Un huevo hay casi infinitas maneras de prepararlo gastronómicamente. Pasado por agua, revuelto, frito, pochado, batido… Incluso crudo es una fuente inagotable de proteínas. Pero gana la palma el huevo cocido. Con este se puede hacer de todo: lo mismo te alegra una ensalada que te sirve para acompañar un buen gazpacho. Porque ni siquiera la tortilla, en sus también casi infinitas formas de prepararla –a la francesa, a la española…–, se acerca ni por asomo a la perfección que alcanza el huevo duro.

El huevo duro es el summum del recetario en torno a este milagro de la naturaleza. Solo tiene un defecto: es la metáfora perfecta de la dejadez. Cualquiera puede hacer un huevo duro. No pasa nada incluso dejándolo por olvido sobre el fuego hasta que se quiebre la cáscara en agua hirviendo. Esa es su perfección: la abulia y desidia de su cocinero. Cuanto más intensa es esta más cocido queda el huevo.

Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera son cuatro huevos duros. Todos. Desde el indolente y faltón presidente en funciones –no se puede cambiar a estas alturas de la noche a la mañana– hasta el representante de esa marea ciudadana cocida a fuego vivo de injusticias sociales bajo el estandarte del 15-M y que cada vez con más frecuencia cae en los clichés de su propio personaje antes que en la persona que atrajo cinco millones de votos el 20-D, pasando por un catalán muy español que aprovechó en su momento el tsunami de la corrupción que asolaba a los partidos que han venido representando a la perfección durante cuarenta años de democracia el bipartidismo medido y equidistante para colocarse en la esfera de la política nacional casi por arte de ensalmo.

Y qué decir del líder que quiere enarbolar la bandera de la nueva socialdemocracia en España, un Pedro Sánchez que de tanto mirarse la pose en el espejo y también por el retrovisor a su colega de la izquierda se olvidó de poner el énfasis en los ‘logros’ de su contrincante de la derecha. Porque Rivera no contaba entre sus objetivos. Ya son amigos con pacto y todo.

Nadie quiso ganar el partido y así salió la cocción: pasada y más que pasada de tiempo. Lo importante era no perder, no dejar dudas, no cometer errores, no dar un inesperado traspiés que rompiera la mortecina sintonía que todos marcaban casi al unísono. Todo por la desidia. En ella estamos instalados hace ya más de medio año y así nos va.

DEBATE13J-4Ni siquiera ayudó el tripartito de periodistas de lustre elegido, también empeñados todos y cada uno de ellos en su particular y mediática batallita de taifas. Tanto es así que hasta se pudo echar de menos en muchos momentos del aburrido debate televisivo al Jordi Hurtado de los debates políticos, el inmaterial Manuel Campo Vidal. Al menos este no entorpece a los actores participantes como sí ocurrió este 13-J en demasiadas ocasiones. Hasta para ejercer un tripartito periodístico correctamente hay que dejar a un lado egos e improvisaciones varias, y éstas se notaron demasiado en Ana Blanco, Pedro Piqueras y Vicente Vallés, a veces más trastabillados que los propios políticos.

Ni Rajoy ni Sánchez ni Iglesias ni Rivera hicieron una sola propuesta novedosa, y las pocas que pusieron sobre la mesa, vagas e imprecisas como en todo debate televisivo anterior, estuvieron trufadas de vaguedades y lo que es peor, falsedades con todas sus letras. El caso es impactar, noquear, dar un golpe mediático certero. Las verdades ya quedan para mejor ocasión.

Por ello, cuando el líder de Unidos Podemos respondió con un expresivo “¡y tres huevos duros!” a Rajoy cuando este exponía sus ambiciosos planes de empleo para el futuro inmediato se acordó de Marx, Groucho, no el otro.

Yo tocaría la bocina como Harpo para sumar un huevo más. ¡Boing, boing! Que sean cuatro huevos duros. Excesivamente hechos ya a estas alturas de la cocción. Y lo que queda.

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