Para Montxo, Luqui, Herminio, Manolín y José Carlos “el Largo”

 

Sé que lo que hago no tiene nada de original, que en esencia carece por completo de sentido. Lo que hago cuando pierde mi Atlético; el único club al que apoyo, aplaudo y jaleo. Porque a mí no me gusta el fútbol. No entiendo de equipos ni del arte del balompié, como me señaló una vez una compañera en la época que ambos escribíamos en Cambio16.

“No tienes ni idea de fútbol, Tigre”

Y tenía razón. No tengo ni idea de fútbol, sólo soy capaz de fijarme, sentir empatía, con las figuras individuales. Pero a pesar de mi ignorancia el Atlético es -sin disusión- el equipo de mi corazón; a él he llegado a través de la pasión de mis mejores amigos hacia el club colchonero, rojiblanco, sufridor, inasequible al desaliento, el sueño de los perdedores y los héroes… Esas expresiones que buscan los periodistas para no repetir en unas pocas líneas cien veces el nombre de un equipo. El Atlético.

El sábado perdió el Atlético, mi Atlético, contra el Barça. Podría decir que seguí el partido, pero no. Esperé al resultado. Aunque si lo hubiese seguido habría hecho lo mismo. Exactamente lo mismo. Como lo hago cuando veo a Fernando Alonso, quizá también “mi Alonso”, cuando no gana una carrera.

¿Y qué hago? Ponerme a buscar información como loco sobre lo que ha pasado. En teoría lo hago para comprender, para justificar a los míos. En fútbol siempre está la maravillosa figura del puto árbitro al que se le puede echar la culpa de casi todo. ¿Quién no se ha sentido alguna vez la tentación de rezar a la Virgen, o a la mismísima Santa Muerte, para pedirle que castigue sin piedad al maldito árbitro? ¡Que se muera el árbitro!

Cómo no odiar al árbitro, y como alivia hacerlo, cuando echaron a Filipe Luis en el minuto 45, dejando al equipo con sólo diez jugadores. Me importa una sardana que la entrada que le hizo a Messi fuera la de un enejenado furioso y con los tacos por delante. Yo me limito a odiar al árbitro, a no perdonarlo.

Cómo no voy a ponerme de rodillas y pedirle a Santa Diarrea Inacabable que se le meta dentro a ese tipo del pito cuando le sacó la segunda amarilla a Godín., dejando a mi Atlético con nueve. ¡Con nueve, joder! Vamos hombre, así cualquiera. Y jugando en su casita los Messiánicos.

Pero no se trata de eso. No se trata de desahogarme ni buscar culpables o inocentes cuando leo una y otra vez desde todos los ángulos posibles, desde todos las cámaras mentales posibles, lo que ha sucedido en un partido o en una carrera de F1, que ha perdido mi héroe. Nuestros héroes, nuestros elegidos.

Buscamos otra cosa. Al menos yo busco otra cosa. Yo busco el milagro. Directamente el milagro. Cambiar el resultado. Encontrar una brecha. Poder viajar al pasado. Como se hace con una novela; o con nuestro propio pasado cuando no viven testigos para desdecirnos y años después lo contamos. El milagro.

Eso buscaba yo anoche, y he vuelto a buscarlo hoy por la mañana: el milagro. La manera de que el Atlético ganase el partido.

Y lo haré siempre. Porque soy un ingenuo. Porque soy un soñador. Porque sigo creyendo, y creeré hasta que me muera, en la posibilidad de que alguna vez baje la Fuerza de los cielos, y se haga realidad lo que pido, quiero y necesito: se anulen los goles del rival, se demuestre que el árbitro estaba comprado o no andaba en sus cabales porque alguien le había echado dos gramos de LSD en el café antes de empezar el partido. O cualquier otra cosa. Eso busco, eso intento, cuando leo una y otra vez lo que ya sé; que suceda lo imposible, que estalle y venza ¡el milagro!

Tigre, tigre.

 

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