Los ojos brillantes, felices, de Charles Leclerc tras conseguir entrar en la última ronda de clasificación del Gran Premio de Francia 2018 en el circuito de Paul Ricard, nos hacen pensar inevitablemente en los ojos de Fernando en el año 2001, y sobre todo en 2003, cuando Fernando Alonso conseguía sus primeros puntos en el Gran Premio de Australia; por delante de Ralf Schumacher.

Qué duro para todos los seguidores de nuestro as del volante ver como se quedaba fuera en la primera manga de clasificaciones, a pesar de haber realizado dos vueltas sin ningún error, prácticamente perfectas; porque el McLaren sigue siendo una terrible decepción intolerable.

Eric Boullier es gafe

Desde hace dos años venimos diciéndolo, pidiendo a McLaren sin maldad pero con convencimiento y pasión que se libre de Eric Boullier (si no lo quieren despedir que lo pongan de recogepelotas o de jefe del equipo de lavado y fregado de los garajes). Ya hemos repetida muchas veces, pero aquí va otra vez, que él, Boullier, es el responsable, el que da el visto bueno a motores y frenos y chasis que luego no funcionan. Tendría que ser él, debería saber, quien los echase atrás antes de dejarlos hacer el ridículo en la pista.

Venimos de Le Mans, de una victoria merecida y necesaria, tanto para Alonso como para sus seguidores en todo el mundo, y muchas miradas en la tarde del sábado de la noche de San Juan se han apagado al ver que saldrá mañana en el puesto número 16. Vergonzoso. Triste. Injusto. ¡Queremos sangre!, ¡queremos que se sacrifique al becerro torpe e inútil para apaciguar a los dioses de los robots con ruedas y corazones de mil caballos!

Alonso sigue siendo grandísimo, quizá aún el mejor piloto de cuantos corren en la actualidad, y no dudamos en LAS ALMAS Y LA FI que en igualdad de condiciones, coches idénticos, Fernando Alonso aún sería capaz de quedar antes de Leclerc, como queda prácticamente siempre delante de Vandoorne, otro corredor excelente.

Pero esos ojos brillantes de Charles Leclerc, con tanto futuro por delante, imantando los objetivos de las cámaras de televisión, nos llenan de nostalgia, inevitable añoranza de aquellos tiempos en los que estábamos muy cerca -aún no lo sabíamos, pero se intuía- de convertirnos en los primeros, en ser los campeones absolutos del mundo.

Fernando no está, no estamos, compitiendo en igualdad de condiciones con los otros dos mejores pilotos de la parrilla actual: Hamilton y Vettel (con permiso de Ricciardo y Verstappen); y eso también hace que nuestra mirada tienda a clavarse en el suelo.

Aunque por fortuna aún nos queda el maravilloso regusto de la victoria en Le Mans y la muy brillante clasificación de Carlos Sainz, que saldrá séptimo después de haber demostrado vuelta tras vuelta que era el mejor de su equipo, y que se siente -y se sabe- con fuerzas y talento suficientes para acabar siendo él también campeón mundial. Ojalá.

 

Tigre tigre.

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