Este es un artículo difícil de escribir. Sería más sencillo contar la historia del hombre que fuma mientras recorre con su monociclo eléctrico las calles de Madrid. Y aún más dar un paseo palabrístico sobre la pretemporada de Fórmula 1 en Montmeló. Me resisto. Pero lo debo escribir. Lo quiero escribir. Lo debo y lo quiero decir:

Dejad morir a Michael Schumacher.

Lo pido sobre todo porque si yo fuera él lo preferiría así, lo pediría así: Dejadme ir.

Un hombre que decide ser piloto de Fórmula 1 no es un suicida, por supuesto, pero sí alguien dispuesto a morir. Alguien cuya propia muerte le acompaña durante veinticuatro horas al día y le besa cada noche antes de dormir. Esa es su grandeza. La grandeza de los grandes guerreros.

En occidente, hoy, vivimos enfermizamente obsesionados con negar la muerte. La muerte y la vejez: nuestros mejores, nuestros mayores, arrinconados en residencias y apartados del ritmo frenético que caracteriza a la época actual.

Cuando murió Jules Bianchi, y murió en el accidente, lo que ha sucedido después es puro artificio y falsedad: nunca más ha vuelto a pasear, soñar, odiar, desear, sonreír… cuando murió Jules Bianchi, repito, lo vi en directo y lo escribí inmediatamente en el blog que a la sazón mantenía en C16; se me echaron encima como lobos.

Los lobos comiéndose al tigre. Porque el tigre, Tigre Manjatan, yo, decía la verdad. Bianchi estaba clínicamente muerto. Era evidente. Era empatía. Mi empatía. Lo supe. Lo noté.

Nada reprocho a quien me gritó e insultó tras aquella entrada. Las personas nos volvemos locas en los momentos de tensión. Conducir un coche, incluso un simple turismo, es tensión, y hasta el más templado pierde los nervios cuando se siente ahogado en un accidente o la agresiva marea de la circulación.

Schumacher está muerto. Habría que dejarlo ir. Por él. Sólo por él. Ya sé que su mujer y sus hijos aún lo tienen ahí. Aún pueden verlo y tocarlo. Y son ellos los que tienen que decidir. Pero en mi opinión el mayor acto de amor sería respetar el valiente e indómito guerrero que fue, y dejarle ir; como él querría. Nadie puede dudar que se trataba de un hombre que cada día durante muchos muchísimos años estaba dispuesto a afrontar la ineludible realidad que es el morir.

Perdón si a alguien ofende este artículo. Preferiría que no hubiera comentarios al final del mismo aunque eso aumentase el número de entradas en el periódico. Y así se lo pido a Manolo, mi editor, que por esta vez no se permitan comentarios.

Yo también quiero dejar en paz de una vez a Michael Schumacher. Se lo merece. Se lo ganó infinitas veces. El derecho a que le dejasen morir.

Dejad a Michael Schumacher morir.

 

Tigre tigre.

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