Criscona y Edburga se conocen desde los tres años. Tienen la misma edad y empezaron el mismo día en la guardería del barrio. A sus diez años, acuden al mismo colegio público. Ambas se quedan a comer en la escuela aunque por motivos bien distintos. Los padres de Edburga trabajan ambos y para ellos es más cómodo que su hija coma en el colegio que tener que buscar a alguien que vaya a recogerla y le acompañe en la comida, puesto que los dos están fuera de casa desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde. Criscona sin embargo, vive en una de esas familias en las que las mujeres han tenido que tomar las riendas del hogar y echarle horas fregando para poder llevar a casa un poco de dinero con el que mal vivir. El padre de Criscona, de cuarenta y ocho años, lleva más de seis en paro y no cobra ninguna prestación, lo que le ha deteriorado con una depresión que le ha quitado las ganas hasta de salir a buscar trabajo. Su madre, cuando se quedó sin trabajo y sin subsidio, no tuvo tiempo ni para pensar en depresiones. Para ella, es esencial que su hija coma en el colegio porque es la única forma de asegurarla al menos una comida diaria. Puede permitírselo gracias a una aportación que los servicios sociales han gestionado a través de una ONG, porque la beca comedor de la Comunidad de Madrid, sólo cubre un euro de los tres diarios que cuesta el comedor.

Criscona y Edburga también son amigas porque, además de empezar juntas en la misma guardería, son vecinas del mismo barrio. Incluso comparten juegos en la calle. Ambas comparten profesora porque van a la misma clase. Pero Edburga sale del colegio a las siete de la tarde, después de haber concluido sus dos actividades diarias de extraescolares: baloncesto y danza clásica. Criscona, a la que también le gusta la danza, sin embargo, no puede acudir a la clase extraescolar porque sus padres no pueden pagarlo. A ella, su padre, siempre serio y triste, la recoge todos los días puntualmente a las cinco de la tarde en la puerta del colegio. De allí andando a casa, a hacer deberes y cuando la noche empieza a retroceder para dejar que el día alcance las ocho de la tarde, salir un rato a la calle a jugar con sus amigos.

Edburga solo puede jugar en la calle los fines de semana, porque cuando llega a casa, tiene que hacer los deberes que le han puesto en clase, que habitualmente son bastantes. Luego toca baño, cena y a la cama temprano porque al día siguiente, llega al colegio una hora antes que su amiga Criscona, ya que la dejan en el servicio de guardería. Es la única forma que han encontrado sus padres de no llegar tarde al trabajo.

Su amiga Criscona, muchos días solo cena un vaso de leche y dos galletas, o un yogur, obtenidos de la comida que Caritas les da todos los jueves. El salario de su madre, 450 euros al mes, apenas da para pagar la comunidad, la luz, el teléfono y unos cuantos kilos de arroz, legumbres y huevos. Y eso porque tienen la suerte de vivir en una casa propia. Aunque hay muchos meses que se las ven negras para pagar los gastos de la comunidad de vecinos y cuando llegan los impuestos como el IBI, tienen que reducir la comida para poder llegar a fin de mes.

Este año, en el colegio, están planteando abrir el comedor los meses de Julio y Agosto, porque hay más niños en el caso de Criscona. La ONG que le paga el comedor a ella y a otros treinta niños del colegio todos los meses, está pensando hacerlo con ayuda de voluntarios y con la del banco de alimentos.

La asociación de madres y padres del colegio está en su mayor parte a favor de la medida porque eso facilitaría que los niños al menos tengan una comida en condiciones al día. Una de las madres, sin embargo, asistente social en los servicios del Ayuntamiento, se ha posicionado en contra de la medida. Para ella, la solución es llevarles la comida a casa. Así evitarían el escarnio público de además de ser pobres, tener que ver como los vecinos se les quedan mirando cuando acuden en pleno mes de julio al colegio a comer.

