Cada vez estoy más convencido de que el futuro se puede encontrar detrás de las mujeres y los hombres que trabajan para que sea posible. Así de claro. Y cada día, cada momento, estoy también más convencido de que es la mujer quien preserva mayor fuerza y ética en este tránsito por la vida como prólogo o ventaja que nos da la muerte, tránsito que se nos hace pedregoso en muchos de sus espacios.

La violencia que nos rodea parece inmunizarnos ante el dolor, las injusticias, las desigualdades. Por ello, ahora más que nunca en un día especial como es este 25 de Noviembre, que por su motivo no debería existir, en que se celebra el día internacional de la eliminación de la violencia sobre la mujer, se hace más necesario que nunca elevar la voz para clamar por la defensa del destino de las mujeres, ya que ellas son soberanas de decidir su propio futuro en igualdad y en libertad con dignidad.

Pese a vivir en sociedades desarrolladas en pleno tercer milenio, con una enorme batería de comodidades y medios a nuestra disposición que nos deberían hacer disfrutar de la vida –de la tregua que nos da la muerte– en plenitud, el machismo, real y asumido por el hombre en sus conductas y comportamientos, se niega a ofrecer privilegios, “desde la noche de los tiempos, ni siquiera en el amor”. Pero no quieren saber estos que elevan el puño del machismo que amar no es poseer ni invadir ni conquistar, espacios de igualdad, respeto y libertad con dignidad, esas palabras que tan alegremente se emplean como sinónimos, intercambiables sin reparar en el enorme daño que hacen a la lucha contra la intolerancia y la violencia machista que degenera en un puro terrorismo.

Amar es otra cosa, es igualdad y respeto y verdad, lealtad, conciencia, perdón, comprensión y tolerancia. Y, por supuesto, aceptación de igualdad incluso con “un paso más”.

Nos estamos acostumbrando al sufrimiento renunciando a la felicidad posible y eso no es bueno, no porque las personas no lleven implícito en su condición el “dolor” como una extensión natural de sí misma, al igual que la “felicidad posible”, como el amor, sino porque en la agonía de las carencias de todo tipo, fundamentalmente en la de la comprensión de la igualdad, estamos cediendo dignidad y conciencia hasta límites difícilmente humanos y soportables.

La sociedad tiene que gritar unánimemente ¡BASTA! ¡NO MAS MUJERES ASESINADAS, VIOLADAS Y MALTRATADAS! No podemos seguir tolerando tanta ignorancia. Ni tampoco la falta de voluntad política y justicia de enfrentarse a este drama.

Los hombres, a la hora de enjuiciar a las mujeres, no pensamos nunca en lo difícil que puede resultar ser mujer ante el patriarcado machista evidente. Cada vez estoy más convencido de que, en la lucha por la dignidad de la mujer, los hombres estamos obligados a desempeñar un papel esencial por la educación en valores de igualdad, contra la discriminación por cuestión de sexo, así como en la erradicación de la violencia de género.

Voltaire señaló que “el primero que comparó una mujer con una flor fue un poeta, pero el segundo fue un imbécil”. Ha llegado el momento de la verdad, es el momento preciso para decidir y actuar en cualquier circunstancia de la vida ante las pautas de comportamiento que hayamos heredado de una tradición patriarcal, ante la conducta que asumimos en un mundo hecho a medida del macho, que sitúa al hombre en el centro de los privilegios.

El lugar que hoy reclama la mujer en general no es el de la belleza o el del exorno, sino el del respeto y la igualdad. En definitiva, debemos exigir a la sociedad en general una coeducación en valores democráticos de igualdad. Así lo creo. Por este motivo, quiero hoy, en un día tan especial, solidarizarme y ofrecer mi compromiso personal y profesional en favor de todas las mujeres que sufren marginación, desigualdad y violencia, con todas las mujeres en general, y en especial con los que encarnan con dignidad y lucha todos los valores que como mujer las engrandecen en la sociedad en igualdad o cualquier otro principio que las dignifique con derechos frente a una sociedad machista que en demasiadas ocasiones recibe el amparo vergonzoso del cómplice silencio de leyes, justicia, políticos y medios de comunicación.

Estos poderes son, en ocasiones, símbolos de dictaduras privadas que desde sus comportamientos ensombrecen con sus decisiones la razón sin miedo de otros hombres que no solo aceptan la igualdad sino que luchan y trabajan a favor de ella desde su conciencia social humana y libre.

 

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