De “Los creadores de la guerra” llega ahora: “Los artesanos de la paz”

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Un día, no hace mucho, me encontré con la imagen que tienen ahí arriba. Tuve que volver a ella tres veces para comprobar que era real, que no era un meme. Y luego volví tres veces más para comprobar de qué se trataba. Y en efecto, constaté que tristemente se trataba de algo real.

Lo que ahí ven es un cartel que reúne alrededor de un globo terráqueo y una paloma blanca, unas catorce caras del mundo político internacional a los que se han atrevido a llamar literalmente Los artesanos de la paz, así sin ninguna pena ni resquemor. Todo lo contrario, porque hay que echarle mucho coraje para hacer un «corta y pega » con todos ellos y otorgarles tan osado título. El origen del cartel proviene, lógicamente, del Centro Mundial de la Paz, que se encuentra en Verdún, y cuya existencia una servidora desconocía. Se trata de una exposición en honor (¡atención!) a los regalos que han salido de las visitas diplomáticas de la France con el resto de países del mundo, destacando principalmente las relaciones franco-alemanas y las historias que hay detrás de cada regalo. En un vídeo explicativo de 17 minutos sueltan proposiciones del tipo «la diplomacia es un intento de hacer avanzar las cosas », « el respeto es un factor importante en los actos diplomáticos», «una de las prioridades de la diplomacia es salvar vidas ». Pero eso es lo de menos, porque cuando se trata de echarse flores, los franceses saben hacerlo mejor que nadie. Lo que verdaderamente está de más en este affiche es el montaje en sí mismo y la osadía del asunto.

En primer plano aparecen Hollande y Merkel; tras ellos aparecen David Cameron, Obama, el gran Duque de Luxemburgo, el primer ministro de Luxemburgo, Helmut Kohl, el presidente de Argelia, Chirac, Miterrand, el primer ministro de Mali y hasta el Papa. Dios los cría y un estudiante de Photoshop los junta alrededor de un puzzle cuya última pieza se encuentra en las manos de Hollande. Esta última pieza deberá encajar allí, en ese lugar de África en el que se encuentran las minas de uranio. Curiosamente Hollande, el principal artesano de la paz sostiene en sus manos la pieza del puzzle en la que se encuentran Níger y Mali, dos zonas en guerra a las que Francia ha enviado varias ofensivas militares por el control de las minas de uranio. Un pequeño detalle que se le debió de escapar al estudiante en prácticas que hizo el cartel. Teniendo en cuenta que Francia, Alemania y el Reino Unido se encuentran entre los diez primeros exportadores de armas del mundo, la jeta que le han echado es poca. Me atrevería a decir (yo también sin ningún resquemor) que se trata de un gran acto de hipocresía, de cinismo, de propaganda barata, de falta de respeto a la inteligencia humana. La indecencia elevada al paroxismo. Ahí dentro se encuentran, a modo de collage, los principales promotores de la guerra, los causantes de miles de muertes directas e indirectas, consecuencia precisamente de esas relaciones diplomáticas donde únicamente importan los intereses de las grandes potencias mundiales. Y a mí en medio de tanto narcisismo y autosatisfacción me surgen algunas preguntas: ¿Por qué no se habrán acordado de Putin, Trump y Le Pen? ¿Qué les habrá llevado a olvidarse de dos premios Nobel de la Paz como Nelson Mandela o Gandhi? ¿Quizás Obama haya venido en representación de los otros dos? ¿Por qué el Papa y no la Madre Teresa de Calcuta? Espero que ustedes tengan alguna respuesta certera a mis inciertas inquietudes.

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Llegué al mundo un mediodía de invierno, en Elche, bajo el signo de piscis y ayudada por una ventosa, que despertó en mí las ganas de llorar. Fui una niña tranquila, callada, obediente, estudiosa, de timidez enfermiza. Y llorona, muy llorona, porque la genética desarrolló en mí una sobredosis de sensibilidad. Prefería observar y escuchar a hablar. Al volver del cole veía Barrio Sésamo y nunca me quedé al comedor. De pequeña leía los poemas de Gloria Fuertes y pasé todos los veranos en La Unión, en compañía de un abuelo que criaba jilgueros, una abuela muy coqueta que me contaba secretos familiares y una tía soltera muy muy sabia. Mis padres me educaron en los valores de humildad y respeto. Respeto a todo el que tuviera en frente sea quien fuere. Mi asignatura favorita en el instituto era Literatura, y gracias a la poesía y a mi profesor descubrí lo que era el amor, la vida, la muerte, el paso del tiempo y hasta los placeres prohibidos. Pero lo que siempre me acompañó fue el realismo mágico. A los 18 años el ansia de libertad me llevó a Madrid a estudiar Periodismo y a partir de allí empecé a volar. Un día de primavera, un sabio argentino me predijo en el Retiro que lo mío era comunicar, que viajaría mucho por el mundo, que era una mujer de mar y que al final volvería a mi elemento. Y así se hizo. Pertenezco a la generación ERASMUS. Estudié italiano cuando todos querían saber inglés y me fui a vivir a Roma, cuando todos buscaban un lugar en el Reino Unido. Pertenezco también a la generación precaria. Durante unos cuantos veranos, y algún invierno más, me explotaron como becaria en numerosos medios de comunicación, pero como yo no era consciente de que me explotaban, pues me lo pasaba bien delante del micrófono y escribiendo. Hacía crónicas muy locales en la CADENA SER de Elche, trabajé en Diario INFORMACIÓN y toqué fondo en un diario gratuito de cuyo nombre no quiero acordarme. De allí salí escopetada hacia Francia, para trabajar en Comunicación y Relaciones Internacionales, y después de tres años de puturrú de fuá, me planté en Bruselas. Allí estuve trabajando cinco años en la Comisión Europea, un lugar en el que te pagan mucho por no hacer nada. Pero como allí dentro los días dan mucho para pensar y aquella jaula de oro tampoco me convencía, concluí que si verdaderamente quería hacer algo para ayudar a la humanidad, había que empezar por la Educación. Y como los astros y aquel sabio argentino no se equivocaban, la vida me devolvió al Mediterráneo, donde vivo ahora, un pueblo del sur de Francia, en el que aprovecho mis clases como profesora de español para despertar el sentido crítico en unos adolescentes que andan cada vez más perdidos. Así que soy de todas partes y de ninguna. Un ser sin una identidad declarada, pero con una vocación de madre innata que sueña con dejarle a sus hijas un mundo mejor. Porque no, a España no quiero volver.

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