Para recibir, antes hay que dar. Para ser amado primero hay que amar. Esto, que parece algo evidente, que parece una verdad de perogrullo, se nos olvida a menudo. Continuamente nos quejamos, en nuestras relaciones con nuestros semejantes, de no ser suficientemente considerados. Y cuando ello ocurre, cuando no nos sentimos queridos como creemos que deberían querernos, normalmente echamos balones fuera, nos ponemos la etiqueta de incomprendidos y nos metemos en la cómoda y confortable cueva del victimismo. Son los demás los que no hacen las cosas bien, son los demás los que deberían hacer más por nosotros, son los demás los que no se dan cuenta de lo que valemos. Son los demás. Siempre los demás.

Pero… ¿nos hemos preguntado qué hemos hecho nosotros por esas personas que, según nuestra propia percepción, no nos quieren nada, no nos aprecian nada, no nos valoran nada? A menudo esperamos a recibir para después dar. Esperamos a ser amados para amar nosotros. Esperamos a sentirnos apreciados para mostrar aprecio. Nos ocurre sobre todo en las relaciones de pareja (especialmente cuando la relación ya tiene un rodaje, pues al principio todo es de color de rosa), pero también en las relaciones con nuestros amigos, con nuestros familiares, en el trabajo, con los vecinos… Si no nos sonríen no sonreímos; si no nos saludan no saludamos; si no son amables con nosotros tampoco, nosotros  lo somos con ellos. Faltaría más.

¿Y si probáramos a hacer las cosas al revés de como normalmente las hacemos? ¿Y si probamos a sonreír al vecino que cada mañana nos “regala” su gesto mohíno y adusto? ¿Si probamos a dar los buenos días al conductor del autobús que va renegando del tráfico y ni siquiera nos mira cuando nos subimos? ¿Si probamos a decir “te quiero” a nuestra pareja incluso en esos días en los que “no hay quien le aguante”? Estoy seguro de que si comenzáramos a actuar así todo cambiaría a nuestro alrededor. Cambia tú, y cambiará el mundo. Es ese el orden correcto. No esperes a que las cosas cambien para cambiar tú, porque te quedarás sentado esperando. Hazlo al revés y verás los resultados.

Cuando damos sin esperar nada a cambio recibimos mucho más de lo que nos imaginamos. Esto funciona como un bumerán. Si regalas sonrisas, antes o después volverán a ti. Si regalas “te quieros”, los vas a tener de vuelta cuando menos lo esperes. Si eres amable serán amables contigo. Lo que des lo recibirás. Es la ley del amor, es así como funciona. Pruébalo y verás. ¿Te imaginas cómo cambiaría nuestro mundo si todos empezáramos a actuar así? Pues… ¿a qué estás esperando para empezar? ¡Mañana ya es tarde!

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