Me llama Walter, mi viejo secretario ahora freelance del mundo de la cultura.

-Tengo una entrada para Danvers, pero no voy a poder ir.

-Ah.

-Negocios -añade Walter haciéndose el interesante.

-Ah.

-¿Quieres ir tú, jefe?

Oí hablar de Danvers en el cumpleaños de Scarpa la semana pasada; de hecho Gonzalo Escarpa era, junto a Silvia de Pé, uno de los directores. Y entre los invitados al cumple había varios actores de la obra. ¿Por qué no?

-Vale.

-¿Eso es un sí?

-Sí.

La entrada me llega por email y le pido al más simpático de los vecinos que tienen impresora que me la convierta en papel.

Y es jueves, las ocho de la tarde, y estoy sentado en una silla-butaca esperando que comience la función.

Al principio, y excepto el breve speech del pianista, Luis Noaín, me parece un poco floja, amateur. Pero poco a poco los actores van entrando en calor. Danvers es un musical. Un musical al más puro estilo americano, hasta los nombres de los personajes son americanos, pero pensado por una española y escrita por españoles –Jorge Conde e Iñaki de Gaspar– de principio a fin.

Y está muy bien. Es entretenida, funciona, el ritmo es excelente, el piano en directo impecable, la iluminación y leve tramoya correctas… Muy bien, repito. Podría suceder perfectamente que se convirtiese en un éxito, en un gran éxito.

El pretexto de la historia y las canciones es una residencia para artistas fracasados financiada por un millonario “a la americana” y administrada por la imponente, malvada, egoísta y grande -en todos los aspectos- Miss Danvers; señorita Danvers, papel que interpreta, con eficacia y solvencia, Dori Orpez, quien también es responsable de la semilla, la idea original y prístina sobre la que se sustenta el libreto.

Hay amor, picaresca, malos, buenos y regulares. Y disfruté especialmente con el papel y la actuación de Santiago Romo.

Quise hacer fotos,

-Soy de la prensa…

… pero no me dejó el jefe de sala: un hombre con aspecto y modales de actor profesional; aunque conseguí disparar al menos una, poca significativa -habría sido mejor todo el  elenco- para usarla como ilustración.

Danvers podría, sí, convertirse en un Rocky Horror Show, pero ese depende ya del azar y la voluntad y el capricho del público. Aún le queda rodar y acabar de hacerse; y personalmente, en mi papel de espectador, estuve entretenido y disfruté; aunque admito que no tanto como en el origen de mi interés por ver la obra, la noche del cumpleaños de Scarpa, en la que todas las personas interesantes del mundo -entre ellos tres actores de Danvers- parecían haberse congregado a su alrededor. Eché de menos, soy un sentimental, a Nuria, Manuel, Paco, Elisa, Mónica, Gonzalo… Sí, la obra estuvo bien, está bien, e incluso muy bien, pero habría sido una delicia para mí que el postre hubiese sido un poco de buena conversación.

Agradezco a Walter Flores su amabilidad por cederme su entrada. Y ojalá el jefe de sala del teatro Galileo, Alfredo, acabe triunfando como actor.

Larga vida a Danvers, viva el teatro y viva el show.

 

(mecanografía Ángel Arteaga)  

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