Había una vez un jubilado enfermo de la próstata que debido a su mal tenía que levantarse a orinar varias veces por la noche. Últimamente se había sentido peor y le habían llevado al hospital de Alcázar para hacerle unas pruebas. Una noche, en uno de sus frecuentes viajes al servicio, vio luz en la cocina. Se asomó por la puerta entreabierta y vio a sus hijos sentados alrededor de la mesa con caras de preocupación y disgusto. Pegó la oreja a la puerta y oyó decir a su hija, la mayor, en voz baja, como si rezara, que le había llamado el médico para decirle que la enfermedad se había extendido por todo el cuerpo de forma irreversible y se esperaba un desenlace fatal en los próximos días. “Me ha dicho que no cree que llegue más allá de la semana que viene y que esta misma tarde le llevemos para ingresarle en la planta de cuidados paliativos”, le oyó decir. El jubilado retiró la oreja, miró un instante por la rendija de la puerta y vio a sus hijos en silencio, cabizbajos y meditabundos delante de unos vasos de café con leche y una bolsa de rosquillas. Mientras orinaba miró un instante su cara soñolienta reflejada en el espejo del lavabo y vio en ella miedo y resignación a partes iguales. Cuando acabó, volvió al cuarto intentando hacer el menor ruido posible para que sus hijos no se dieran cuenta de su presencia. Y lo logró caminando muy despacio, con mucho cuidado, haciendo con sus zapatillas de paño un siseo tan imperceptible como el aleteo de un mochuelo. Ya no pudo dormir y esperó al nuevo día con la vista fija en la ventana mirando cómo la claridad de ceniza del amanecer iba posándose lentamente en los visillos. Se levantó temprano y después de desayunar le dijo a su hija que se iba a dar una vuelta. Mientras se ponía la pelliza y la gorra, su hija, la pequeña, le dijo que no se entretuviera mucho porque iban a comer pronto para después ir al hospital a hacerle otras pruebas. ¿Más pruebas? ¿y para qué? dijo el viejo como si hablara para él. Sí, padre, más pruebas, pero no te preocupes. El viejo asintió mientras abría la puerta de la calle y apartaba la recia cortina de un manotazo. Estuvo más de dos horas recorriendo todos los rincones de aquel laberinto de calles que formaban su pueblo. Y entonces, por primera vez se dio cuenta de que cada rincón estaba asociado a un recuerdo, a una vivencia, a una emoción y que era ahora, en el momento de su despedida, cuando era consciente de todo lo que significaba su pueblo para él. En ese preciso momento sintió que el pueblo no sólo había formado parte de su vida sino que era su vida entera y sus calles el libro donde se había ido escribiendo el relato de su existencia.

Cuando se cansó de recorrer las calles y las plazas, se fue para la tapia donde se juntaba con su cuadrilla de jubilados, “los quintos” les llamaba él. Al llegar donde estaban, y mientras les daba los buenos días, preparó su viejo cubo de chapa, el trozo de rasillón, sacó un trozo de cartón que guardaba dentro del cubo, lo colocó sobre el rasillón y se sentó apoyando la espalda en la tapia de tierra, entornando los ojos de placer al sentir en los riñones el calorcillo de la tapia encendida por aquel suave sol de otoño. Sin abrir los ojos, se levantó la visera de la gorra para sentir la delicada caricia de aquel suave sol en su cara y en ese momento pensó si debía contarles a sus amigos lo que le pasaba y despedirse de ellos o ahorrarles a ellos y también a sí mismo ese amargo trago. Pensó que lo mejor sería tomar la decisión cuando llegara el momento.

Cuando estuvieron todos y, como era habitual, empezaron a hablar de los gloriosos viejos tiempos, fue entonces cuando nuestro jubilado perdió su eterna compostura y ensimismamiento y les preguntó con acritud si de verdad creían que los años jóvenes habían sido los mejores de sus vidas. Todos, como un solo hombre, le respondieron que sí porque entonces, dijeron, además de la salud, todos los sueños, ilusiones y esperanzas estaban intactas. Sin duda alguna, cualquier tiempo pasado fue mejor porque entonces servíamos para algo, no como ahora, que no valemos para nada, dijo uno que llevaba muy mal la vejez.

