No existe un momento fijo para dejar de escribir, ya que el sistema de trabajo de cada escritor se basa en rutinas y manías muy personales.

Hemingway aseguraba que cuando estaba escribiendo una obra, “trabajo todas las mañanas, inmediatamente después de la salida del sol. No hay nadie que moleste y hace fresco y uno entra en calor a medida que va escribiendo. Se lee lo que se lleva escrito y, como uno siempre se detiene cuando sabe lo que va a suceder a continuación, sigue escribiendo a partir de ahí. Se escribe hasta que se llega a un lugar donde a uno todavía le queda jugo y donde se sabe lo que va a suceder a continuación y entonces uno se detiene y trata de seguir viviendo hasta el día siguiente, cuando se vuelve a poner manos a la obra. Cuando uno se detiene está tan vacío, y al mismo tiempo nunca vacío sino llenándose, como cuando se ha hecho el amor con alguien a quien se ama. Nada puede afectarlo a uno, nada puede suceder, nada significa nada hasta el día siguiente, cuando volvemos a hacerlo. Lo difícil de sobrellevar es la espera hasta el día siguiente”.

Esta idea la escribió en su libro París era una fiesta, en donde recrea su relación con F. Scott Fitzgerald. En ella Hemingway asegura que el autor de El Gran Gatsby le recomendaba no vaciarse del todo cuando escribiera, con el fin de encontrar agua en el pozo al día siguiente. También afirma que, su amigo Scott, prefería desconectar por las tardes para dedicarse a vivir y a cargar las pilas de creatividad y vivencias.

Otro escritor que apelaba al tesón, el trabajo constante, la rutina y los mecanismos de la pequeña aspiración diaria era Jack London: “No garabatees una historia de seis mil palabras antes del desayuno. No escribas demasiado. Concentra tu esfuerzo en una historia, en lugar de disiparla en más de una docena. No te empaches e invita a la inspiración”. London trabajaba a diario, mecánicamente, como un autómata. Una de sus manías o hábitos o sistemas de trabajo era no sobrepasar nunca las 1.000 palabras matinales. Decía que así avanzaba sin que sus novelas perdieran calidad.

Por cierto que Stephen King se exigía escribir cada día 2000 palabras. Charles Dickens necesitaba escribir en silencio absoluto y tenerlo todo ordenado y a mano. Agatha Christie podía escribir en cualquier lugar y Virginia Wolf, Lewis Carroll y Philip Roth utilizaban un pupitre elevado que les permitía escribir de pie.

El escritor y colaborador del New Yorker, E. B. White, expresaba con crudeza lo difícil de escribir todos los días, dadas las numerosas aristas de lo cotidiano y el vaivén de nuestras expectativas, deseos, energías, planes, estados de ánimo, etc. “Lo mejor es adoptar unos códigos de conducta ordinarios, tanto para comenzar a escribir como para terminar ese día”, decía. Para él, “un escritor que espera a que lleguen las condiciones ideales bajo las que trabajar morirá sin haber puesto una palabra sobre el papel”.

Como ves, no existe una hora exacta del día para empezar o terminar de escribir. Solo un método de trabajo repetitivo, concienzudo y meticuloso, que se suele acompasar al modo de vida de cada autor. Se comienza y termina de escribir cuando así se tenga programado, como en un empleo de oficinista. En cambio, la improvisación y lucidez repentinas no casan bien con la realidad de este oficio.

Decía Camilo J. Cela que “la inspiración no existe. La inspiración es un subterfugio de zánganos. Lo único que hay es que trabajar todos los días”. Y recordaba la respuesta de Baudelaire a la señora que le preguntó: ¿Qué es la inspiración?: “Señora, la inspiración es trabajar todos los días”. Trabajo infatigable y metódico, no exento de esfuerzo y sacrificio. “Yo escribo con mucha dificultad –aseguraba, Cela- y con mucho esfuerzo, con mucho trabajo”. Y añadía una simpática anécdota: “Me dijo un día una de esas personas que lo saben todo: Escribe usted como quien mea. No –le contesté–, salvo que el que mea sea prostático. Porque a mí me cuesta un trabajo horrible”.

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