Cuando hablamos de desahucios la mente se nos puede ir a los años más duros de la crisis donde las entidades financieras no tuvieron ningún tipo de escrúpulo a la hora de expulsar de su último refugio a las víctimas de la recesión y de las políticas austericidas que, como se ha podido comprobar, sólo han beneficiado a las élites.

Sin embargo, la realidad es que en España se continúa expulsando a la gente de sus casas, siendo las mujeres las más perjudicadas por esta acción deplorable. Nos encontramos ante un nuevo modelo de violencia de género.

La mujer es quien cobra los salarios más bajos, la que se ocupa de los empleos de más baja cualificación —independientemente de la formación académica que ostente—, la que tiene que renunciar a contratos más estables a causa de la falta de políticas de conciliación justa. Por estas razones, las mujeres viven siempre en riesgo de no poder hacer frente a las mensualidades de la hipoteca o del alquiler, en muchos casos firmado con fondos buitre que se beneficiaron, precisamente, de la desgracia ajena para hacerse con la propiedad de las viviendas a precio de coste.

El desahucio, en sí mismo, es un modo de maltrato a la mujer, con el agravante de que tiene como base elementos de tipología económica y material que podrían calificarse como espurios.

Del mismo modo, las dificultades salariales que sufren las mujeres son la causa principal de que se las siga expulsando de sus hogares. Todo esto, además, es una consecuencia de la corrupción de los comportamientos de la élite financiera en España. Lo vemos en la impunidad de la que disfrutan las dictaduras del capital a la hora de ser juzgadas por las cláusulas abusivas que, al fin y al cabo, es un modo de corrupción económica y social. Los ejemplos de las cláusulas suelo, las preferentes, el IRPH se terminan convirtiendo en una herramienta de maltrato a la mujer, porque el desarrollo social y económico se ha sustentado en la incorporación de aquélla al mundo del trabajo. Al introducirse un nuevo salario en el hogar, las condiciones de vida de la unidad familiar mejoraron y permitieron la inversión en cosas que antes eran impensable que una familia pudiera adquirirla en propiedad. Cuando llega una crisis, la primera que sufre las consecuencias es la mujer por la mayor dificultad a la hora de acceder a un puesto de trabajo, por la cronificación del desempleo, por la reincorporación al mercado laboral en condiciones más precarias que los hombres.

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