La acción de imaginar suele estar estrechamente vinculada con la memoria. Su esencia reside en recuperar sensaciones vividas o experimentadas previamente. Así puedo imaginar en este mismo instante el olor de las sábanas limpias de cuando entré en la cama anoche, el tacto del pelo canela de mi perro cuando panza arriba pedía que le rascase o el sonido del timbre del colegio que anunciaba el tiempo de descanso. De la misma manera, puede recrearse en un lienzo el paisaje que en un determinado momento se tiene delante o imitar el ejemplo sonoro que de una frase musical ofrece el profesor de canto en una clase. En definitiva puede parecer que todos estos ejemplos tienen a priori un denominador común, la cuestión de que, con ellos, la actividad mental no genera nada nuevo, solo reproduce vivencias pasadas o copia sensaciones que se están dando en el presente. 

Es fácil comprender la necesidad para las personas de que perdure en su memoria la experiencia anterior, por ejemplo para adquirir hábitos que les permiten desenvolverse en el día a día o para facilitar el recuerdo de peligros que evitados posibilitan su supervivencia. Pero si nuestra actividad cerebral se limitase a recordar y repetir sería absolutamente imposible la adaptación al entorno. ¿Cómo enfrentarse mediante los mismos mecanismos al factor sorpresa? Cualquier cambio inesperado no podría despertar la debida reacción o respuesta sin otra capacidad superior fundamentada en la creación, aquella capaz de combinar y elaborar nuevas acciones, de reordenar elementos de experiencias pasadas para construir otros nuevos y adaptados a la necesidad presente, la que hace al hombre competente para enfrentarse al futuro: la creatividad. 

Reflexionaron profundamente sobre este proceso de reordenación de elementos en el hecho compositivo algunos destacados nombres del panorama musical desde la segunda mitad del siglo XX, aunque podemos encontrar ejemplos de música basada en ello siglos antes, como la Missa Cuiusvis Toni que Johannes Ockeghem escribió a finales del siglo XV y en la que deja abierta la posibilidad de que la partitura se interprete en distintos modos eclesiásticos modificándose la melodía en función del modo elegido o la obra Der allezeit fertige Polonoisen und Menuettencomponist del compositor Johann Kirnberger donde la suma del lanzamiento de unos dados decide la dirección que estructuralmente toma la obra musical según una tabla numérica que incluye la partitura. Otros de estos muchos posteriores ejemplos se atrevieron a no escribir alturas precisas en el pentagrama, a no especificar los instrumentos que incorporaba la pieza o a seleccionar el orden de aparición de las notas en la música según algún azaroso método, proporcionando diferentes técnicas compositivas aleatorias que dejaban al momento de hacer la música, a la suerte y al propio intérprete su desarrollo.

Si bien es cierto que la composición es de por sí creativa en el sentido de que el autor maneja elementos conocidos a partir de los que genera nuevas ideas, muchos de estos ejemplos anteriormente citados, quizá no tan sorprendentes en el presente pero sí realmente rompedores en su momento histórico, mostraron exploraciones estéticas diferentes que ayudaron a acercarse a la escritura, la interpretación y la escucha musical desde otros puntos de vista proporcionando, en definitiva, distintas maneras de ordenar los ya conocidos parámetros que intervienen en el proceso musical y elaborando creativas formas de entenderlos.

Rodea comúnmente al concepto de creatividad un halo mágico que le hace flaco favor, el prejuicio de que es una habilidad difícil de conseguir y al alcance de pocos, pero lo cierto es que se encuentra en las personas desde su más tierna infancia, ejemplo de ello son las conductas relacionadas con el juego (véase al niño cuando convierte el palo de la escoba en un caballo sobre el que poder cabalgar) y que, además, puede y debe entrenarse para un adecuado desarrollo y madurez futura. Claro es que toda elucubración se produce siempre tomando elementos extraídos de la realidad ya vivida, pues la lógica muestra que no puede imaginarse algo de la nada y que, por tanto, toda creación no es más que la nueva combinación de elementos tomados de la experiencia pasada. Citando a Vigotsky, “la actividad creadora de la imaginación se encuentra en relación directa con la riqueza y la variedad de la experiencia acumulada por el hombre, porque esta experiencia es el material con el que erige sus edificios la fantasía”, de modo que, aludiendo contundentemente a la educación en su más grande extensión de la palabra, podríamos concluir que, cuanto más escuche, más vea, más aprenda y sienta, más experimente y asimile, más creativa hará su mente y su vida.

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Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

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