Foto: Sonia Fraga.

Su indiscutible acento andaluz la delata sin margen para la duda aunque su carné de identidad apunte que nació en Madrid en 1976. Sara Mesa, sevillana desde la infancia, es hoy una de las voces narrativas más fuertes, convincentes y personales del panorama literario en español. Así lo confirma con su nueva novela, Cara de pan, después del éxito cosechado con los relatos de Mala letra (2016) y su anterior novela Cicatriz (2015), todas ellas publicadas por Anagrama.

La particular historia que transcurre en el interior del seto de un parque público con la relación que entablan Casi (una adolescente de “casi” 14 años) y Viejo (un cincuentón solitario de dudoso aspecto físico) no la contaría nadie como lo hace Sara Mesa. Con una valentía, sinuosidad y destreza admirables, que empujan a reflexionar a un lector ensimismado y emocionado sobre la impostura, los clichés y las imágenes preconcebidas impuestas sin contemplaciones ni medias tintas por una sociedad implacable.

Sara Mesa es concisa y directa, no se anda por las ramas ni se pierde en vericuetos insondables. Apenas temporiza algunos datos y oculta premeditadamente información al lector para que se vaya conformando la imagen que cualquier supuesto ciudadano de bien tendría con la situación “excéntrica” planteada por la autora en Cara de pan.

En definitiva, una novela cautivadora, sensible, original y sobre todo muy valiente, por abrirnos horizontes nuevos ante imposiciones maximalistas socialmente aceptadas. El gris se acentúa siempre en la literatura de Sara Mesa. Bienvenido frente a tanto blanco y negro.

“Integrar no es un término que me guste. Integrar supone cercenar lo que no encaja”

 

Algo intrigante sobrevuela toda la novela. Sin saber qué, sin duda se intuye que se trata de algo vetado o prohibido. Ese clima atosigante no es fácil de lograr, narrativamente hablando, y usted lo logra en Cara de pan sin artificios. ¿Cómo?

Lo intento, al menos, a través de la concisión, de la sequedad del estilo, precisamente huyendo de los artificios. También a través de recursos como la elipsis. Todo está contenido, sobrevolando sin llegar a verse directamente.

 

La relación que se establece entre la joven Casi y Viejo en un parque pasa de hacer sentir incómodo al lector a hacerlo partícipe y cómplice del sinvivir de dos outsiders del siglo veintiuno. ¿Muestra palpable de que las apariencias nos están matando en esta sociedad del boato y la vacuidad?

Las apariencias han de encajar con lo esperado. Cuando esto no es así, uno lo fuerza. Casi y el Viejo, en cambio, huyen de esto. Lo hacen inconscientemente, sin un propósito claro, pero saben que no han de ser vistos –por eso se esconden–, ya que ser vistos equivale a ser juzgados.

“Los pájaros y Nina Simone no tienen nada de raro… a mí también me encantan”

 

¿Es la inadaptación a los convencionalismos sociales un acto de rebelión y valentía en tiempos de sumisión?

Lo ha sido siempre. Pero en esta historia no es un acto consciente. Los personajes son radicalmente inadaptados por su personalidad misma. Son excluidos, más que rebeldes.

 

Casi y Viejo tienen mucho más en común de lo que a priori puede parecer entre una adolescente de “casi” catorce años y un cincuentón adulto camino de la senectud.

Tienen en común que saben situarse al mismo plano, olvidando precisamente su edad y otras diferencias que, aparentemente, harían sospechosa esa amistad. Los dos se resisten a abandonar del todo la infancia.

 

No necesita mucho espacio para atrapar al lector, situarlo, ambientarlo e integrarlo en su historia, poco más de cien páginas. En su anterior Mala letra le sucedía lo mismo. ¿Cómo lo logra?

Mala letra es un volumen de cuentos.

“Los dos protagonistas de ‘Cara de pan’ se resisten a abandonar del todo la infancia”

 

En vez de cuestionarse lo que hacen los dos protagonistas de la novela, se dirige el foco hacia las personas y el ambiente que los rodea. ¿Son más dañinos los factores exógenos que los endógenos en las personas?

Lo dañino es el conflicto entre ambos. Que el exterior no respete la esencia, la individualidad de cada persona. Que catalogue o etiquete como peligroso o inadecuado lo que simplemente es peculiar o extravagante.

 

El corpus de su literatura apuesta decididamente por retratar la cara oculta de la condición humana, sus zonas de sombras, la que no se ve ni brilla. ¿Qué halla en esa zona poco transitada por otros compañeros literatos?

Es la zona de mucha literatura y también de la actual, no es cierto que no sea transitada por otros muchos escritores. En España, por ejemplo, sin ir más lejos, de mi generación –la de los 70-, tenemos a Pablo Gutiérrez o Edurne Portela.

 

¿Ofrece la sociedad algún tipo de respuestas para integrar a estos inadaptados?

Integrar no es un término que me guste. Integrar supone cercenar lo que no encaja. A menudo se toman medidas epidérmicas e inútiles en aras de una supuesta integración que no lleva a ningún sitio.

 

Y una curiosidad: ¿Por qué viejo es un apasionado experto de los pájaros y de Nina Simone? ¿para acentuar su condición de ‘bicho raro’?

No. Lo raro es quizá la pasión con la que abraza sus aficiones, de un modo casi infantil, obsesivo, entusiasta. Pero en sí, los pájaros y Nina Simone no tienen nada de raro… a mí también me encantan.

 

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