Todavía se nos sigue helando la sangre cuando salen nuevos casos de asesinatos machistas. Todavía nos sorprendemos, incluso en el entorno más cercano. Porque, pese a la inmensa cantidad de artículos que reflexionan sobre el origen de esa violencia, seguimos sin hilar hechos, sin conectar un asesinato como los que tuvieron lugar el pasado fin de semana con aptitudes machistas que con sutileza anclan a la sociedad en esa dinámica de dominación y desigualdad. Quisiera aportar al debate mi experiencia particular en este asunto, porque todos tenemos la responsabilidad de luchar contra este sistema de dominación que cada año, sólo en España, se cobra cientos de víctimas. Porque con cada nuevo crimen la sociedad nos recuerda que aún queda un largo camino por recorrer. Y esa lucha pasa inevitablemente por la reflexión.

Hace poco un informe revelaba que desde los seis años se empieza a instaurar en los niños y las niñas el sesgo machista. Desde esa edad empezamos a recibir estímulos que forman en nuestras mentes el sesgo de género, la división de los roles y la percepción de que las niñas, las mujeres, están diseñadas biológicamente para unas tareas determinadas. Son estímulos que nos llegan desde la sociedad en su conjunto, pero que se personalizan al entrar a formar parte de nuestra propia personalidad e identidad, y sobre todo que llegan a través de personas de nuestro entorno.

Creo que superar ese machismo pasa por hacer un ejercicio de introspección, analizando de qué forma pasa de ser un valor social a un criterio personal. Quisiera compartir la primera vez que fui agredida por ese sistema de dominación, y que como niña, como persona, nació en mí una incongruencia con respecto a la sociedad, viéndome obligada a cuestionarla, a preguntarme “¿Soy inferior?”. Hay una palabra particularmente importante en el patriarcado, una palabra a través de la cual esa violencia se ejerce diariamente sin que seamos casi conscientes: Puta. Todas lo hemos sido en algún momento. Yo lo fui por primera vez a los diez años. Un niño de mi colegio me convirtió en ello. Y aquél recuerdo ha quedado impreso en mí, como un punto de inflexión a partir del cual me convertí en un sujeto posicionado dentro de una sociedad llena de desigualdades, dentro de la cual ya tenía un lugar diseñado para mí antes de nacer. Nací libre de prejuicios y etiquetas. La sociedad me los otorgó.

Aprendí a los diez años que se puede ser puta sin haber practicado sexo nunca, sin haberse vendido ni prostituido, que se puede ser puta aunque no hayas tenido si quiera tu primera regla. Aprendí que basta con ser mujer, con tener vagina, con llevarle la contraria a un hombre o salirse de los estándares socialmente establecidos. Me convertí en puta a esa edad, sin saber siquiera lo que esa palabra significaba, con todas las letras, con todas las emociones de desprecio e ira que eso implicaba.

Éramos novios, de esos de cogerse la mano en los recreos, y escribirse notitas de amor. Me enteré de que le gustaba a aquél niño porque un día en el recreo la tomó conmigo. Yo llevaba coleta. Él la agarró fuerte para que no pudiera escapar, y echó a correr. Cuando por fin mis gritos le hicieron parar me dejó en el suelo, me bajó los pantalones y me echó arena hasta hacerme llorar.

—Así demuestran los niños que les gustas.—me explicó una amiga.

Otra idea perpetuada que nos mantiene en la desigualdad y nos condena a la violencia. A mí no me hizo gracia, pero, de algún modo, con el tiempo acabamos siendo novios.

Hasta aquél, mi primer día como puta. Ni siquiera recuerdo bien lo ocurrido. Solo aquellas palabras, “eres una puta”, marcadas a fuego en mi mente para siempre, como un cristal más a través del cual entender a la sociedad y mi posición en ella. Él estaba enfadado, yo le gustaba a otro niño con el que había estado jugando. Mi novio se tropezó con las piedras con las que yo había formado figuras en el suelo. Me acerqué a ayudarle y él me empujó lejos.

