No me voy a cortar un pelo (que puede que lo lleve tapado o puede que no). Siento náuseas por la cobertura mediática que se está haciendo de los Juegos Olímpicos en relación a la participación de las mujeres. No es nada nuevo, vaya, solo que ahora nos hemos dado cuenta porque es el tema de moda.

¿Y por qué está de moda? Lógicamente porque un acontecimiento mundial como lo es esta competición deportiva tiene toda la atención mediática dispuesta a hacer malabarismos para vender noticias en una sociedad, las cosas sean dichas, más bien centrada en el consumo de fútbol. De varones claro. Y digo consumo porque también es otra realidad que afición lo que se dice afición por practicar el fútbol tampoco es que haya mucha.

Pero también está de moda utilizar el cuerpo de las mujeres como reclamo. En este caso, más bien es un tema que no pasa de moda, ya que viene funcionando muy bien desde que se descubrió que “tiran más dos tetas que dos carretas”. Basta echar una ojeada a los periódicos deportivos, de este nuestro querido país, para darnos cuenta que lo del “culo de la alemana” en Brasil tampoco “ha descubierto América”. Si se mira la contraportada, entiendes que el periódico recurre a la técnica de marketing de reclamo sexual -sexista- a través de imágenes de “mujeres exuberantes”, porque tristemente la técnica funciona (señores por favor, revísenselo, gracias).

Y si hablamos de mujeres y hablamos de cuerpos ¿qué mejor forma de plasmar la interculturalidad de unos juegos olímpicos que mostrando el choque de culturas (otro tema de moda)? A través de una simple imagen que ha recorrido el mundo y que ha llamado la atención sobre un acontecimiento que igual ni se conocía que se iba a celebrar. ¡Tate! (Aquí hay tomate). El bikinilón frente al burkini. Dos prendas utilizadas para medir el desarrollo de una sociedad, es decir, la modernidad. ¿En serio? ¿El mismo discurso que en el siglo XIX? ¿Ese discurso que validó los zoológicos humanos en la desarrollada Europa?

De partida nadie se ha planteado la posibilidad de que la atleta alemana pudiera ser musulmana. Primero porque es alemana y no tiene nombre árabe. Segundo, porque se le ve parte de las nalgas. Cliché al canto pero real como la vida misma. En el imaginario colectivo sigue asociándose la condición musulmana a la cultura árabe (ampliada en el imaginario a Turquía, Afganistán, Pakistán…), es decir, a lo exterior de Occidente. También se pone en marcha esa mirada patriarcal que vierte en el cuerpo de la musulmana el buque insignia del islam, validando que cubrirse es una obligación, si no, no es musulmana de verdad. Como suele decirse, “más papista que el Papa”.

Se ha sobreentendido que las atletas de cualquier equipo occidental eligen libremente sus atuendos, haciendo visible la invisibilización que han sufrido las quejas y reclamos de deportistas occidentales contra la imposición de prendas. El tema de la indumentaria también ha sido y es objeto de disputa. De igual forma se ha sobreentendido, al ver a la atleta egipcia completamente cubierta (realmente 10 cm de tela más que las atletas españolas en la misma disciplina) que es una imposición, pasando por alto que la mayoría de sus compañeras de equipo llevan piernas, brazos y cabeza descubierta. ¿A ver si va a ser verdad que no hay imposición?

Y entre tanto ir y venir de cuerpos y opiniones sobre cuál de las dos prendas es más libre y garantía de modernidad llega la decisión de Cannes de prohibir el uso del burkini en sus playas. ¿Y cómo deciden liberar a las musulmanas de la (supuesta) imposición? Imponiendo, prohibiendo, negando el derecho de las mujeres a elegir… Porque si las musulmanas deciden ponerse un burkini es una imposición y por lo tanto una opresión, pero si es la república la que impone quitarlo, eso es libertad. Tan contradictorio como cuando se vitoreaba la “Liberté, Égalité, Fraternité” mientras otros humanos (considerados salvajes) eran expuestos en jaulas en el mismo lugar que aclamaba esta revolucionaria consigna.

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