Los padres de Edburga están entre los que le han afeado la idea. Para ellos no sería ninguna vergüenza que su hija tuviera que ir a comer al colegio si estuvieran en esa tesitura. Claro que ellos no lo están. Ni ven lo crueles que son los niños entre ellos cuando los que hacen actividades extraescolares les echan en cara a los que no pueden hacerlas que son pobres.

El padre de Criscona, piensa en su tristeza habitual, que si él y todos los que como él están ociosos porque nadie quiere contratar a una persona a la que consideran vieja a sus 48 años, aunque no lo suficiente como para que el Gobierno les jubile, tuvieran trabajo y un salario decente, ni siquiera plantearían abrir el colegio en vacaciones.

 


 

“Cuñadismos”

 

Muchas veces, tomamos partido por situaciones que a priori nos parecen que son de justicia social, sin pararnos a pensar las consecuencias de esas medidas y sobre todo, las causas que nos han llevado a la situación en la que estamos, (y que esa medida de justicia social pretende paliar). Deberíamos pensar seriamente si es posible revertir esa situación para no tener que tomar esa medida que sólo es un parche y que en la mayoría de los casos, nos gusta porque tapa nuestras vergüenzas y relajan nuestros sentimientos de culpabilidad.

Una de esas medidas con las que siempre había estado de acuerdo porque me parecía que era una forma de paliar una hijoputez como que los niños no puedan comer todos los días, era la de abrir los colegios en vacaciones. Por suerte, una persona que se ha movido en todo tipo de luchas sociales, acaba conociendo mucha gente y situaciones de lo más variopintas, lo que te da una visión mucho más amplia de las situaciones. En cierta ocasión una amiga asistente social me hizo ver que abrir los colegios para dar de comer a los niños en verano es colgarles un cartel en la espalda que dice “soy pobre” y crear un posible problema de rechazo que se sume a la desgracia de no poder comer todos los días o de no poder hacer tres comidas diarias en condiciones saludables. Esta amiga, Lucía, me decía que hay otra solución que cumple con los mismos objetivos que la de abrir los comedores escolares en vacaciones que es la de llevarles la comida a casa, en un servicio muy parecido al que se emplea para llevársela a los mayores. Eso evitaría el problema del posible rechazo.

Cuando acudes a foros locales como el del Consejo del Menor y escuchas las demandas que las asistentes sociales les hacen a las autoridades competentes, te haces a la idea de que la mayor parte de las medidas pregonadas por los políticos, solo son eslóganes publicitarios para quedar bien con la población y que las medidas reales apenas se acercan al panfleto distribuido en el acto y dejan mucho que desear. Todo el mundo entiende por beca comedor una asignación que cubre el coste de ese servicio. Sin embargo, en muchas ocasiones apenas cubre un tercio del coste. Son muchas las familias que ni siquiera pueden paliar la situación de pobreza de sus hijos llevándoles al comedor del colegio porque la supuesta beca no cubre ni un tercio del coste o porque su asignación se concede casi a la finalización del curso escolar, lo que impide que las familias sin ingresos, puedan adelantar el pago.

Por eso, cuando escucho al hombre insignificante, Alberto Rivera, hablar de abrir los colegios en verano para convertirlos en aparcamientos de chavales me saltan todas las alarmas. Primero porque como todas las propuestas de los cuñados del hombre insignificante, son lanzadas a los medios con el ánimo de seducir al aborregamiento general porque son medidas, que a priori, a todo el mundo le parecen bien, pero que ni llevan un estudio del impacto económico, social y cultural, ni siquiera un mínimo estudio de viabilidad. A todos los padres, cuando nuestros hijos estaban en esa edad que no pueden quedarse solos en casa y en la que no tienes a nadie cercano a quién dejárselos, nos ha preocupado la situación de los chavales en vacaciones y todos habríamos firmado poder dejarlos en el colegio mientras trabajábamos. Pero como esa situación no se ha producido, todos hemos podido buscar una solución acorde a nuestras posibilidades. No conozco a nadie que haya tenido que dejar el trabajo a la fuerza, para cuidar a sus hijos durante las vacaciones. Claro que, para muchos padres, es más cómodo si ambos cónyuges trabajan, cogerse las vacaciones en el mismo periodo e irse a la playa todos juntos a descansar. Pero pensando en los niños, igual es mejor para ellos que cada padre cogiera un mes distinto de vacaciones, o quince días, y acudir con los chavales al zoo, a ver exposiciones o a pasear por el parque mientras los donceles juegan.

