Venezuela se encamina a la realización de la mentada Asamblea Constituyente con la que el régimen de Nicolás Maduro pretende tomar aire y ganar tiempo de cara a unas elecciones que más temprano que tarde deberán realizarse en el país caribeño para renovar los cargos ejecutivos.

En el derrotero que lleva a la citada Asamblea, Maduro sorprendió días atrás con la aplicación del ‘casa por cárcel’ para Leopoldo López, que si bien no es el otorgamiento de su libertad, es un paso importante en pos de desactivar la presión internacional que se cierne sobre su gobierno, puesto que quita del medio uno de los principales argumentos de sus críticos.

Pero no es la solución a los problemas venezolanos ni mucho menos, puesto que las protestas callejeras siguen erosionando diariamente la legitimidad del régimen que se sigue sosteniendo, fundamentalmente, en el apoyo de las Fuerzas Armadas Bolivarianas, que de manera casi homogénea, garantizan el uso de la violencia en su favor.

La cuestión es que la violencia no es monopolio de las fuerzas estatales, y aunque en mucha menor medida, la oposición también apela a su uso para intentar imponer sus ideas, aunque la historia reciente demuestre que no es la vía para tal fin, puesto que Venezuela no se encuentra técnicamente en una guerra civil en la que dos bandos se enfrentan por la ocupación del gobierno y el ejercicio del poder, sino que en un virtual empate entre ambas posturas, se recurre a la violencia más como plasmación práctica de la imposibilidad de imponerse por otras vías que como proyecto alternativo de acumulación política.

Se debate entonces qué futuro le espera al país en dos planos, en primer lugar sobre cómo superar la crisis actual de empate entre gobierno y oposición que impide a uno imponerse por sobre la postura de su adversario, y en segundo lugar, como se desarrolla el país tras el triunfo de las dos opciones para recuperar el terreno perdido en los últimos años, que sitúa al país en una crisis humanitaria sin precedentes en la región.

Respecto a dejar atrás este equilibrio de fuerzas, entendemos que la única manera de hacerlo es convocando a elecciones libres y transparentes en donde el pueblo se pronuncie en favor del proyecto que quieren para su país. Esto implica dejar atrás proyectos corporativistas, rayanos con el fascismo, en el cual los diferentes estamentos de la sociedad en tanto tal, representan a los ciudadanos, y ahondar en la rica historia venezolana de apego a las normas democráticas. No es con consultas como la que recientemente organizó la oposición venezolana con que se construye ese futuro, pero tampoco es con Asambleas Constituyentes reñidas con la legalidad. ¿Es una teoría de los dos demonios a la venezolana lo que describimos? No. El gobierno encabezado por Maduro es quien tiene mayor responsabilidad en esta situación, pero es justo reconocer que frente a él no hay un agrupamiento democrático, que respeta el cuerpo normativo y no incurre en delitos ni provocaciones. Ambos extremos del escenario político venezolano, aunque con diferente responsabilidad, incentivan y profundizan la actual situación, porque aunque parezca paradójico, ambos sectores se necesitan mutuamente y se nutren recíprocamente.

En segundo lugar, y sin lugar a dudas con una complejidad mucho más aguda que la situación anterior, es la construcción política del futuro que requiere Venezuela, puesto que parece imposible encontrar una síntesis que logre aglutinar las propuestas enarboladas por el gobierno y la oposición. Pero también parece imposible que una vez realizadas las elecciones, paso ineludible a nuestro entender para superar el estadio actual, quien resulte triunfante cuente con la fuerza suficiente como para poder implementar sus propuestas.

Se abre entonces una oportunidad en la que es necesario trabajar sobre un consenso mínimo y básico, que aglutine a la mayoría de las fuerzas, en las que todos deberán ceder algo de sus propuestas, programas y proyectos, para encaminar nuevamente a Venezuela en la senda democrática. No con un programa de máxima sino con una base de mínimos que permita salir de donde se está. Sin imposición ni renunciamientos, pero poniendo por delante el interés nacional.

Sólo entonces se podrá viabilizar un futuro venturoso para el pueblo bolivariano. Caso contrario, se encaminará, casi ineludiblemente, a una lucha violenta y fratricida en la que triunfará quien tenga mejores armas y mayor puntería y salvo injerencia extranjera, con un claro ganador posible, el gobierno actual.

Esta realidad debe ser comprendida por todos los actores involucrados, sólo entonces, cuando se entienda el riesgo que se corre, se podrá avanzar de manera cierta y concreta en evitar ese tortuoso camino conocido para construir, en cambio, uno nuevo y desconocido, pero que requiere del trabajo conjunto de todos los actores políticos venezolanos.

 

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