Es curioso observar desde la barrera de los que no estamos con las picas en Flandes de la primera línea de la política nacional y europea como en el seno del viejo continente parecen haberse instalado síntomas preocupantes en lo que a la gestión pública y del liderazgo se refiere en la socialdemocracia europea, sólo así puede uno llegar a entender que la ceguera ante la caída electoral del socialismo o la negación del grave problema de visión y construcción del modelo europeo que parece condenar a la socialdemocracia europea a celebrar las derrotas como victorias y a brindar por el triunfo de adversarios como elemento menos malo ante el avance inexorable del radicalismo fascista de la sinrazón.

Parece así que el Síndrome de Estocolmo del socialismo europeo es una enfermedad contagiosa entre quienes no enfrentan el verdadero problema de posicionamiento de esta ideología en el tablero de juego del siglo XXI. Un espacio diferente, con una ciudadanía reactiva y con retos diversos que deben de ser afrontados con un liderazgo transformador que hoy apenas se percibe en el seno de los partidos políticos del socialismo europeo, que de manera alocada se autofragmentan o apuestan por modelos de imitación como respuesta de posicionamiento en el espacio electoral, aun cuando ello significa la pérdida de la identidad como organización y la falta de respeto a su propia historia, esa que en algunos casos como en el PSOE ha logrado que este partido sea uno de los más longevos de la política europea.

El Cambio climático, la transformación del mercado laboral y productivo, la reforma de la educación en consonancia con unos tiempos de vanguardia y tecnológica, la adaptación a un transhumanismo que hará posible el envejecimiento activo de la población y la transformación del modelo de relaciones sociales y de asistencia o el encaje territorial de Europa y España en un mundo en continuo cambio son sólo algunos, apenas briznas de lo que como generación tenemos ante nosotros.

Ciertamente, retos y desafíos ante los cuales la socialdemocracia puede y debe ser una herramienta útil de transformación, pero desde el gobierno y las instituciones, desde la colaboración público privada que se presenta como fundamental e imprescindible para abordar la temática compleja de estos cambios. En definitiva, transformaciones que se necesitan llevar a cabo desde el poder ejecutivo y legislativo y no desde la atalaya del perdedor satisfecho de haber logrado más escaños que en otros comicios, máxime cuando ello para nada sirve y tan sólo venga a aplacar esa justificación de egos desmedidos por los que parece apostar el socialismo en Europa.

En definitiva, la política sin transformación para poco vale, el discurso sin gobierno de nada sirve y el socialismo sin capacidad de dar respuesta a los problemas de la ciudadanía nada aporta. Tal vez, sería apropiado que la socialdemocracia empiece a superar sus síndromes de Estocolmo, admitir las derrotas y ser capaces de poner al frente de los proyectos a quienes tenga esa capacidad y visión transformadora para ofrecer alternativas a la oscuridad que hoy cada vez se muestra más presente en el futuro del socialismo europeo y por ende de gran parte de la ciudadanía del viejo continente.

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