No es de recibo que se venda como un premio el acercamiento de unos presos que nunca deberían haber estado ni lejos ni presos.

El flamante Ministro del Interior Grande-Marlaska decía por la radio que el acercamiento de los presos políticos catalanes es en estricto cumplimiento de la Ley. Es decir, el titular de Interior nos dice veladamente que lo que hasta ahora se ha estado haciendo era un claro incumplimiento. ¿Es esto señor Ministro? Sea valiente y diga claramente lo que todo el mundo sabe. Es más, ¿por qué no reprueban al magistrado que ha instruido la causa y la archivan de una vez?

Que un juez en excedencia, ahora máximo responsable político en activo, diga que esta gente ha estado en un proceso judicial que no ha gozado de todas las garantías procesales debería ser un motivo más que suficiente para revocar la causa. No hacerlo es convertirse en cómplice de la ignominia y seguir con la manipulación. El problema, quizá, es que desnudar toda la causa dejaría entrever todo el sistema y entramado de una forma tan brutal que ni tan siquiera un Ministro progre se puede permitir si quiere permanecer en el cargo durante un tiempo suficiente para poder implementar alguna medida por nimia que sea.

No cabe duda que hay intereses cruzados, que el gobierno Sánchez quiere ir con pies de plomo en todo el afer de Catalunya por la cuenta que le trae, si bien es tan cierto como que las injusticias, por más cautela e intereses que haya, injustas son. Y deben terminarse cuanto antes. Tener a cualquier persona inocente un minuto más en la cárcel de forma injusta es una barbaridad que no pasa la prueba del algodón de la calidad democrática.

En un país verdaderamente democrático esto no seria motivo de discusión política, en un país verdaderamente democrático nunca se hubiera encarcelado a nadie por haber organizado un referéndum -no olvidemos, en este punto, que se pidió hasta 18 veces pactarlo con el Gobierno central y la mano siempre ha estado tendida-.

Todo el mundo sabe que los presos políticos catalanes, además de ser presos políticos -pese a quién le pese, las palabras son importantes- son rehenes del régimen, del candado expresado en el artículo 2 de la constitución. El mismo jefe emérito del Estado confesó que el epitafio vital del dictador era preservar la unidad por encima de todo sin importar la voluntad popular -ni nada que tuviera que ver con ella-. No obstante, estamos en 2018 y el Rey actual no es el emérito al que se votó mal votado en una suerte de referéndum velado y enmascarado en el de la constitución en sí misma. El actual jefe del Estado lo es a dedo y con cierta polémica sucesoria. Algo bastante patético, más aún cuando los principales adalides del candado fueron críticos en su momento por parecerles demasiado progre.

En fin, dejemos que Sánchez haga gestos para legitimarse entre los suyos -y los otros- pero que nadie se confunda: ni un minuto más encausados, ni un minuto más lejos de las familias.

Sean valientes, sean dignos de su memoria republicana por todos los que dejaron la vida por defender los derechos más básicos ante la bestia del fascismo. Solo así podrán pasar el algodón sin que quede negro de vergüenza.

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