Hace dos días conocíamos la noticia de otro torero fallecido a causa de una cornada, Iván Fandiño. Hemos asistido desde entonces, al igual que ocurrió el año pasado con Víctor Barrios, al enfrentamiento entre quienes quieren parar esta barbarie y quienes, en uso de su erudición manifiesta, como Francisco Rivera, afirman que “la muerte le da grandeza al toreo” porque eso es lo que les gusta, la muerte.

Los derechos humanos y los derechos de los animales tratan de todo lo contrario, la vida, la de los toros, la de los caballos, y también la de los chavales jóvenes que participan en estas fiestas inmundas, sea corriendo delante de un toro, poniéndoles banderillas o prendiéndole fuego a su cornamenta. Por eso a los antitaurinos les cuesta tanto escuchar cómo algunos califican a los toreros de héroes, porque no defienden la vida sino la muerte, no el avance sino el retroceso, no la solidaridad sino el enfrentamiento. Mientras tanto, los Médicos o los Bomberos sin Fronteras, se dedican a salvar vidas sin pedir nada a cambio, intervienen en zonas de conflicto y con serios problemas sanitarios y alimentarios, demostrando su valiosa humanidad, pero nadie les dedica tanto brillo mediático.  El señor Rivera comenta que los toreros “se juegan la vida”, lo que contrasta con algunos bomberos portando pancartas antitaurinas recordando que no se es un héroe por hacer sufrir y matar a un animal encerrado en una plaza, ante la mirada de miles de espectadores, y que el que es realmente un héroe, no siente la necesidad de afirmarlo, por algo será.

Los Derechos Humanos y los Derechos de los Animales están relacionados, porque unos y otros defienden la vida, la dignidad de los individuos y sobre todo defienden la no violencia y la solidaridad y fraternidad entre seres humanos y animales. Es hora de exigir a nuestros gobiernos que en pleno siglo XXI no se sigan celebrando este tipo de espectáculos que recuerdan a los combates entre gladiadores del Coliseo Romano, también muy sangrientos y que hacían las delicias del público, hace más de dos mil años…

Se me eriza la piel al pensar que nuestro Estado de Derecho permite este circo de los horrores, y que se ensaña con la tradición taurina que establece la ejecución de toda la familia del toro que ha corneado al torero provocando su muerte, como si el pobre animal que se defiende con lo poco que tiene, y su familia, tuvieran la culpa de estos lamentables sucesos. Si esta situación es ya de por sí kafkiana, lo es mucho más el hecho de que se le dé una medalla de oro a las Bellas Artes a un matador, como sucedió el año pasado con “el Juli”, mientras hay artistas españoles que pintan cuadros maravillosos, escritores que nos hacen soñar cada día, directores de cine que crean verdaderas obras de arte. Si en España nuestro Gobierno considera que enfundarse unas mallas de lentejuelas y mancharlas con la sangre de un animal es arte, que además este Arte merece financiación pública, mientras se cierran quirófanos públicos por plagas de cucarachas, que además hay que declararlo patrimonio inmaterial de la Humanidad para que nadie ose decidir democráticamente sobre su abolición, si esta es la clase de país en el que vivimos, como dijera Mafalda en su día “por favor, paren el mundo, que me quiero bajar”

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