En su novela Historia del Ojo, el escritor George Bataille narró, entre otras muchas escenas pornográficas, la orgía sadomasoquista de una ninfómana con dos compañeros de juegos dentro de una iglesia barroca sevillana en la que obligan a un cura a beber su propia orina en el copón y a eyacular sobre la Sagrada Forma. En la vorágine sexual, llegan a matar al pobre cura y después le arrancan un ojo para que la mujer, presa de un furor uterino irreprimible, se lo introduzca en la vagina. Pues bien, que sepas, lector, que yo ahora mismo te estoy escribiendo tuertecito perdido… ¡Con eso te lo digo todo!

Te cuento:

La cosa empezó de la manera más tonta. Una vez agotados todos los programas de televisión en los que nuestros líderes políticos mostraron durante la pasada campaña electoral su lado más “humano”, ora descoyuntando sus cuerpos amorfos en bailes absurdos, ora cantando tontas canciones con aires rancios de modernidad impostada, para esta nueva campaña los asesores de todos los partidos se han puesto a trabajar para buscar nuevos territorios en los que desarrollar convenientemente sus estrategias de acercamiento demagogo al bienamado ciudadano. Y como todos los estudios sociológicos que han hecho les han revelado que cinco de cada tres españoles consumen pornografía, han llegado a la conclusión de que para hacerse simpáticos y captar votantes los líderes políticos deben aparentar no sólo ser adictos a la cosa esa del sexo guarrindongo sino que, además, deben convertirse ellos mismos en estrellas del porno. Ha comenzado así una carrera sexual desaforada en la que muchos han caído en “acto de servicio”, ya que son pocos los cuerpos que pueden aguantar sin romperse la práctica continuada de ciertas contorsiones que tan noble y democrático empeño requiere. Al final, los que han sobrevivido a esta especie de “pornoselección natural” están yendo casa por casa proporcionando placer sexual a la vez que piden el voto. Y hete aquí, lector amigo, que como resulta que yo soy aficionado a la literatura francesa, cuando ayer llegaron a mi casa Pedro Sánchez, Susana Díaz, Pablo Iglesias, Mariano Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría, Albert Rivera y un independentista catalán al que según me dijo le importaba un bledo mi voto pero que venía porque él es un entusiasta de la penetración anal, y vieron que yo tenía un ejemplar de Historia del ojo, decidieron satisfacer lo que supusieron mis inclinaciones “afrancesadas” dejando para mejor ocasión su habitual espectáculo de obscenidad política con el que suelen hacer las delicias de los posibles votantes. Así pues, se dieron a imitar a los protagonistas de la novela de Bataille con tanta fruición, que en un momento dado, como en una reinterpretación sicalíptica de Fuenteovejuna, todos a una gritaron: «¡¡¡El ojo, hay que sacarle el ojoooo…!!!», y antes de que quisiera darme cuenta ya andaba mi ojo de mano en mano en una sanguinolenta rifa para ver a quién le tocaba en suerte hacerlo desaparecer en algún orificio exento de su cuerpo, pues en su bendita ignorancia todos pensaban que eso me agradaría tanto que sin duda yo el 26 junio le daré mi voto al partido representado por tan dúctil escamoteador de ojos…

En fin, que para evitar que en su delirio electoral me mataran como al cura ese, salí corriendo y aquí me tienes ahora, hecho un cíclope y sin saber, que es lo peor, a quién demonios voy a votar en los próximos juegos florales…

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