Vivimos en un mundo basado en el egocentrismo. Sólo miramos nuestro bien, obviando los intereses, no ya del vecino, sino de la persona que comparte colchón con nosotros y en la mayoría de los casos, hasta de nuestros hijos. Si nosotros necesitamos desconectar del trabajo, cada cierto tiempo, nuestros hijos con mayor razón. Meterles en el colegio nueve o diez horas diarias en los meses de julio y agosto es pensar muy poco en su salud mental. Los niños necesitan descansar, no aprender inglés intensivo en verano. Y si por cierto, ya en mayo, junio y septiembre hay problemas en muchos colegios para dar clase por el calor, ¿quién va a aguantar a treinta grados dentro de un aula en verano? ¿Quiénes van a dar las clases? Porque los profesores tienen su “cupo” laboral cumplido. ¿O es que el señor Insignificante, Don Alberto Rivera, lo que pretende es privatizar esa parte de la educación para poder poner una pica en Flandes y acabar con el trabajo empezado por el PP en la sanidad, y privatizar también la educación en los colegios públicos?

Como digo, mido me da escuchar al hombre insignificante y sus secuaces. Porque es como escuchar al cuñado cabezón que postrado en la barra del bar, con el palillo en la boca y la copa de sol y sombra en la mano, se dedica a teorizar sobre cualquier tema, desde el futbol hasta la política exterior de España, con la única diferencia que sabes que el “cuñao” de la boina y el sol y sombra nunca podrá poner en práctica nunca sus chorradas, mientras que los del hombre insignificante, lo dicen con la intención de hacer cumplir sus amenazas.

Si queremos que los niños puedan comer todos los días y de forma saludable, sólo hay una forma real de hacerlo y es evitando la explotación laboral de sus padres y los salarios de miseria e incentivando la contratación. Misión imposible en las condiciones actuales en las que no hay normas que salvaguarden a los trabajadores y las que hay no se cumplen (como el ere de Cocacola echado abajo por los tribunales que la empresa sigue sin cumplir). Si queremos que nuestros hijos puedan ser cuidados sin poner en peligro nuestros puestos de trabajo, sólo hay una forma de hacerlo: salarios dignos y condiciones laborales regladas. Misión imposible en el sistema de precariedad laboral actual y con los salarios de mierda que se pagan.

Porque la felicidad, Señor Insignificante, Don Alberto Rivera, no consiste en tener más productividad ni en trabajar más horas teniendo que dejar a nuestros churumbeles en el colegio hasta en agosto. La felicidad es poder darles de comer todos los días, poder tomar un helado con ellos, si me apetece, y tener tiempo para disfrutar de ellos y que ellos disfruten conmigo. Las otras formas de felicidad artificiales, se las dejo para usted. La mayoría no las necesitamos.

Dejémonos de parches que sólo sirven para crear más problemas y para aupar al poder a un fascista peligroso y pensemos en soluciones reales. La mayor parte de los problemas que padecemos tienen el mismo origen: este hijoputismo liberal. Acabar con él, por tanto sería la solución. Y nunca olviden ustedes que este ser Insignificante, aupado a la cumbre por los mismos medios de manipulación informativa que llevan dándonos lecciones sobre las bondades del hijoputismo (que sin embargo contrastan con la realidad) es una pieza más de este sistema que sólo crea pobres y diferencias sociales. Darle el poder sería como volver a la Alemania de 1933.

 

Salud, república y más escuelas.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorEl dictado de la sentencia y la ejecución de la misma
Artículo siguienteQuim Torra pide por carta diálogo a Felipe VI
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

5 × tres =