La escenificación de la verdadera situación política de este país se pudo verificar la pasada semana en las Cortes con el rechazo a la reforma de la estiba. Los que detentan el poder en España, desde siempre, han estado habituados a jugar con las cartas marcadas. Así, desde autogolpes, sublevaciones, pucherazos y traiciones, el núcleo duro del poder siempre actuó con presteza, precisión y, como característica que le es propia a la democracia postfranquista, con un absoluto desdén a las formas y al respeto de las reglas de juego.

Sin embargo, no todo es posible, ni siquiera manipular oposiciones a cargos de ventaja social y económica para los hijos de las “familias”, ni unas prácticas de desmesurada ambición empresarial o financiera. Desde la Europa que está cambiando, y no precisamente en el sentido en el que sus fundadores la pensaron, se están manifestando líneas nítidas de separación de los modelos. En medio, mal que les pese, se han quedado los ambiguos de una resignificada socialdemocracia. Los resultados electorales los dejan en evidencia por doquier. De Holanda a Francia y, como todos sabemos, en la política patria.

El devenir de la dinámica interna del PSOE está demostrando que la estructura partidaria tiene poca vida, en términos políticos, si no cuenta con el aval de la confianza de sus militantes y simpatizantes. Las prácticas de clientelismo en estas condiciones sociales, políticas y económicas en las que nos han colocado los miembros de la denominada “trama”( término que, por cierto, vengo utilizando con anterioridad a ser destacado en la terminología de Podemos), ya no se pueden practicar con la ligereza de un bocata, un puesto de trabajo miserable o unas promesas de difícil cumplimiento.

El reinado de Pedro Sánchez acabó con el golpe de mano de la Gestora. Organismo que, desde todo punto de vista, se ha excedido en sus competencias reglamentarias. El grupo de abstencionistas, más fieles a sus intereses personales que a las convicciones del electorado que los votó, se manifiesta en cada evento que el equipo que rodea a Sánchez lleva a cabo. Al parecer, por mérito de la propia torpezaa de las huestes del susanismo, las dilaciones en decidir su acción política han producido una falsa acefalia que deja en evidencia las contradicciones entre su accionar y los valores identitarios de su posicionamiento ideológico. Sánchez lo ha percibido y, como reconoce que esa es la única vía para recuperar su protagonismo político, difunde a los cuatro vientos lo que la militancia esperaba escuchar.

Sus actos son en cada ocasión más multitudinarios. Además, es cada vez más obvio que para los medios del régimen, Patxi López representa una cuña de “diseño” a la que tratan de atribuirle posibilidades, pese a que todos sabemos que carece de reales condiciones. Para información de propios y extraños, el bueno de Patxi,  ha declarado abiertamente su apoyo al procedimiento marcado por la Gestora del partido para las primarias. Así ha afirmado: “Yo no voy a poner ninguna sombra de duda sobre el procedimiento, ni sobre los censos, que estoy seguro que son correctos, ni sobre las cuentas ni sobre el procedimiento de votación”. El censo es la llave del susanismo para mantener el control de Ferraz. La princesa calla, aunque su vocación es reinar en el socialismo.

Desde esa situación, el PSOE de la Gestora y de la Gran Coalición, ha pretendido ofrecer una tardía diferenciación, en relación a la derecha, con su voto negativo al decreto ley de la estiba. De la abstención de Rivera en este tema, solo se nos ocurre pensar que es más un llamado de atención al desdén de Rajoy, que un efectivo distanciamiento de su razón de ser en el panorama político de nivel nacional. Las noticias que llegan de la situación de sus finanzas no les facilitará mayores libertades, fuera de su función de apoyo al resto de la derecha. Sus mentores no les permitirán más tonteos.

En este punto, regresando a la situación del socialismo, podríamos apelar a un episodio histórico. En la Francia napoleónica se cuenta la conspiración de 1803 y 1804, cuando media Europa temía a Bonaparte. Un grupo de conspiradores, coordinados por Méhée de la Touche, trató de restaurar la monarquía en la persona de Luis XVIII, que se hallaba entonces e Varsovia. Según las crónicas, esta fue una operación montada para el Cónsul por Fouchet. De tal modo, se propusieron imputar al duque de Enghien, hijo del duque de Borbón y nieto del príncipe de Condé, la dirección de la maniobra. Entonces, Napoleón, dentro de su proyecto personal, y sin justificaciones fundadas, ya que no tenían un riesgo serio de consumar la restauración, mandó detenerlo. Sepamos que Méhée era un agente de Fouchet. Ese intento fue el pretexto perfecto para que Napoleón se coronase Emperador. Como vemos, hay mucha traición en estas cuestiones, como poco cerebro en alguno de sus actores.

Este exquisito modelo de perversidad política puede resumirse en el mensaje que el pequeño Cónsul remitió al Senado, porque Francia estaba bajo el gobierno del Triunvirato, y necesitaba apoyo político y social para llegar a lo máximo: “Vosotros habéis resuelto que la suprema magistratura (era ese su objetivo) sea hereditaria (nada más lejos del pensamiento de los franceses hasta entonces)… yo os conmino para que manifestéis sin ambages lo que en vuestras mentes bulle”. Creo que este sería un texto digno de los susanistas para ser dirigido a la militancia luego del golpe de la Gestora…

Pero, a diferencia de lo que hizo a Napoleón Emperador, podremos atribuirle a cualquiera de los fieles más cercanos al susanismo, el siguiente lamento que le atribuyen a uno de los conjurados, Cadoudal, antes de ser ajusticiado: “Hemos hecho más de lo que nos propusiéramos hacer, pretendíamos dar a Francia un rey y le hemos dado un emperador”. Me viene a la mente otro episodio: el 23F. Aunque, a diferencia del actual, éste cumplió su cometido.

En conclusión, tengo la sospecha de que el susanismo, con su impericia, en lugar de coronar a su lideresa, terminará colocando a Sánchez en lo más alto de la organización. Si no, al tiempo.

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