A veces entre una noticia sobre la crisis y sus consecuencias más injustas y una noticia sobre un caso de violencia de género, o sobre los refugiados consigue aparecer una buena noticia que nos devuelva una tenue esperanza por el ser humano.

Para mí la reciente noticia de la retirada del pez Panga de los supermercados Carrefour y de algunos comedores escolares ha supuesto esa cálida luz, ese remanso de paz en un mar de noticias descorazonadoras. Parecerá una tontería. Podría parecer una simple noticia sobre higiene o calidad alimentaria. Pero esa noticia representa mucho. Representa la posibilidad de la ciudadanía de influir con sus actos en la política, una pequeña insurgencia anticapitalista y una recompensa casi kármica por actuar en consecuencia a la conciencia propia. Porque ese pez no ha sido retirado por ley, ni por una cuestión de higiene, sino por una cuestión ética.

El boicot a su consumo ha sido una lucha de años por parte de organizaciones ecologistas. No entraré a comentar el devenir de esa lucha. Sólo puedo hablaros de mi lucha particular, de un boicot realizado por parte de una insignificante ciudadana (yo) que empezó en el momento que supe que su consumo implicaba apoyar practicas que vulneraban derechos humanos y dañaban el medioambiente.

Escribía hace unos días Ezequiel Arauz en un interesante artículo  acerca de la incoherencia de los que luchan por un mundo mas justo pero sustentan esas injusticias mediante su consumo. Es una realidad innegable. Romper con el sistema es dificilísimo. Está muy bien armado. Sobre todo, lo que mejor construido está son los constructos sociales de pensamiento, que nos hacen creer que lo que tenemos es lo mejor que podríamos tener. Y que nosotros, pobres seres insignificantes, no tenemos más opción que acatar esos cauces. Pero todo sistema tiene fallos, todo sistema tiene trampas, grietas desde las que resquebrajar esas estructuras.

El sistema capitalista que tenemos, en realidad, es un fallo del mercado, una perversión de lo que Adam Smith proponía. Vivimos en un oligopolio dominado por unas pocas grandes empresas que con sus prácticas procuran ahogar y absorber aquellas empresas medianas o pequeñas que se pongan por medio. Esos grandes poderes son los encargados de hacernos creer que no tenemos más alternativa que consumir sus productos. A veces es cierto, y te sorprende encontrar en una esquinita del envase el logo de esa marca que intentas boicotear. Cuesta mucho ser absolutamente coherente. Pero paso a paso, en ello estamos.

En general, parece que no importamos y que el hecho de que dejemos de consumir un determinado producto será irrelevante. Al fin y al cabo solo somos una persona. No somos una gran empresa con un impacto real en la economía. ¿O sí? Lo cierto es que noticias como la que mencionaba al inicio demuestran que nuestros hábitos de consumo sí importan. Porque de hecho el mercado entero está montado en torno a nuestras preferencias. Se basa en información acerca de nosotros, de lo que consumimos y lo que no. Sólo hay que echar un vistazo a la evolución de la publicidad en los últimos años. Fijarse en como McDonald’s se empeña en fingir que su comida es sana, ética y buena para el medioambiente; en como las eléctricas nos venden imágenes de personas felices corriendo por un campo de verde pasto propio de anuncios de compresas; en el aumento de productos “eco” y bancos que “se preocupan por la gente”.

Que McDonald’s se haya visto obligado a invertir en campañas que limpien su imagen y la coloreen de verde hace que sienta que tenemos un mínimo impacto, y que mi boicot a sus productos desde hace años no es una simple cuestión ética, sino que tiene sus consecuencias. Lo mismo ocurre con la retirada de la panga. Los cambios sociales más importantes no se producen de la noche a la mañana, sino que son graduales, erosionando y amoldando la conciencia como el agua modifica las piedras. Tenemos opciones fuera de los grandes mercados, y un poder muy real del que no somos conscientes para coaccionarlos y enfrentarnos a las injusticias que generan. Y tenemos que empezar por ser conscientes de ese poder para llegar a ejercerlo y actuar contra lo injusto. El sistema somos nosotros. Nosotros lo sustentamos, nosotros podemos cambiarlo. Decía Marcel Proust que “aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia”.

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Inés Moreno (Alcalá de Henares, 1992) Graduada en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Carlos III de Madrid y máster en Derecho Internacional Medioambiental por Háskóli Íslands (Universidad de Islandia). Ha desarrollado su actividad investigadora entorno a la gobernanza global y los derechos humanos de tercera generación. Activista de Amnistía Internacional España de 2011 a 2015. En su actividad literaria colabora con la editorial Playa de Ákaba con la que ha publicado su primer poemario, Akasia.

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