Los usos extendidos en la pasada centuria de la hemiglobalización ya no sirven para este tiempo global que nos toca aprender a vivir en los albores del nuevo milenio. Quizás alguien debería haber diseñado una hoja de ruta para ir avanzando a lo largo del siglo XXI, y acompañarla de los manuales de instrucciones que nos ayudasen a desenvolvernos en las materias que ocupan con carácter ordinario las vidas de los siete mil millones de gentes que habitamos el Planeta. Pero la historia no se escribe atendiendo a pautas preestablecidas.

Las civilizaciones se construyen siguiendo el clásico procedimiento de error-acierto, y sobre esta premisa se erigen los liderazgos políticos que dan lugar a sólidos avances sociales o a trágicos retrocesos; en ambos casos es la visión anticipatoria de quienes más tarde son considerados estadistas, la que concita tras de sí la adhesión de territorios y ciudadanías.

Tras las dos grandes guerras mundiales se consolidó la dinámica de bloques, y con ello se activó un sencillo sistema binario de acción-reacción que alimentó durante décadas una geopolítica que hace hoy las delicias de los amantes del género del espionaje, pero que ha quedado definitivamente arrumbada de los libros de texto de la carrera diplomática.

El mundo ha dejado atrás los usos político-militares acuñados a ambos lados del muro, pero no han sido erradicados de algunos otros ámbitos, pasando a convertirse en una perniciosa herencia que puede darnos serios disgustos si no es administrada con un mínimo de inteligencia. Sin duda alguna el legado nuclear es el paradigma de un pasado que no encuentra acomodo en los tiempos que corren.

No me refiero tanto a la preocupación central de la proliferación de armas, especialmente sensible en los casos de Irán o Corea, y que mal que bien ha venido sorteándose con sobresaltos los justos en el ámbito de las negociaciones y los pulsos entre Estados, pero que al fin y al cabo vienen abordándose entre interlocutores conocidos, como al riesgo terrorista que suponen hoy los más de cuatrocientos reactores nucleares en operación dedicados a la producción de energía repartidos en una treintena de países.

Sin duda el de la seguridad ha sido históricamente uno de los puntos débiles de la tecnología nuclear, y de ahí que las instalaciones que precisan de la misma para su funcionamiento estén catalogadas como especialmente sensibles en los protocolos de los países que cuentan con alguna de ellas. Y si bien es cierto que su virtualidad como objetivo terrorista ha estado siempre supeditado, entre otros, al riesgo que conllevaría para la propia vida de quienes quisiesen atentar contra una de ellas, no se nos ha de escapar que el perfil del terrorista de estos tiempos convulsos es sustancialmente distinto del de las organizaciones criminales que brotaron en la segunda mitad del pasado siglo.

Hoy no se trata de hacer frente a grupos que se consideran a sí mismos como ejércitos cuyo fin es liberar a un territorio de la tiranía de un Estado opresor; sino de enfrentarse a un  fundamentalismo religioso que considera la inmolación como la mayor de las recompensas. En estas condiciones no hay código penal ni ejército que disuada al fanático, y así una central nuclear puede convertirse paradójicamente en una potente arma destructiva colocada sobre el terreno por el propio Estado atacado.

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