Después oír algunas opiniones, un par de desatinos por parte de los de siempre y muchos, demasiados silencios y encogimientos de hombros que hablaban a gritos, les dijo que para él los mejores años de su vida habían transcurrido desde que se jubiló. Acordaos que cuando éramos jóvenes lo único que hacíamos era trabajar y trabajar como borricos por un sueldo que nos lo daban “bien contaíco” lo justo, ni un duro más, para que volviéramos al día siguiente a dejarnos los riñones en el tajo.

Es ahora, dijo, con la perspectiva que da la vejez cuando se tiene plena conciencia de lo que ha sido nuestra la vida y es ahora también cuando podemos apreciarla y disfrutarla como es debido porque hasta entonces estábamos obsesionados con el trabajo, con la zanahoria que nos ponían delante, con echar muchos jornales y poder comprar cosas que más tarde, demasiado tarde ya, nos damos cuenta que no sirven para nada. Que las cuatro cosas que tenemos han sido a costa de mucho, muchísimo trabajo y sacrificio. Un precio demasiado elevado si tenemos en cuenta que lo hemos pagado con nuestra vida. Y sin darnos cuenta la vendimos a precio de saldo, casi la regalamos a cambio de un mísero jornal que nunca se negoció ni discutió porque ya te venía concedido “de arriba” como una maldición Bíblica que había que soportar y padecer sin rechistar, una especie de pecado original que nos venía dado por el hecho de nacer en esta tierra. Muchos de nosotros creímos insensatamente que todo cambiaría algún día sin que nosotros tuviéramos que intervenir para nada y muchos de nosotros también pensamos, y ese error fue todavía más grave, incluso trágico, que nuestro tiempo era ilimitado y ahora nos damos que cuenta que todo ha pasado demasiado deprisa y casi no nos hemos enterado porque cuando la vida pasaba a nuestro lado, cuando podíamos haber hecho algo de verdad por cambiar el estado de las cosas, estábamos muy ocupados echando nuestro triste jornalillo. Como sabéis, no soy hombre de grandes luces y nunca he levantado la voz en este corro pero ahora tengo que deciros que uno, aunque no quiera, a fuerza de vivir aprende y yo he aprendido una cosa, una sola cosa, pero fundamental y es que hay que luchar por lo que uno cree justo aquí y ahora y no mirar para otro lado como si la cosa no fuera con nosotros y esperar que sean otros los que nos solucionen las cosas; los que nos saquen nuestras jodidas castañas del fuego. Y esa tarea, la de cambiar nuestras condiciones de vida, las nuestras y las de los que venían detrás de nosotros, nuestros hijos, debería haber sido nuestra obligación principal y no quejarnos tanto de la realidad que nos rodeaba sin mover un dedo por intentar cambiarla. Hemos estado permanentemente macerados en el caldo de la resignación y el conformismo, en la mansedumbre y el miedo, un miedo insalvable a sacar siquiera un poco los pies del tiesto, a decir lo que sentimos. Y así nos ha ido.

No somos más que un hatajo de viejos asustados que no hemos aprendido nada, dijo levantando tanto la voz que los compañeros se quedaron mirando unos a otros extrañados y sorprendidos por el sermón que les estaba echando un hombre que siempre había asentido y permanecido más callado que el río Riánsares, que pasaba cerca de allí con su triste caudal de veinte cubos de agua por minuto. El hombre, el que nunca había hablado una palabra más alta que otra en ese momento se estaba desquitando, ajustando cuentas de toda una vida como si aquella fuera la última vez que hablara con ellos. Y él sentía que lo era.

