En el Caín de Byron, el fratricida protagonista se dirige a Lucifer con esta pregunta:
-¿Eres feliz?
-No –responde Lucifer-, pero soy poderoso.

El poder siempre configura una realidad absoluta en las sociedades débilmente vertebradas. Un poder que no tiene fines que no se enmarquen en su expansión y mantenimiento, descartando la chasse au bonheur (la caza de la felicidad), que, según Stendhal, es la gran ocupación de la vida. La crisis económica nos ha mostrado el poder implacable del establishment que procura el control de todos los intersticios de la sociedad a la que impone un silencio, como el del niño espartano que escondía bajo su túnica la zorra enfurecida, formado de gemidos reprimidos y de suplicios ocultos. Según Adorno la sociedad industrializada presenta una estructura que niega al pensamiento su tarea más genuina: la tarea crítica. En esta situación, la filosofía se hace cada vez más necesaria, como pensamiento crítico para disipar la apariencia de libertad, mostrar la cosificación reinante y crear una conciencia progresiva.

La llamada Transición fue un proceso conservador y retardatario porque el agente de la ruptura era el propio Estado, no la sociedad. Aquel fenómeno configuró una política falsa, y en consecuencia, regresiva, al no fundamentarse en la opinión de las masas sino de ciertas élites dominantes. Por tanto, los intereses del franquismo sociológico y económico quedaron intactos, legitimados por unas fuerzas de progreso cuya cabida en el sistema se situaba en la propia desnaturalización de sus principios. Todo se constriñó a las conveniencias del poder. Se pretendía demostrar que los intereses personales de poder era una cosa socialmente útil.

El ortopédico modelo heredado de la Transición propicia que los poderes no sujetos al control democrático sean tan influyentes que resulte casi imposible realizar una política afín a las mayorías sociales si esta política no se compadece con los intereses de los poderes fácticos económicos, sociológicos y financieros. De la agenda política desapareció el conflicto de la desigualdad económica para canalizar las vindicaciones progresistas hacía aspectos de identidad muy fragmentarios que invalidaban una ideología global de izquierda que reconociera el carácter antagónico de la vida social. Como escribe Tzvetan Todorov en La experiencia totalitaria,  “el Estado sólo debe intervenir para favorecer el libre funcionamiento de la competencia, para engrasar los engranajes de un reloj natural (el mercado), aunque el resultado sea que se queden al margen los perdedores, auténticos desechos del sistema, condenados a la pobreza y al desprecio, que son considerados los culpables de su desgracia.”

La derecha aliada con los poderes fácticos económicos y sociales ha conseguido que la desideologización y el hiato del acto político consoliden la irreversibilidad del pensamiento único y excluyente para que el debate quede en manos de la tecnocracia. Tocqueville señaló que el poder era la opinión pública y su conformismo, a lo que Alain Touraine añadía que esto no era algo neutro, el poder descansa en la capacidad de transforma actores en agentes de comunicación y sin autonomía interna, para todo lo cual la cultura es, evidentemente, un estorbo. Se ahondaba en la vieja tradición española del autoritarismo que abomina de las dos grandes realidades que, según el andalusí Abenjaldún, llenan la historia: el Estado y la civilización; esto es, gobierno y cultura.

La política ya no es un instrumento de cambio social sino de adaptación, en el cual, por su parte, los dirigentes de izquierda actúan en una realidad que niega la sociedad que dicen postular. La política se ha convertido para las fuerzas de progreso no en una lucha ideológica, sino en la trivialidad de la gestión, no pretende decidir sino gestionar, y vulgariza la acción política reduciéndola a una cuestión de marketing y merchandising mientras se alejan de la sociedad en luchas internas por el poder sin tensión ideológica que producen liderazgos débiles y sin capilaridad con la ciudadanía.

Ante todo esto, las mayorías sociales actúan al igual que en la obra de Ibsen Cuando despertemos los muertos: personajes simbólicos a modo de presencias perturbadoras que socavan el mundo que habitan recordándonos que la realidad superficial no es lo que parece ser.

 

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