El fútbol no es como el amor, que no tiene sexo. En cualquier estadio cada espectador va a favor de un equipo, jamás con el otro. El amor sí es como el fútbol. Pasión, sentimiento. Para todas las aficiones en igual medida. No hay distinciones, ni por el dinero ni por nada. Son los colores los que mandan y el sentimiento, la pasión, vale y dignifica -si no se sobrepasan las líneas del respeto-  en todos los campos, a todos los equipos.

Es lo que debía  servir para este Atlético-Real Madrid. Ni más ni menos que una final de Champions en juego. Con el aliciente de que los locales debían remontar un resultado si no imposible, sí muy complicado. Pero cuando se llega a una eliminatoria como ésta, nadie ni por nada  puede decir que haya más diferencia que lo que se ve sobre el campo. Once contra once futbolistas y a esperar que la actuación del árbitro no pudiera justificar las penas de ninguno.

Saltaron al césped  solo  cinco canteranos. Ninguno en el Real Madrid pero de ese quinteto,  Filipe y Saúl, en mayor o menor medida,  dieron sus primeras patadas en la antigua Ciudad Deportiva blanca.  En el derbi europeo de inicio solo cinco canteranos;  dos blancos pero que juegan de rojiblanco.

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