“¡Ya estoy hasta los cojones!, gritó, poniéndose de pie ante el asombro de sus amigos, de ver cómo gastamos un tiempo precioso y una gran energía añorando un tiempo pasado que nunca volverá y esperando inútilmente tiempos mejores. Cuando lo único que hay que hacer es agarrarse al presente, al aquí y el ahora y disfrutarlo intensamente. Lanzarse sin temor a conocer y disfrutar los pequeños placeres cotidianos porque ahí está toda la felicidad que buscamos. Desde que acudo a esta tertulia, les dijo, sólo he oído lamentaciones, miedos, ñoñerías, absurdos sentimientos de culpa cada vez que os soltáis un poco la faja y sois vosotros mismos; añoranzas de cualquier tiempo pasado y, sobre todo, ese desatino, ese trágico error de darle vueltas a lo peor, a la enfermedad y la muerte que parece que sentís a la vuelta de cualquier día y algunos a la vuelta cualquier esquina. Dejaos ya de temores por favor, nunca se muere la víspera. ¿No os dais cuenta de las energías y el tiempo que hemos malgastado cruzando tantas veces el puente antes de llegar al río?. Creéis que la jubilación es una vía muerta, un hoyo, una trampa en la que habéis caído y ya no hay vuelta de hoja. Pero nadie nos ha cambiado las agujas, la vía continúa, somos nosotros los que hemos tomado por nuestra cuenta y riesgo la vía muerta de la melancolía, la resignación y la renuncia justo ahora que es el momento de emprender la mejor travesía de nuestra vida.

Casi todos negaron con la cabeza y algunos empezaron a hacer un amargo recuento de las cosas que antes podían hacer y ahora no. Él les replicó que ahora se podían hacer muchas más cosas por ejemplo volcar vuestra experiencia en las generaciones de jóvenes que están a punto y ya están metidos hasta el cuello en la misma ratonera que nos prepararon a nosotros. Jóvenes esclavizados sin derechos y encadenados como galeotes con sueldos miserables y por hipotecas que son lo más parecido a cadenas perpetuas. Injusticias contra las que, como nosotros, no mueven un dedo esperando que alguien venga a solucionárselas. Nuestra experiencia es la mejor herencia que podemos dejarles. Volvieron los murmullos pero nadie dijo nada y al final se impuso el silencio y durante un buen rato todos quedaron ensimismados mirando la ancha llanura de viñas y barbechos envueltos en la luz cegadora del mediodía y la hilera de chopos y álamos del río y más allá el horizonte con los rotos y desgastados dientes de la sierra de Villacañas erizada de molinos de viento. En ese momento algunos miraron sus relojes y viendo llegada la hora de comer, todos comenzaron a removerse y levantarse lentamente con no poco trabajo y echaron a andar cada uno a su paso en dirección a sus casas.

Durante el camino a casa, el viejo pensó en lo triste que era ver a sus amigos y compañeros aturdidos, desilusionados, acobardados, derrotados. Le dolía verlos vivir en el pasado, dando ya la vida por acabada y perdida y pendientes de un negro futuro cada vez más cercano donde se ven poco menos que vegetales comiendo purés y ensuciando pañales. Le dolía más que nunca que siguieran arrastrando esa perpetua claudicación, esa apatía, esa desgana, esa inercia, ese miedo a vivir, ese miedo a sentir y a decir lo que se siente. Le dolía verlos cargados con ese aterrador sentimiento de culpa, esa negra semilla de la resignación, del absurdo pecado original y la ciega obediencia debida que algún cura manipulador, cabrón, amargado y retorcido enterró hace muchos años en sus jóvenes molleras. Sentía cómo la resignación, la sumisión, la culpa y el temor prendió y se extendió como la grama por aquellos hombres derrotados, vencidos sin haber siquiera entrado en batalla. A él le costó horrores arrancarse esa casi invencible mala hierba, esa amarga convicción de que la vida es un valle de lágrimas, un doloroso trámite hacia “el más allá”, un lugar triste, oscuro y terrible plagado de trabajos y penalidades donde detrás de cualquier placer y desahogo, por pequeño y inocente que fuera, amenazaba el pecado y la condenación eterna donde oficiaba un tal Pedro Botero, una especie de chef del infierno siempre de servicio al pie de sus calderas de aceite hirviendo a donde iríamos a caer de cabeza los pecadores. Mientras nuestro protagonista apartaba la cortina y empujaba la puerta de su casa pensó en lo inocentones, en lo tontos, en lo estúpidos y manipulables que habíamos sido, temiendo todos los días de nuestra vida a aquel ridículo e irrisorrio personaje creado no por Dios, desde luego, sino por los que vivieron como Dios a costa de todos nosotros.

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