados a soportar una y otra vez lo inmisericorde de la acción de sus gobernantes; lo cierto es que hasta el momento señalado me atrevo a ubicar en la ignorancia, o en su particular traducción, a saber la paciencia, el reducto en el que se instala la capacidad de aguante del Pueblo Español.

Pero hoy las cosas han cambiado, y a las pruebas me remito cuando digo que no precisamente para bien.

Abandonado el recurso de la ignorancia como justificación llamada a expedir un certificado indefinido que solvente la cuestión de cuánto tiempo están llamados a gobernar la caterva de incautos que han plagado la Historia de España; otro recurso más doloroso, a saber el de la resignación, gana impulso con fuerza a la hora de hacer comprensible en este caso el que parece estar llamado a ser nuestro presente.

Resignación y renuncia están llamados en la actualidad a erigirse primero y consolidarse después como los arquetipos a partir de los cuales interpretar, pues entenderlo es un ejercicio de imposibles, el presente actual de España.

Solo la resignación ampara la aceptación del vacío en el que nuestra acción política se mueve, y solo la renuncia permite entender la aparente tranquilidad con la que aceptamos el proceso por el nuestro país, y por supuesto nosotros con él, somos llevados al degolladero.

Somos prisioneros de la renuncia. Como un veneno silencioso, la renuncia se ha instalado en nuestros corazones despojándonos con ello de la necesidad de luchar; y poco a poco ha ido ascendiendo hasta nuestro cerebro, despojándonos entonces de nuestra capacidad para hacerlo.

Como aquel monarca que lo daba todo, incluso su Reino, a cambio de un caballo; como el soldado que tras lograr la hazaña de atravesar en solitario el desierto daría todo, incluyendo su vida, a cambio de un vaso de agua; así nosotros hemos hecho entrega de lo que teníamos, nuestro presente, a cambio de ¿tranquilidad?

Hemos vendido nuestro presente pero, ¿estamos verdaderamente dispuestos a hacer lo mismo con nuestro futuro?

Día y noche bombardean nuestros oídos con la conocida consigna: “Necesitamos pronto un Gobierno” nos dicen unos. “Vale más un mal Gobierno que no tener Gobierno”, claman otros.

¿Estamos del todo seguros? De ser así, si tan siquiera aceptamos como válidas tales premisas, todo por lo que creíamos estar luchando desde los confines de nuestro recuerdo se desmoronará dejándonos solos con nuestra resignación. Porque llegado ese momento nada más quedará. Polvo de recuerdo, y vidrios rotos de sueños perdidos, será todo cuanto baste para refrendar nuestra Historia.

Y si tal hecho llega a producirse, ni carroña para los buitres quedará tras haberse librado esta batalla. Porque solo la resignación, último estado evolutivo al que tiende la renuncia, será lo que guarde nuestro recuerdo.

Recapacitemos un momento y, si tras el mismo estamos de acuerdo con las premisas marcadas, la marcha a París del Sr. Rajoy no será ni con mucho, suficiente.

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Natural de La Adrada, Villa abulense cuya mera cita debería ser suficiente para despertar en el lector la certeza de un inapelable respeto histórico; los casi cuarenta años que en principio enmarcan las vivencias de Jonás VEGAS transcurren inexorablemente vinculados al que en definitiva es su pueblo. Prueba de ello es el escaso tiempo que ha pasado fuera del mismo. Así, el periodo definido en el intervalo que enmarca su proceso formativo todo él bajo los auspicios de la que ha sido su segundo hogar, la Universidad de Salamanca; vienen tan solo a suponer una breve pausa en tanto que el retorno a aquello que en definitiva le es conocido parece obligado una vez finalizada, si es que tal cosa es posible, la pausa formativa que objetivamente conduce sus pasos a través de la Pedagogía, especialmente en materias como la Filosofía y la Historia. Retornado en cuanto le es posible, la presencia de aquello que le es propio se muestra de manera indiscutible. En consecuencia, decide dar el salto desde la Política Orgánica. Se presenta a las elecciones municipales, obteniendo la satisfacción de saberse digno de la confianza de sus vecinos, los cuales expresan esta confianza promoviéndole para que forme parte del Gobierno de su Villa de La Adrada. En la actualidad, compagina su profesión en el marco de la empresa privada, con sus aportaciones en el terreno de la investigación y la documentación, los cuales le proporcionan grandes satisfacciones, como prueba la gran acogida que en general tienen las aportaciones que como analista y articulista son periódicamente recogidas por publicaciones de la más diversa índole. Hoy por hoy, compagina varias actividades, destacando entre ellas su clara apuesta en el campo del análisis político, dentro del cual podemos definir como muestra más interesante la participación que en Radio Gredos Sur lleva a cabo. Así, como director del programa “Ecos de la Caverna”, ha protagonizado algunos momentos dignos de mención al conversar con personas de la talla de Dª Pilar MANJÓN. Conversaciones como ésta, y otras sin duda de parecido nivel o prestigio, justifican la marcada longevidad del programa, que va ya por su noveno año de emisión continuada. Además, dentro de ese mismo medio, dirige y presenta CONTRAPUNTO, espacio de referencia para todo melómano que esté especialmente interesado no solo en la música, sino en todos los componentes que conforman la Musicología. La labor pedagógica, y la conformación de diversos blogs especializados, consolidan finalmente la actividad de nuestro protagonista.

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