Llegó un momento en la Restauración canovista bajo el reinado de Alfonso XIII que la tramoya del sistema fue incapaz de seguir imponiendo la adaptación como figurantes de los que representaban las contradicciones e impertinencias del régimen. Se decía que el dintel de la puerta de la Restauración estaba tan bajo que había que agacharse mucho para poder entrar. Pablo Iglesias Posse lo definió muy bien cuando dijo: “Nosotros estamos dispuestos a vencer -¿se entiende?-, no a defendernos.” Pero cómo hacerlo bajo un sistema que ante la vindicación obrera de la jornada de ocho horas, un desdeñoso Cánovas afirmaba que lo que pretendían los trabajadores era “el paraíso mahometano.” El Pacto del Pardo dejó la hegemonía oligárquica a los partidos llamados dinásticos mientras las fuerzas políticas periféricas al sistema sólo podían actuar dentro del mismo para justificarlo y no para cambiar su ortopédica sustancia. Como advirtió Ortega fue un panorama de fantasmas donde lo único real era el acto de imaginarlo.

Partidos y políticos estaban tan adaptados conscientemente al sistema de la Restauración que fuera de él sólo percibían la inanidad y el caos. Por eso eran imprescindibles para el régimen, porque las fuerzas políticas emergentes y las nuevas generaciones se consolidaron en el cuestionamiento de un sistema que daba la espalda a la sociedad. Más de un siglo después el escenario político español posee muchas de las encrucijadas e inercias de las que se dieron entonces.  El Pacto de la Transición, como un redivivo Pacto del Pardo, también determinó la adaptación sin condiciones a un régimen de poder que mantenía intactos los intereses y la influencia de las élites que habían prosperado en el largo y penoso período anterior a la Transición.

No hace falta acudir al olvidado materialismo histórico para constatar como el socialismo “dinástico/de gobierno” ha sido condicionado por las minorías organizadas y el ecosistema político hasta tal punto de que se fue separando paulatinamente del formato ideológico que lo constituía para sumergirse en un conservadurismo que no entrara en colisión con las exigencias fácticas del sistema. Para ello, se recurrió a dos ficciones: el centro político y el consenso, como coartadas para obviar el conflicto social y la sociología que lo padece y el pactismo desigual con la derecha. Toda la carga progresista se proyectó hacia territorios que no afectaban al poder económico como los identitarios y modos de vida. Ante desafíos dispersos, escribe Alain Minc refiriendo, entre otros, a la defensa del medio ambiente, minorías culturales, de orientación sexual, etc., los combatientes se dispersan también. Los apasionados de una causa no son automáticamente los de otra causa, pues no existe ya la ideología unificadora.

Ante ello, las mayorías sociales están cotidianamente impugnando una realidad imperativa donde resultan antitéticos los valores cívicos y el bienestar general con los intereses de unas minorías que tienen la misma metafísica que Shylock, el mercader shakesperiano, exigiendo la libra de carne de una pobreza sin libertades ni derechos al cuerpo social. Hermann Séller se lamenta del peligro que corre la democracia y el Estado de Derecho ante el positivismo jurídico y las élites dominantes que conducen a una sociedad segregada en dos naciones: una para ricos y otra para pobres.

El régimen de la Transición se fundamenta para sus subsistencia, ya que su magma conservador se considera como un espacio natural e irreversible, en creer que las ideologías resbalan sobre la sociedad, que la dejan intacta, que son expectoradas lo que conlleva que las fuerzas de progreso estén en trance de perder los contextos, de carecer de historia propia, de concebir a la izquierda como una inhibición.  Este escenario cerrado en que tiene que desenvolverse la izquierda dentro del régimen de la Transición produce que carezca de un discurso político claro, de ideas básicas en torno a cómo organizar la sociedad y enfrentarse a acontecimientos históricos muy adversos. Navegando a ciegas obsesionada por la urgencia, la izquierda parece desprovista de una hoja de ruta y carente de base teórica, a menos que llamemos “teorías” a esos catálogos de renuncias que son hoy los programas de la izquierda dinástica.

Este proceso de decadencia sistémica que ha llevado a la imposibilidad de formar gobierno y tener que repetir los comicios no supone tanto la desaparición del bipartidismo, como la inexorable necesidad del régimen del unipartidismo, es decir, la imposibilidad estructural de poder asumir auténticas políticas de izquierdas, ni tan siquiera las derivadas del moderado reformismo escolástico que hoy representan las fuerzas de progreso. Unipartidismo en el sentido de que sólo es posible la aplicación ejecutiva de políticas conservadoras sean cuales sean las siglas que las encarnen. De ahí la reelaboración conceptual de los espacios políticos que ya no se sustancian entre izquierda o derecha sino en constitucionalistas o no constitucionalistas en un intento de unificación ideológica.

Una izquierda coral en un escenario que le niega el protagonismo, pero que justifica el espectáculo, pierde credibilidad al mismo tiempo que el régimen que impuso su desnaturalización.

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