El cineasta independiente Kenneth Anger, nacido en 1927, es uno de los personajes más pintorescos del submundo hollywoodiense: autoproclamado enfant terrible del séptimo arte, autor del escandaloso libro de cotilleos Hollywood Babylon (1965), siempre al margen del circuito comercial, permanentemente al borde de la ruina. De finales de los años cuarenta datan sus primeros cortos experimentales; no le quedó más remedio que especializarse en este formato, ya que no conseguiría jamás presupuesto para un largometraje. Constantes en su estética son la fascinación por la artificiosa plasticidad de la mímica del cine mudo y por el imaginario de las ciencias ocultas. No en vano Anger lleva el nombre de Lucifer tatuado en el pecho y es fiel devoto del thelema, la religión neopagana fundada por Aleister Crowley, rica en resonancias de brujería, gnosticismo y sex magick.

Si algo ha sabido hacer Anger es rodearse de ilustres amigos y colaboradores, frecuentando los círculos más selectos y malditos del mundo del artisteo: Jean Cocteau lo apadrinó durante los años que pasó en París; Mick Jagger compuso la música para Invocation of My Demon Brother (1969), un desvarío de sonidos sintetizados que no puede maridar mejor con el ramalazo satanista de las imágenes; Anaïs Nin participó en su filme Inauguration of the Pleasure Dome (1954) haciendo de diosa Astarté. La escritora, quizá la más grande autora de literatura libertina de todos los tiempos, hacía su aparición estelar con la cabeza metida en una jaula. Anger, por añadidura, se aseguró de incluir en el montaje unos sugerentes primeros planos de los pies de Anaïs Nin en su papel de divinidad arcana, enfundados en medias de rejilla y hollando un felpudo de alta peletería: un juego de texturas que no puede sino hacer las delicias del más gourmet de los fetichistas.

Anaïs Nin en un fotograma de Inauguration of the Pleasure Dome (1954).
Anaïs Nin en un fotograma de Inauguration of the Pleasure Dome (1954).

Como ocurre con tantos otros autores, quizá la más interesante de las obras de Anger sea su opera prima, Fireworks (1947). Por aquel entonces, el director aún no andaba demasiado metido en rollos satánicos y hechiceriles, así que Fireworks carece de los elementos esotéricos que más tarde se prodigarán en su obra. Esto la hace una de sus películas más accesibles, al menos para quienes no estamos iniciados en los misterios de la ciencia hermética. Lo que Anger aborda en este corto, onírico a más no poder, es una personalísima traducción a imágenes de la eclosión de sus deseos homosexuales. En una atmósfera que prefigura los mejores momentos de Lynch, el propio Anger aparece cruzando el umbral de unos aseos de caballeros (la típica puerta marcada con el rótulo “gents”) y sumergiéndose, como Alicia a través del espejo, en un universo irreal, desmaterializado, donde le salen al encuentro sus delirios de sadomasoquismo y sexo con hombres.

Este mundo flotante está habitado por marineros de uniforme, icono por excelencia de la hombría homoerótica. Años más tarde, en Scorpio Rising (1964), Anger exploraría la poética visual de otro de los pilares del imaginario gay: los moteros forrados de cuero. Los marineros de Fireworks, precursores de los Village People cantando In the Navy, se aparecen al protagonista como auténticas epifanías sexuales: entes hipermasculinizados, de fuerza y virilidad sobrenaturales, frente a los que al intruso no le queda más remedio que someterse y humillarse. Son marineros exhibicionistas que practican culturismo, que no encienden sus cigarros con mechero sino con antorcha, que guardan tras la bragueta una polla pirotécnica de la que salen disparados, literalmente, fuegos artificiales (de ahí el título).

El cortometraje escenifica una fantasía masoquista extrema de Anger: una pandilla de marineros musculosos lo acorrala, lo desnuda y le da una paliza espantosa, que rematan rajándole el pecho con una botella rota para arrancarle el corazón. Anger, al igual que otros notables pervertidos del calibre de Georges Bataille o Mel Gibson, estaba fascinado por los sacrificios humanos entre los aztecas, actos de violencia ritual en los que se dan cita Eros y Tánatos. Pero lo que encuentran en el pecho de su víctima los marineros de Fireworks no es un corazón, sino una brújula. El ciclo iniciático se cierra, tras la muerte, con la resurrección: un chorro de leche cae sobre el cuerpo torturado del protagonista (la metáfora del bukkake es bastante evidente), lavándole la sangre y revivificándolo.

Ominosos marineros en un fotograma de Fireworks (1947).
Ominosos marineros en un fotograma de Fireworks (1947).

La brújula entre las vísceras y el hecho de ser, anacrónicamente, una película muda no son los únicos elementos que emparentan a Fireworks con el Buñuel surrealista de Un perro andaluz (1929) y La edad de oro (1930). Aparece también, en pleno clímax, un gigantesco árbol de navidad que, tambaleándose solemne, recorre las habitaciones de un apartamento. Hay otra escena en la que vemos al protagonista acostado en la cama con un sospechoso abultamiento bajo las sábanas; pero, contra nuestras expectativas, descubrimos que lo que tiene entre las piernas no es el pene en erección, sino una tosca figurita antropomórfica de aspecto tribal. Un fetiche, vamos. Y no sé vosotros, pero yo la primera vez que recuerdo haber leído la palabra “fetiche” no fue en Freud, que es una lectura poco adecuada para la infancia, sino en La oreja rota, de Hergé, donde el artefacto que busca Tintín no son unos zapatos de tacón de aguja, sino una estatuilla robada de un museo etnográfico.

Alfred Kinsey, pionero de la sexología y padre fundador del Institute for Sex Research, quedó entusiasmado con Fireworks, considerando a Kenneth Anger el primer representante de un nuevo lenguaje cinematográfico, desinhibido y cargado de un simbolismo específicamente homosexual. Por supuesto, la cinta tuvo problemas con la censura y Anger tuvo que comparecer ante los tribunales bajo cargos de obscenidad. Fue declarado, empero, inocente, puesto que el juez dictaminó que aquellas imágenes descabelladas no eran pornografía, sino arte. Sí, arte, esa esquiva categoría que de vez en cuando, como sello de prestigio, sirve de salvoconducto para que una obra se libre de la hoguera. A Anger el comodín del arte le salvó entonces, y le salvaría más veces. Al fin y al cabo, aquello no podía considerarse pornográfico, porque, por explícito que fuera, ¿a quién se le iba a ocurrir masturbarse viendo cosas tan raras?

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