Cada vez hay menos posibilidades de dudar que estamos en pleno proceso revolucionario, que estamos viviendo una revolución tecnológica, digital e informática que tiene y tendrá una importancia similar a la Revolución Industrial, y con unas consecuencias en el proceso de transformaciones sociales y económicas todavía incluso más pronunciadas que la misma.

Internet 3G, 4G y pronto 5G, los smartphones, la revolución tecnológica y de las comunicaciones que hace que grandes marcas de automóviles como Mercedes, BMW o Volvo se planteen que la conducción automatizada puerta a puerta será totalmente posible en el 2030 y que está haciendo que los seguros de coche estén trabajando ya en ello; Uber, las agencias de viajes, de seguros online, la banca online, etc, etc, están dibujando un proceso imparable y destinado a dejar huellas tan o más profundas que las que dejaron las revoluciones agrícola e industrial de hace apenas dos siglos. Y es que, y conviene insistir en ello, esta revolución tecnológica y de las comunicaciones afecta sobre todo al sector terciario, al llamado sector servicios. En este sentido debemos recordar que si la revolución agraria, con el aumento de la productividad y de los rendimientos en el campo, provocó el trasvase de la mano de obra sobrante al sector industrial y servicios, y la revolución industrial, las distintas, con la maquinización al principio y la robotización al final, hizo que el aumento de la productividad y la consiguiente menor necesidad de mano de obra, tuviese como consecuencia la transfusión de empleos al sector terciario, lo que está delante de nuestras narices es que la revolución ha llegado al sector servicios, y que no hay otro sector donde trasvasar la mano de obra sobrante. Para entendernos: el desempleo estructural aumentará de forma brutal, y por mucho que digan no surgirán nuevos puestos de trabajo (los llamados creativos que dice Richard Florida) que sustituyan salvo en una ínfima parte los que se pierden con la informatización y automatización de la Banca, de los Transportes, de los seguros, de los viajes, etc, etc, y quién sabe si de la restauración y de la hostelería, que todo llegará.

El mundo, y el empleo, tal y como lo conocemos está cambiando delante de nuestras narices. La respuesta de las élites y de la derecha es la que cabría esperar: traducir el miedo al desempleo y el creciente paro en un avance hacía un mundo sin derechos; ni laborales, ni sociales ni, si pueden, políticos. De eso van los free lances, los contratos por semanas o los falsos autónomos. ¿La respuesta de la izquierda? Pues lamentablemente, salvo algunos amagos, no se ve ninguna en el horizonte mientras permanece ensimismada en sus ismos. Y ello es lo verdaderamente grave. Sobre todo ante los retos que ya se plantean.

 

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