—Tenías razón, es una puta. —le dijo a su amigo volviéndose hacia él. Después giró su rostro para mirarme directamente cargado de odio.— Eres una puta.

—No es verdad, no lo soy.

Mi mente intentaba, en vano, encajar mis actos con la definición de puta que yo tenía registrada en mi cerebro, intentando comprender en qué momento me había convertido en ello.

En aquél momento tanto aquél niño como yo misma entramos de lleno en la dinámica de dominante-dominado, o, en este caso, dominada. Aunque aquí hable desde mi particular experiencia, deberíamos preguntarnos de dónde nació aquella rabia, de qué forma un niño de diez años llegó a la conclusión de que yo era una puta. Al final todos y todas somos esclavos de ese sistema, de esos prejuicios.

Fue en ese instante cuando aprendí que ser puta no es un título siempre ligado al sexo, pero sí un titulo inherente a nuestro sexo. Muchas veces después lo he vuelto a ser. Como todas. Cada vez que he hecho enfadar a algún hombre, cada vez que he actuado con libertad y en contra de los deseos de alguno de ellos. Cada vez que les he rebatido una idea, que no he querido hacer algo o que he hecho algo vedado para las mujeres. Porque “puta” es la palabra favorita de aquellos que nos quieren someter. Y cuando pronunciamos ese insulto el patriarcado corre libre por nuestras venas, posee nuestra voz y habla por nosotros, por nosotras.

Conviene tener presente que el lenguaje construye la realidad. Y que con él se puede agredir, discriminar y herir. Con el lenguaje configuramos la sociedad, pero del mismo modo podemos transformarla y reconstruirla, sólo con nuestras palabras. Por eso, para entender de una vez por todas por qué mueren mujeres todos los días por su simple condición de mujer debemos hacer un esfuerzo por comprender cuándo se ejerce violencia contra una mujer, sea lo sutil que sea y a la edad que sea, sólo por su condición de mujer. Los feminicidios no surgen de la nada. Son la consecuencia última de la exposición a prejuicios dañinos, estímulos que desde niños recibimos y con los que debemos acabar.      

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Inés Moreno (Alcalá de Henares, 1992) Graduada en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Carlos III de Madrid y máster en Derecho Internacional Medioambiental por Háskóli Íslands (Universidad de Islandia). Ha desarrollado su actividad investigadora entorno a la gobernanza global y los derechos humanos de tercera generación. Activista de Amnistía Internacional España de 2011 a 2015. En su actividad literaria colabora con la editorial Playa de Ákaba con la que ha publicado su primer poemario, Akasia.

4 Comentarios

  1. Me entristece que a través de estos últmos años hayamos ido a peor. Creer que las mujeres atienenden mejor al macho dominante (al más bruto) es un error ¿genético?
    Pensar que otro ser humano, seguramente más inteligente que tu, es de tu propiedad es propio de cavernícolas y retrógrados.
    Ciertos políticios lo generan y alimentan como base de una sociedad retrógrada.
    El feminicidio es una lacra y es terrorsmo. Y quienes lo consienten son cómplices.
    Ninguna mujer merece maltrato como no lo merece ningún otro ser humano.

  2. Tengo una hija de cuatro años y me empiezo a dar cuenta de muchas de esas cosas. Antes las veía, pero no les daba la importancia que realmente tienen. Ahora, lucho contra esa presión social intentando inculcarle que no tiene porqué ser una princesa si no quiere. Que puede ser muchas cosas. Lo que ella quiera ser.

    Es muy difícil luchar contra el mundo, pero lo conseguiremos.

  3. Impresionante Inés. Me siento tan identificada…
    Un paso atrás, ni para tomar impulso…en eso estamos

  4. Por fin ponemos la vista en el germen. Sin reflexionar sobre el origen todo análisis se acaba cayendo. Felicidades Inés.

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