Pese a que le pongo empeño, no logro entender algunas cuestiones de la actualidad política y social. En primer lugar, me sorprende el hecho de que el conflicto catalán esté obnubilando a la ciudadanía. Hemos dejado radicalmente a un lado el problema de la corrupción estructural y endémica que asola al principal partido político español en estos momentos. Hago tal referencia puesto que, a pesar de este problema tan grave, el Partido Popular sigue liderando encuestas y mejorando su valoración el líder del Gobierno. ¿Por qué me sorprendo? Porque no concibo que, a raíz de una situación de la que también el Gobierno es en parte responsable, olvidemos todo lo que estuvo antes en portada.

Pero no solo esto me produce asombro. El pasado miércoles, en Bruselas, un numeroso grupo de alcaldes y alcaldesas partidarios de la independencia hacían fuerza junto al expresidente Puigdemont para intentar, según dicen, hacer una llamada a Europa para que de esta manera se intentase comprender la situación. Siguiendo la línea que diversos medios han transmitido, algunos de estos alcaldes se han costeado este viaje con dinero de las arcas públicas, lo cual es verdaderamente deplorable, puesto que lo que se ha hecho es, al fin y al cabo, un acto de un partido político fuera de las fronteras de Cataluña.

A Cataluña le cabe otra incongruencia más. A ver si alguien me puede ayudar a comprender esta dicotomía. El pasado 27 de septiembre, el Parlamento Catalán, con un poco más de la mitad de los diputados, votaba la declaración unilateral de independencia. Lo hacían en secreto porque, al fin y al cabo, dan miedito los tribunales y las penas. Que un partido como la CUP votara en secreto y lo defendiera es muy extraño – yo pensaba que los revolucionarios de verdad no tenían esos miedos –.

Acaba la votación y setenta votos aprueban la proclama independentista, en teoría, Cataluña hubiera quedado como Estado Independiente y Carlos Puigdemont hubiera sido el presidente provisional de la República Catalana. El pueblo partidario de la independencia esperaba enaltecido el saludo de su presidente desde el balcón de la Generalitat, este hecho no solo no se produjo, sino que a los pocos días el presidente salía de España. Ahora planteo el problema que no logro entender: ¿Cómo es posible que un personaje que ha proclamado la independencia, la cual es reconocida por su entorno, ahora quiera presentarse a unas elecciones del Reino de España? Puede que ni aunque me lo intenten explicar consiga comprenderlo. Pero de una cosa estoy seguro, los líderes independentistas son, cuanto menos, cobardes.

Siguiendo en la línea de lo curioso, terminaremos en Podemos y su marca catalana. Pablo Iglesias y su corte más cercana se han posicionado claramente en contra de la aplicación nata del artículo 155. Algunos de sus seguidores lo consideran un golpe de Estado, aunque tampoco entiendo cómo puede la Constitución Española recoger entre sus artículos un golpe de Estado. Iglesias, a quien cree que hablar de España le viene mal electoralmente, no le gusta que el Estado intervenga una Comunidad Autónoma, aunque si hablamos de intervenir a su marca en Cataluña no encontramos problema alguno. ¿Qué podemos deducir de esto? A Podemos le ha venido grande y mal el problema catalán, ha supuesto una herida que tardará en cerrar y que, muy posiblemente, lo vaya empujando hacia la irrelevancia política en el centro y sur de España en no demasiado tiempo.

Concluyendo, las idas y venidas de los independentistas han logrado devolver al PSOE su enorme sentido de Estado, demostrando que no andaba tan perdido como lo querían pintar. Ni Sánchez ha roto el PSOE, ni el PSOE ha contribuido a romper España, aunque si quieren ganar aún tienen que ponerse las pilas. Al PP le ha salvado – por desgracia – de su suciedad interna; espero que, más pronto que tarde, la sociedad civil recupere la memoria y castigue a una organización que necesita algo más que una regeneración. A Izquierda Unida la han terminado de mandar al patíbulo, ya ni algunos de sus líderes destacados, como Paco Frutos, se identifican con la postura de la marca que acoge en su seno al histórico Partido Comunista de España. Ciudadanos anda en su línea, le ha venido bien y, además, lo ha sabido aprovechar, aunque dudo mucho que puedan ganar unas elecciones en Cataluña, mucho menos en España. En último lugar tenemos a Podemos, donde se van abriendo varias brechas en torno a Pablo Iglesias que parece ser que ya no es tan líder como lo fue en sus comienzos.

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