Dicen que Hebrón es una de las ciudades cisjordanas que más merece la pena visitar. Más allá de las manifestaciones por las que ha encontrado un hueco en la primera plana de los grandes medios internacionales, Hebrón se dibuja como un precioso cúmulo de ajetreo, una explosión casi artística de intensos colores y una conjunción de lo tradicional y las formas más modernas que no deja al ávido turista indiferente.

Después de quince shekels y un viaje de dos horas sorteando check points en un autobús decorado como me imagino que sería el cuarto de la Bella Durmiente, llego a la ciudad más antigua del West Bank. El bullicio reina por doquier, es hora punta y el mercado central está a rebosar de gente local regateando y vendedores que fruncen el ceño, haciendo cálculos de cuántos días comerán menos de lo esperado este mes si siguen bajando el precio.

Camino por las calles con la única intención de perderme para encontrar lo que se escapa del ojo del turista con prisas, ese que llega para besar el santo, inmortalizar el momento con sus cámaras de ocho objetivos y se vuelve al hotel con un shawarma y la sonrisa de satisfacción del que ha cumplido con el mínimo requerido.

A diferencia de Ramallah, Hebrón se perfila como una ciudad dominada por la gente joven, esos que me observan bajo lupa cual biólogo maravillado por el descubrimiento de un insecto raro, mientras sostienen su quinto café de la mañana en una mano y su septuagésimo cigarro en la otra. A veces creo que aquí cuando naces en vez de palmadas en la espalda de dan un trago de café y las instrucciones ilustradas de cómo empezar a fumar.

A medida que abandono lo que presumo que es el centro, con su destartalado mercado y su ajetreo matutino, las miradas de los locales pasan a ser de soslayo, del repetido “you are welcome my friend” a la desconfianza, como si creyeran que mirarte significara una rebelión silenciosa, pero, ¿una rebelión contra qué?, me pregunto mientras me afano en mi tarea por sacar fotos de hasta lo más insignificante, como si una papelera fuera algo diferente a las miles que me encuentro por Madrid. De repente se me acerca un grupo de hombres con cara de pocos amigos y comienzan a interrogarme sobre el porqué de mis fotos. “Soy una turista y me han contado que eso hacen los turistas”, respondo con una sonrisa algo nerviosa intentando quitarle un poco de hierro al asunto. “¿De dónde eres?” me preguntan a su vez sin muchas ganas de bromear mientras sus miradas barren la calle buscando no sé el qué.

Al decirles que soy española veo que se empiezan a relajar notablemente- me pregunto cuál habría sido su forma de actuar ante alguien que les dijera que es americano por ejemplo- y vuelven a sentarse en las mismas sillas donde deben de llevar horas postrados, me dan un caramelo como felicitándome por mi respuesta y me hacen la pregunta que más he escuchado desde que estoy aquí, “¿Madrid o Barcelona?”. Aunque pensándolo bien, mejor que nos conozcan por el fútbol que por la corrupción o nuestras famosas siestas.

Después de reírnos un rato- no sé muy bien si yo con ellos o ellos de mí- me indican por dónde se va a la ciudad vieja, lo que en este país equivale al centro neurálgico donde confluyen la verdadera esencia de una ciudad y su tradición más ancestral. A medida que me voy acercando, se aproxima una maraña de comerciantes que, en menos de diez minutos, me intentan vender cinco coranes versión española, ocho falafels e innumerables túnicas y alfombras. Hablando con un comerciante poco después, me cuenta que las ventas han decaído bastante, que la mala prensa que les está dando el conflicto ha hecho caer en picado las visitas de los turistas que prefieren lo malo conocido que lo bueno por conocer. “Pero la cosa no está tan mal”, me dice Abu con una sonrisa de resignación. Empiezo a tener la sensación de haber viajado a un Hebrón paralelo, rebosante de la antigüedad que rezuman sus paredes de piedra y sus tejados improvisados, de comerciantes casi centenarios que te miran como si no les importara vender, sino apreciar el tiempo efímero que fluye con calma a sabiendas de que lo importante de la vida ya lo tienen hecho.

Algunos de ellos te observan con extrañeza, como si supieran igual que tú que este no es tu sitio, tu ciudad, mientras te sonríen para trasladarte un poco de la entereza vital que a ellos les sobra. Uno de ellos me da otro caramelo y me vuelve a decir que soy bienvenida, ya no importa de donde sea. Como siga así voy a salir de aquí como de una cabalgata de reyes y sin haberme dado codazos con ninguna señora mayor ansiosa. Todo son ventajas.

