Uno de los efectos más graves de la gran recesión ha sido el incremento del desempleo juvenil, un estudio de la Caixa sobre la Situación de los jóvenes en España pone de manifiesto que nuestro país ha sido el que ha sufrido un mayor número de jóvenes desempleados hasta llegar al 50%, cifras impensables en la mayor parte de los países occidentales.

La destrucción de empleo fue considerable en toda Europa, pero en España ha sido especialmente intensa y ha afec­tado en mayor medida a los jóvenes: la tasa de paro juvenil ha llegado a superar el 50%. También hemos asistido a la extensión del término, en nuestra opinión indeseado, “ni-ni” (neet, en inglés: not in education, em­ployment or training) para categorizar a los jóvenes que no estudian ni trabajan. En general, se ha tendido a etiquetar a los jóvenes, asumiendo que muchos de ellos, ante las dificultades para encontrar un trabajo, “no hacían nada”. Quizá, bajo estas etiquetas, hay una tendencia a reducir el problema a una cuestión de edad a pesar de que la realidad es mucho más compleja. Porque a pesar de la amplia evidencia sobre la impor­tancia de la educación para el acceso al empleo, se sigue hablando del desempleo juvenil como si fuera un concepto homogéneo, sin tener en cuenta que los problemas de inserción laboral de los jóvenes son muy diferentes. En particular, los jóvenes con bajo nivel de cualificación tie­nen un problema tanto de desempleo como de inactividad.

El análisis del desempleo nos ofrece un panorama parcial de la situación laboral juvenil porque, además de empleo y desempleo, hay una tercera situación: la inactividad, que en el caso de los jóvenes es muy relevante, puesto que están en una etapa vital en la que los estudios suelen ocupar un gran porcentaje del tiempo. Es necesario, pues, el análisis del des­empleo y la inactividad y la composición de los grupos de personas que se encuentran en estas situaciones. Dicho análisis es clave para diseñar políticas con las que poder resolver ambos problemas (Elder, 2015). Por ello, el objetivo de La Caixa con este estudio es analizar tanto el empleo como la inactivi­dad de los jóvenes, mostrando la diversidad de situaciones en las que se pueden encontrar. Para ello, se realiza una explotación de los micro­datos de la Encuesta de Población Activa (EPA).

 

Empleo

Con anterioridad al inicio de la crisis, las personas menores de 30 años en España presentaban tasas de empleo superiores al 50% (55,7% en 2007), mayores que la media de la Unión Europea (50,7%) y muy si­milares a las de países como Alemania o Suecia. En cambio, en 2015, la tasa de empleo de las personas menores de 30 años es del 33,7%, más de veinte puntos inferior a la registrada ocho años antes y casi quince puntos inferior a la media comunitaria (47,2%). Como se observa en el gráfico 1, España es el país de la Unión Europea en el que se ha pro­ducido una mayor reducción del empleo juvenil, solo comparable a la experimentada en Italia, Grecia, Irlanda y Chipre.

Pero no todos los jóvenes se han visto igualmente afectados por la pér­dida de empleo, ya que el efecto de la destrucción de empleo es muy diferente según el nivel de estudios de la persona. Como señala Requena (2016), la educación protege del desempleo en todas las fases del ciclo económico y en todas las edades. Así, el paro afecta en mayor medida a los individuos con un menor nivel de cualificación en general, y durante las recesiones en particular.

El papel de defensa de la educación se puede observar de dos maneras. En primer lugar, las tasas de empleo para cualquier tramo de edad son mayores en las personas con niveles educativos superiores. Tanto en los momentos de expansión como en los de crisis, las personas con niveles de cualificación bajos no alcanzan una tasa de empleo del 60%, mientras que quienes tienen estudios superiores llegan al 90%.

La brecha es mayor para los niveles educativos más bajos y para los grupos de edad más jó­venes. Efectivamente, la crisis ha afectado más a la juventud pero, sobre todo, a los grupos menos cualificados. Así, para quienes tienen estudios primarios o menos, la tasa de empleo de los menores de 30 años se ha reducido entre 25 y 30 puntos. La disminución es de unos 20 puntos para quienes tienen estudios secundarios (obligatorios, con orientación general o profesional). En cambio, el impacto es mucho menor entre quienes tienen estudios superiores, aunque la tasa de empleo ha caído sustancialmente.

En definitiva, la gran crisis ha afectado a los jóvenes en un momento clave de su trayectoria laboral: la transición de la educación al empleo, lo que puede tener extensas repercusiones, en el sentido de no alcanzar las tasas de empleo de generaciones precedentes. El proceso de inserción laboral es difícil y se ha demostrado que acceder al mercado de trabajo en un entorno de crisis tiene consecuencias a largo plazo .

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