Hay un matiz importante entre los ateos que matan a Dios de modos pirotécnicos y los que se limitan a negar su existencia. Estos últimos, entre los que me cuento, somos libres de enfrentarnos a las obras que los humanos han hecho en Su(1) nombre de manera abierta y constructiva, tratándolas como manifestaciones del espíritu humano de las que se pueden extraer algunas conclusiones útiles. Me interesan dos: Una, la consideración etimológica de la religión (re-ligar: unir) como un conjunto de convenciones culturales que cohesionan a una comunidad(2). Dos, la aparición de una voluntad de expresión, de ser, literalmente sobrenatural en el sentido de que esta voluntad d expresión no obedece ni a una necesidad biológica ni a nada que se haga con esta economía de medios usada por la naturaleza, lo que convierte esta voluntad en la manifestación más pura y esencial de aquello que nos hace humanos.

Es a través de esta segunda consideración que podemos considerar la arquitectura. No como una simple construcción, sino como la idea de trascender esta construcción por un lado y como la creación de un lugar por otro. De cualquier lugar.

Vamos a los textos sagrados: la Biblia, las obras mitológicas, lo que sea. Si nos referimos a ellos como obras humanas y no de Dios descubriremos que en primer lugar son manifestaciones literarias. La primera creación de la humanidad es la literatura que habla de palabras.

La arquitectura también empieza con la palabra.

Una obra no es arquitectura si alguien no la considera arquitectura y una tercera persona no está de acuerdo con ella. Suele resultar bastante útil que esto se ponga por escrito de algún modo(3).

El libro al que me refiero consta de una serie de reflexiones sobre un templo. Es un libro escrito por un ateo (o así se refirió a sí mismo la última vez que le pregunté sobre la cuestión) sobre un templo católico encargado a un arquitecto dotado de un profundo sentido de la espiritualidad desde su agnosticismo. Este arquitecto es Le Corbusier(4). El templo es la capilla de Nuestra Señora de Todo lo Alto, en Ronchamp, en la frontera entre Francia y Suiza.

 

Hablaré de este libro por tres razones:

La primera es que da gusto leerlo. Pep Quetglas escribe muy bien. Ha creado una obra consistente a ser leída en pequeñas dosis. El título no engaña: es un breviario donde cada palabra pesa. No se lee convencionalmente, no quiere ser entendido convencionalmente. No cierra, abre. El libro ofrece una interpretación del templo que establece un método para enfrentarnos a una obra de arquitectura. El libro es un diálogo. Y una lección. Y un placer.

Segunda, el libro nos habla de religión en los términos que acabo de referir. El libro glosa manifestaciones del espíritu humano, y a través de su reflexión, nos quiere hablar de nuestra condición humana.

Tercera, el libro es el acto de creación de una arquitectura. El libro construye la iglesia, No físicamente, claro (el templo se consagró en 1955), sino más importante: la crea ante nuestros ojos. Hasta ahora veíamos este templo, bastante conocido, de una manera. Ahora lo vemos de otra. Para cualquier persona que lea el libro la capilla de Ronchamp pasará a ser una obra de Pep Quetglas. Será a través de sus ojos que este templo se va a convertir en un proyecto de Le Corbusier. Y no al revés: la literatura se ha convertido en arquitectura convirtiendo su objeto de atención en arquitectura. Antes no lo era. Antes sólo pensábamos que lo era de una manera relativamente parecida a como el cine no se hace cuando lo vemos, sino cuando hablamos de él.

Otro ateo ilustre, Miguel de Unamuno, habló de sombras y niebla. La arquitectura es exactamente esto: un sueño. Por esto este libro es la muestra de arquitectura más genuina que jamás tendréis en la mano, sin lugar ni peso ni normativa. Cualquiera de vosotros podrá disfrutarlo siempre que quiera y donde quiera. Vale la pena.

(El Breviario está a la venta por 17€, 19 si te lo mandan a casa, en cualesquiera de las plataformas de venta y en la web de la editorial.)

(1) La mayúscula ante el pronombre resulta un recurso útil para referirse a Él y por esto la empleo.

(2) Es por esto que una vez escribí que la religión inventó a Dios y no al revés. Dios es la sacralización del sentimiento comunitario, y, como tal, un concepto muy positivo. Hasta que se lía parda.

(3) Se ha escrito mucho sobre si el libro mató a la arquitectura. No lo creo, pero se puede trazar el camino hacia esta afirmación con precisión: el libro fija un canon, el canon se enseña como si fuese una verdad absoluta y las obras de los que han aprendido de este modo acaban siendo notas a pie de página de esta idea superior e inalcanzable de lo que puede ser la arquitectura. O sea: libro no mató a la arquitectura pero la hizo diferente.

(4) Le Corbusier (1887-1965) es el arquitecto más importante del siglo XX, una especie de visionario que consiguió que todo el resto de la arquitectura producida este siglo fuese a favor o en contra o matizando o precediendo su obra. Le Corbusier es el seudónimo que se dio a sí mismo Charles-Édouard Jeanneret, que (y es significativo) no se refería a sí mismo como arquitecto, sino como Hombre de Letras.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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