 

Entonces me encontré a Gandhi, o al menos una versión de él no tan pacífica y sin bigote. Mientras me salvaba de un comerciante que intentaba venderme una alfombra por el precio de dos, me explicó que, a sus escasos 22 años, se dedicaba a hacer de guía turístico a cambio de la voluntad, una voluntad que ascendía a cientos de shekels si se topaba con turistas americanos- aquellos que viajaban a Palestina como para demostrar que las ideas de su presidente no les representaban– o menos si los objetos de sus explicaciones provenían de Europa.

Gandhi me lleva a los sitios típicos que todo palestino se empeña en enseñar, los asentamientos. Cierto es que Palestina cuenta con un gran número de ellos extendidos en las afueras de los pueblos, pero su ubicación en Hebrón me sorprendió ya que comparten el mismo espacio que las casas palestinas. Con sus grandes tanques de agua en los tejados- que triplican el tamaño de los palestinos- las casas de los asentamientos se erigen, modernas e imponentes, rompiendo la armonía tradicional de la ciudad vieja. Mi compañero de viaje improvisado me enseña desde la terraza de una casa las numerosas bases militares que rodean, cual fortificación del Medievo, la ciudad y me cuenta que la familia que allí vive, amigos suyos, han sido víctimas de numerosos asaltos israelíes, en uno de los cuales, la madre embarazada de 6 meses perdió a su bebé por las patadas que le propinaron los soldados.

Mientras seguimos caminando por las estrechas y laberínticas calles de la ciudad- que respetan hasta el extremo las construcciones de la vieja cultura árabe- me para y me hace mirar arriba, donde un techo de alambre improvisado sostiene numerosas piedras y me explica que en esa calle tienen dos bases militares en cada extremo desde donde los soldados se dedican de vez en cuando a apedrear a los transeúntes palestinos y de ahí la necesidad del techo alambrado.

Después, supongo que por su interés por hacer algo más de dinero, me lleva a la casa de otros amigos a los que describe como si fueran sus padres. Al entrar, el padre me recibe como si fuera la primogénita perdida que ha vuelto al hogar mientras me lleva a un gran salón donde su mujer se afana por darme té y vuelve a su máquina de coser que se encuentra en mitad de la sala, mientras me fijo en que todas las paredes están cubiertas con las cosas que ella sola cosa y que pone a la venta a precios que le harían la competencia a cualquier tienda de barrio. Mi breve mirada de agradecimiento y su “you are welcome” que me dedica con la boca chica será el único contacto que tendré con la mujer de la casa, a pesar de que ella fue la que le enseñó a su marido el inglés que sabe, algo que cada vez me va dejando más claro que representa una tradición en el país.

Me siento en uno de los grandes sofás con mi nuevo amigo Gandhi mientras Abdel– el padre-, que también es guía turístico, nos abastece de tabaco y se tira en el sillón de enfrente mientras nos cuenta que su casa tiene 800 años, que funciona de hotel gratis e improvisado para turistas y que fue donde su primera mujer murió por los disparos de los israelíes durante un asalto. Mientras se yergue en su sitio por la excitación que le produce su propia argumentación, nos explica enfadado que los soldados encima tuvieron la poca vergüenza de intentar comprarle la casa para extender sus asentamientos, aunque por lo menos le pagaban, “quisieron darme cuatro millones de dólares americanos”, me dice mientras se ríe, “pero yo no la pienso vender. Nací aquí y me voy a morir aquí. Da igual lo que tenga que hacer”, añade orgulloso de sí mismo mientras se vuelve a repantingar en el sofá.

Según Abdel, los soldados han puesto vallas hasta en el cementerio donde les controlan la entrada y “cuando mejor les parece nos prohíben el paso. Ya ves tú, no podemos ni honrar a nuestros muertos en paz”, dice con tristeza. Pero también controlan el acceso a la ciudad e incluso a las escuelas, “hay días que los niños vuelven a casa porque no les han dejado entrar en la escuela. Como eso todo lo que te cuente. Nos tiran piedras, se burlan de nosotros y nos cierran los comercios porque les apetece. ¿Y qué podemos hacer?, pues resignarnos hija. Estamos rodeados”, añade con tristeza.

Cuando empieza a intentar venderme a Gandhi como el perfecto futuro marido, idea que creo que al muchacho tampoco le desagrada, decido que es hora de volver si quiero llegar hoy a Ramallah, así que mientras me levanto les doy las gracias por todo prometiendo volver y Gandhi me acompaña a la estación y de camino me dice que ahora seremos novios y rehúsa que le pague la visita guiada.

Esa noche me dormí sonriendo mientras pensaba en mi promesa a Gandhi de volver en cinco años para casarme con él, mientras de lejos se oía el sonido estridente de una automática. Con suerte solo será una celebración.

 

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