Democracia débil, decadencia y desencanto

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Un famoso ladrón parisino antes de dar uno de sus sonados golpes solía sentarse en la terraza de un café situado en un concurrido bulevar para leer el diario “Le Figaro.” Cuando cayó en manos de la policía y se le preguntó por esta curiosa actitud, contestó: “Alguien que lee ‘Le Figaro’ está libre de toda sospecha.”

El régimen del 78 también estaba libre de toda sospecha. La derecha retardataria – en España no ha existido otra en doscientos años – había conseguido salir de la urdimbre franquista que ella misma había tejido para, sin tener que asumir el papel de Penélope y destejer influencias, intereses y poderes del caudillaje, crear la fantasmagoría de su homologación democrática con la simple y dolosa prestidigitación de tomar en sus manos el miedo de la gente incubado en el franquismo y mostrarlo.

Siempre sería mejor votar que no votar y no reparar mucho en que una reforma es simplemente un retoque de lo existente y lo existente era lo que era. En realidad, supuso escenificar lo que ya históricamente había fracasado como la Restauración canovista, que el mismo Cánovas definía como un presidio suelto. La política quedaba reducida a recoger los escombros de la continuidad histórica de un régimen de poder oligárquico y cerrado para administrarlo. La centralidad del ecosistema político devino tan excéntrico que la derecha radical pasó por moderada, la izquierda moderada por radical y se inventó la ficción de un centro político para que los progresistas se lanzaran a la conquista de una inexistente sociología y formasen una topera ante su natural sujeto histórico.

La crisis económica, o su aprovechamiento, determinó la confianzuda actitud de las élites económicas y financieras para dar el golpe definitivo que afianzara el privilegiado régimen de poder que gozan en un sistema donde la corrupción y la connivencia institucional lubrican  los negocios,  la innovación, modernización e inversión empresarial son reemplazadas por la depauperación de los asalariados junto a la degradación  y criminalización del mundo del trabajo con la parcialidad coactiva de un Estado vertebrado a las hechuras de las élites dominantes. El abandono de las mayorías, la grosera desigualdad, los desequilibrios sociales como elementos sustantivos del régimen político, la podredumbre de la vida pública, abolido el bien común por un pragmatismo servicial con el poder económico; han producido la implosión estructural de las costuras del régimen del 78.

Se niega la controversia restringiendo el campo de lo posible a través de la limitación de lo pensable. Un nuevo hiato histórico ya que como nos recuerda Eduardo Subirats, desde Ganivet hasta Castro o Zambrano el centro gravitatorio de la regeneración española ha sido una reforma de la inteligencia, aplazada por siglos de totalitarismo y escolástica. A partir de ahí, sólo existe el extrañamiento del debate y la responsabilidad política. Como nos recordaba Felice Mometti, el “no hay alternativa” impone un estado de sufrimiento y desesperación, de desesperanza e irracionalismo propicio para la demagogia, el odio a la alteridad y el recurso a “supremos salvadores”. Es esta falta de relato alternativo lo que produce que la sociedad esté perpleja ante su propia indefensión.

Ningún ámbito ni atmósfera del Estado se encuentra ahora libre de sospecha: la corrupción generalizada instalada en todos los intersticios de las instituciones, la quiebra del sistema autonómico y las consecuentes tensiones soberanistas, la intromisión política en los órganos judiciales, el descrédito de los partidos sistémicos, la quiebra social, el tratamiento del malestar y el desencanto ciudadano únicamente desde las perspectivas del orden público y la propaganda, el déficit democrático, trazan un escenario de fractura múltiple que lleva a preguntarse si es posible una regeneración endógena del sistema, si el régimen del 78 es capaz, como el barón de Münchhausen, de salir de la ciénaga tirándose de su propia coleta o por el contrario, como afirmó Ortega de la Restauración canovista, es necesario enterrar bien a los muertos. Este es el gran problema político, social e histórico que padece actualmente España. Lo demás son las consecuencias paralizantes y no la causa de un auténtico callejón sin salida.

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