La despersonalización no es tanto algo que lamentar sino algo que confrontar y que asumir. Lo que aparece en la novela inconclusa de Kafka, Amerika, es una especie de sucesión de situaciones arbitrarias, es decir de injusticias, mientras que un ideal de justicia, es decir, de nueva arbitrariedad, pasa justamente por tratar a las personas como cualquiera, prescindiendo de sus rasgos individuales singulares. Por tanto, la despersonalización es un requisito para la justicia.

La despersonalización tiene el elemento de perder arraigo, pero también tiene el elemento que permite la democracia, la justicia, la que todos los hombres sean iguales, independientemente de su origen o de su riqueza o de su situación social.

En la misma América, el contrapunto lo ofrece la película “Adiós pequeña adiós”, ambientada en uno de los barrios más deprimidos de Boston (Dorchester). Es un barrio obrero en el que las sucias calles están pobladas de familias destrozadas y sueños rotos. Al comienzo de la película, por encima de las imágenes, se oye la voz del narrador: “Siempre he creído que todo aquello que no eliges es lo que te define: tu ciudad, tu barrio, tu familia… Son cosas de las que la gente de aquí se enorgullece, para ellos son un logro. Almas envueltas en cuerpos, cuerpos envueltos en ciudades”.

La identidad no es un a priori, no es un estado, es una obra abierta, un proceso trabajosamente constituido por el conjunto de las peripecias de una existencia humana en el que vamos perfilando (con las construcciones y derrumbes pertinentes) nuestra presencia en el mundo.

Buscamos con ahínco el sentido porque somos conscientes de que o vivimos en pleno sinsentido (caos) o estamos gravemente amenazados de caer en él. En esta búsqueda tendría que participar toda nuestra humanidad porque el sentido no es un dato lógicamente constituido y perfectamente señalizado, sino que es algo que vamos descubriendo, a menudo penosamente.

No existe ninguna oposición entre lo particular y lo universal, entre el amor a la propia frontera y a la humanidad que no respeta ninguna frontera. Dante decía que después de haber bebido toda su vida el agua del Arno –el río que atraviesa Florencia, su ciudad natal, su patria– había aprendido a amar profundamente a Florencia. Pero, añadía, nuestra verdadera patria es un agua más vasta; nuestra patria, decía, es el mundo, igual que el mar es la patria de los peces.

Antes que nada, uno debe ser diligente, culto y honrado, y sólo después puede empezar a pensar en ser un patriota, como definición máxima de identidad.

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