Guillermo Fernández Martínez ha escrito un libro sobre su padre. Como se decía en la presentación que tuvo lugar en el Ateneo de Cáceres, no puede ser objetivo. Es su hijo. Eso no significa que no tenga el mérito de descubrir y contar muchos aspectos, algunos muy conocidos, desde el punto de vista que da el sentimiento humano de la vida.

Pero también, como nos gusta a los historiadores y a los periodistas ( Guillermo lo está siendo) hace un uso adecuado de las fuentes directas. Por eso he disfrutado leyendo su opera prima. Por eso he podido trascender más allá de acuerdos e incomprensiones sobre una realidad tan cercana como apasionante.

Y es que lo personal frente a lo político, llevado a través de la visión de terceras personas, le ha hecho crecer como escritor, a la vez que le permite madurar, con una soltura en las expresiones muy poco propia de un escritor en ciernes que desde tan joven tiene el atrevimiento, el desafío, de publicar un libro de no ficción.

A diferencia de lo que puedan haber escuchado los lectores, no es una biografía. Se trata del relato de un periodo, corto de tiempo, en el que se pueden observar sensaciones acompasadas con el momento, por medio de diferentes estilos de escritura. ¡ Y es que pasan tantas cosas en poco más de 4 años!

Nos trasladamos de la abstracción a la alegría. Del trabajo continuado a la responsabilidad del protagonista. De pasar, casi desapercibido, a ser, de nuevo, el centro del foco mediático.

Se trata de emocionar. No sólo es, como dice Rubalcaba, un compendio de recuerdos sino que nos encontramos con un manual de comunicación, donde se encuentra presente el análisis político producto de un mantenido trabajo de investigación, con páginas espléndidas y sorprendentes, como las dedicadas a la moción de censura.

En el centro, la sonrisa de 2007. Se cumple el desafío del cambio.

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